NÁUFRAGOS EN LA TEMPESTAD

Milagros Socorro

Milagros Socorro

Milagros Socorro
msocorro@el-nacional.com

Hace un mes, el domingo 24 de octubre, el presidente Chávez regresó de un viaje que se prolongó por 11 días. Ningún vocero del Ejecutivo se molestó en explicar qué iba a hacer el jefe del Estado en Rusia, Bielorrusia, Ucrania, Irán, Siria, Libia y Portugal.

Ni cuáles serían los aportes para Venezuela. Incluso, el itinerario fue conocido por el país en la medida en que las peripecias de la multitudinaria comitiva iban siendo reseñadas por las cadenas audiovisuales.

Sería al regreso cuando se tendría alguna información.

Chávez había ido a hacer negocios: “…Comercio para nuestros productos, para romper el modelo perverso que nos impusieron durante más de 100 años, el modelo de la monoproducción petrolera. La dependencia del petróleo tenemos que romperla. Es muy importante lo que hemos venido haciendo: colocando productos, nuestro café, nuestro cacao, nuestras flores, nuestros plátanos, nuestras frutas, nuestra producción agrícola en Asia, en Europa, en África”.

Mientras el cabecilla del gobierno que más ha profundizado la dependencia del petróleo colocaba “nuestras flores” (¿sería en las mesas?, ¿sería en el ojal de Ahmadinejad?, ¿qué flores?) en el ancho mundo, dentro del territorio nacional los problemas se agravaban.

En ausencia del jefe, nadie se atreve a hacer nada, no sea que alguna iniciativa, por mínima que sea, vaya a provocar sus pataletas con las correspondientes humillaciones de los funcionarios.

Hasta que la aeronave presidencial (“Mi avión”, como dice Chávez) aterrizó en el aeropuerto de Maiquetía y el vicepresidente, el Alto Mando Militar y los ministros encontraron oficio. Se alinearon en un ritual de recibimiento al padrecito Chávez, que los había dejado solos frente al país encrespado, a las masas desencantadas y a una espantosa crisis.

Chávez bajó del avión y se abalanzó a un micrófono, como los fumadores que al tocar tierra salen a grandes zancadas del terminal para encender un cigarrillo con mano temblorosa. Echó a hablar y entonces empezó a llover. Las mujeres se quitaban el agua de las mejillas como si desalojaran lágrimas. Los trajes de los hombres brillaban, barridos por las ráfagas, como hechos en tela de disfraz. Y de pronto, el desprecio que despierta el Gabinete ministerial por su ineptitud y sumisión al golpista de 1992, se disolvió en piedad. No eran más que un atajo de pobres tipos ateridos en medio de un chubasco. Una recua de incapaces, momentáneamente tranquilizados por su dosis de adulación y aquel baño a la intemperie. Apretujados unos contra otros se veía a las claras que, aún expuestos al azote de la tormenta, sentían el alivio de encontrarse apiñados, solos como están, aislados del país, de nuestro sufrido país, cuyo clamor no llega a los oídos de aquel mustio ramillete de mediocridades. Prueba monumental de su improvisación es que a nadie se le ocurrió llevar un paraguas… en época lluviosa.

Por mi parte, lo vi claramente. Eran una compañía de comediantes venidos a menos, participando en una obra en la que no creen, emparamados; quizá íntimamente avergonzados de verse en aquel predicamento y, con toda seguridad, sacándole la madre a quien los obliga a aguantar idioteces bajo un chaparrón. Ni Giordani, cuyos ancianos huesos sólo abultan una historia médica, gozó de consideración.

Que se moje. Que muera por la patria. Pero hasta Giordani estaba satisfecho, porque en aquel amuñuñamiento de ministros en el temporal estaba menos solo, menos expuesto a los gritos de sus compatriotas traicionados, hambreados, arrechos.

Aquel abrazo en el aeropuerto es la representación cabal de un régimen íngrimo en su fiesta de corrupción y dispendios, en su insensibilidad frente al país. Y, lo más importante, está completamente solo en su perenne tentación de ilegalidad. Nadie los acompañó en el “magno recibimiento” y absolutamente nadie los sigue en su proyecto de desconocer la constitución y la voluntad popular, que se está expresando hora con hora.

El general Rangel Silva dice estar casado con Chávez o algo así. Es cierto. En la rampa 4 del aeropuerto los jerarcas parecían un matrimonio viejo; unos socios arruinados, como decía Felipe Pirela. Y más allá del diluvio, dándoles la espalda, mirando ya hacia el futuro, está un país que ya avizora el momento en que escampará y no habrá gorilas que nos tapen el sol.

 
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