EL HORROR IRANÍ

Tulio Hernández


Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

“Los totalitarismos son posibles. Lo son, gracias al maquillaje electoral que, hipócritamente, los países democráticos aceptan para no complicarse su existencia. Ni sus negocios.”

Si la movilización internacional para impedirlo no es escuchada por los tribunales, a Sakineh Ashtiani le aguarda una de las penas de muerte más perversas que se hayan concebido alguna vez: la lapidación.

Ashtiani Sakineh Mohammadi

Esto significa que Sakineh, la joven iraní, maestra de escuela y madre de dos hijos[i], a quien un jurado compuesto por cinco mulás encontró culpable de adulterio, será apedreada sin piedad hasta que su cara quede convertida en un amasijo de sangre incapaz de respirar.

Es el castigo reservado en Irán para todos aquellos que cometen adulterio. El método es implacable. Luego de un largo período de cárcel, a los condenados se les envuelve en un sudario y se les entierra vivos. De pie. Hasta la cintura, a los hombres. Hasta el pecho, a las mujeres. Entonces una horda de iracundos, especialmente reclutada para el hecho, desata el brutal bombardeo teniendo, eso sí, el cuidado, como lo detalla su Código Penal, de que las piedras no sean “tan grandes como para matar a las personas de uno o dos golpes, ni tan pequeñas como para no poder considerarlas piedras”. Porque el objetivo es tratar de producir al pecador el mayor sufrimiento posible antes de despacharlo de este mundo.

Para que el castigo sea perfecto, las normas recomiendan que la ceremonia se haga públicamente y que la masa informe que queda después del bombardeo se deje al aire libre para que las aves carroñeras terminen el castigo.

Que una práctica bárbara como ésta sobreviva en un país sería motivo suficiente como para que todo el mundo democrático condenara al gobierno cruel que aún la permite. Pero lo triste es que, en términos de privación de libertades, abusos de poder y violación de derechos humanos, no es lo único condenable ni lo peor que ocurre en el Irán sometido desde hace décadas al poder de los ayatolás y, en el presente, de la mano férrea de Ahmadinejad, un militar fanático que predica la necesidad de volar de la faz de la tierra a todos los que pueblan el Estado de Israel.

Ayatolas y militares

El sufrimiento de los iraníes disidentes es cada vez más grande. No pasa un solo día sin que la prensa europea recoja el ensañamiento con el que la alianza entre militares y ayatolás viola, encarcela y asesina a los disidentes de su gobierno.

La represión arreció luego de la llamada Revolución Verde que convocó a miles de personas a las calles de Teherán a protestar por el evidente fraude en las elecciones que, obviamente, Ahmadinejad y los suyos habían perdido. Desde entonces, se cuentan por cientos los disidentes iraníes que han sido condenados por razones políticas y por miles a quienes han tenido que huir.

De acuerdo con los datos de Aomid, una ONG de derechos humanos, sólo en Turquía se refugian en el presente más de 6.000 personas que han escapado de la república islámica perseguidas por algunas de estas razones: ser opositores políticos, ser cristianos o ser homosexuales. Tres tipos de identidades que hacen temblar de ira a una élite religiosa con poder político supremo y pensamiento totalitario que no tolera el derecho de las personas de elegir libremente.

Entre lapidaciones, exilios, encarcelamientos, persecuciones y asesinatos políticos, los iraníes demócratas aguardan un cambio político que, luego del fraude de 2009, nadie sabe cuándo ni cómo llegará. Y, sin embargo, son pocas las protestas internacionales que se solidarizan con las víctimas y muchos, en cambio, los países y gobiernos que no sólo guardan silencio sino que, es el caso de su aliado en Venezuela, abiertamente celebran el régimen.

Queda demostrado, para nuestra desilusión, la de los venezolanos demócratas, digo, pero también para nuestro aprendizaje, que no es cierto que en el presente los totalitarismos no sean posibles. Lo son, gracias al maquillaje electoral que, hipócritamente, los países democráticos aceptan para no complicarse su existencia. Ni sus negocios.


* Cabe destacar que la mujer condenada es viuda y se le exige fidelidad a un hombre que ya murió.

 
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