La “María Rosario” y la “Rosa Eugenia”

La embarcación “María Rosario” medía 43 metros de eslora y tenía capacidad para 30 toneladas de carga.

Origen de dos afamadas lanchas, crónica de sus aventuras y su acontecer e historia del transporte marítimo entre Margarita y la Capital hasta la llegada del ferry.

Francisco Suniaga

En Juangriego hubo dos lanchas: la “María Rosario” y la “Rosa Eugenia” que constituyen uno de esos casos donde los barcos y su gente se funden de tal manera que no es posible hablar de unos sin referirse a los otros. El paralelismo de la vida de estos dos barcos con las de sus capitanes roza lo increíble.

Alguna vez, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, las dos lanchas, construidas en Estados Unidos, estuvieron destinadas como barcos auxiliares en la armada norteamericana. La que en Margarita se llamó “María Rosario” fue un pequeño buque hospital y la llamada “Rosa Eugenia” estuvo destinada a misiones de patrullaje y transporte de tropas. Eran dos lanchas con casco de madera y con la obra viva cubierta por delgadas láminas de cobre, a la usanza de la época.

Finalizada la conflagración, e iniciar el gobierno de Estados Unidos la política de venta masiva de excedentes de guerra, ambas embarcaciones fueron adquiridas por una de las empresas que prestaba servicio de transporte de pasajeros entre Lagunillas y Cabimas con Maracaibo. Durante varios años funcionaron como transporte entre las dos orillas del lago hasta la llegada de los ferrys a Maracaibo. Competir con los ferrys no era posible porque, comparados con ellas, su capacidad de carga era muy alta y sus costos mucho más bajos.

Fue entonces cuando un pequeño empresario naviero margariteño, Héctor Millán Boada, adquiere las embarcaciones y se las trajo para Juangriego, bautizándolas con los nombres de sus dos hijas.

El primer capitán de la “María Rosario” fue Emiliano Bermúdez, a quien, poco después, sucedió Félix González, su capitán por el resto de los años que se mantuvo en Margarita. La “Rosa Eugenia”, por su parte, estaba capitaneada por Concepción Mata. González y Mata eran vecinos entonces, y todavía hoy sus familias viven una al lado de la otra, en la calle El Sol de Juangriego. Mantienen la misma estrecha relación, la misma hermosa amistad. Concepción Mata tiene noventa y dos años, pero su compañero Félix González murió en agosto de 2002.

Ida y vuelta, de Margarita a Caracas

Las dos motonaves, como se les llamaba, fueron las protagonistas de la navegación entre Margarita y Costa Firme en la década de los cincuenta y comienzos de los sesenta. Mantenían un itinerario regular entre la isla y Puerto la Cruz y La Guaira.

La “María Rosario” medía 43 metros de eslora y tenía capacidad para 30 toneladas de carga. La tripulación la conformaba un capitán, un contramaestre, un pinche, un maquinista, un cocinero y cuatro marineros. La “Rosa Eugenia” era más corta de eslora y también de menor manga, era una lancha más estilizada y, por tanto, más rápida (entre La Guaira y Margarita le sacaba unas seis horas a la “María Rosario” que navegaba a nueve nudos por hora). Sin embargo, la velocidad no era el factor más importante a considerar por los pasajeros. La mayoría prefería a la “María Rosario” porque, aunque más lenta, tenía un navegar más estable y la gente se mareaba menos.

La “María Rosario” salía de Juangriego los domingos a las 9:00 am, directo a La Guaira, adonde llegaba para el amanecer del lunes. Salía el martes a las 10:00 am para Puerto la Cruz y llegaba al amanecer del miércoles. De allí salía a las 8:30 am y llegaba a Juangriego en la tarde. El viernes a las 5:00 pm salía de Juangriego para Puerto la Cruz y a las 8:30 am del día siguiente regresaba a Juangriego, a donde llegaba el sábado en la tarde.

La “María Rosario” y la “Rosa Eugenia” fueron las primeras lanchas que otorgaron a los pasajeros margariteños comodidades que hasta entonces eran desconocidas por ellos en sus travesías a tierra firme. Habían sido diseñadas para el transporte de personas y por tanto contaban con salones y cuchetas (camarotes) aislados del ruido y de los gases del motor (algo que no ocurría con otras lanchas que fueron motorizadas luego de haber sido barcos de vela). Contaban con baños para damas y caballeros y un barcito donde vendían refrescos y chicha “A1”.

A los pasajeros se les dotaba con unas sillas de extensión de madera y lona donde podían dormir (arropados con el entonces imprescindible “paño ‘e mota”). El pasaje general costaba treinta bolívares y los que llegaban primero tomaban los camarotes, no había diferencias en el precio. Eran barcos muy limpios, con pisos de linóleo y perfectamente mantenidos por sus tripulaciones. También fueron los primeros barcos margariteños de pasajeros en cumplir con todas las normas internacionales de seguridad; contaban con salvavidas, botes y balsas suficientes para las situaciones de emergencia. En cualquier caso, es importante destacar que jamás tuvieron un accidente ni emergencia que generara daño a los pasajeros. La única queja eran los mareos y, aunque se distribuían pastillas, mucha gente los sufría.

Las naves desembarcaban en Juan Griego, lugar donde eran esperadas por decenas de margariteños para recoger sus encomiendas o cartas. (Foto-1950)

Félix González, hijo, narra con un dejo de nostalgia:

“Las lanchas eran otra cosa. Cuando llegaban al puerto, el pueblo de Juangriego se convertía en una fiesta. La gente venía de todas partes de Margarita a recibir familiares, o amigos que venían de los campos petroleros y de Caracas, y a recoger las encomiendas o cartas, el muelle se llenaba de gente. Recuerdo que mi papá, que era un hombre muy jovial y con buen humor, se paraba en el puente de la lancha y desde allí, en voz alta, comenzaba a leer, como si estuviera cantando una lotería o un bingo, los nombres de las cartas y de los paquetes de encomienda que traía. Y las distintas familias montaban una algarabía en el muelle, según las iban nombrando. Para quienes no recibían nada siempre tenía al final palabras de consuelo. Era un servicio gratuito, lo hacía por la solidaridad que caracterizaba a los margariteños de entonces, que sufrían privaciones materiales, que sentían más fuertemente lo duro que era el mar y lo que significaba depender de él.

Mucha gente, tanto margariteño regado por ahí, se le acercaba, en La Guaira o Puerto la Cruz, y le pedía: ‘Capitán González, por favor, llévele esta cartica a mi mamá’, o: ‘Dele esta platica a mi mujer y llévemele estos zapaticos a los muchachos’. La gente confiaba en la otra porque así eran las cosas antes en Margarita. De aquí para allá era igual. Mandaban huevos criollos, envueltos en papel y en latas de leche para que no se rompieran, pescado salado, pan de La Asunción o carne de cochino salada. En aquellos años ya muchos muchachos y muchachas de Margarita, graduados de bachilleres en el Liceo Francisco Antonio Rísquez, se iban a estudiar a la universidad y los padres venían aquí, a la casa, a encargarle a mi papá el cuidado de sus hijos. Y él estaba muy pendiente de ellos desde que zarpaban hasta que llegaban allá y se los entregaba a un familiar. Mi papá, el capitán Félix González, marino e hijo de marino, era un hombre muy correcto, muy paciente y hacía esas cosas con gusto. Igual hacía Concho en la “Rosa Eugenia”.

La “Rosa Eugenia” era una lancha más estilizada, corta de eslora y de menor manga, que la hacía más rápida.

La solidaridad iba más allá. Mi papá me contaba que, cuando la dictadura de Pérez Jiménez, él y “Concho” llevaron a puerto seguro a muchos políticos perseguidos que regresaban o salían de Venezuela. Todo hecho a escondidas. Los montaban a bordo mar afuera, después que habían zarpado, los llevaban en peñeros hasta las motonaves, y los tenían bajo su protección en el puente hasta que llegaban a puerto. La Seguridad Nacional sospechaba de ellos y recuerdo incluso que de repente a nuestras dos casas llegaba la policía, buscando a ver si había radios escondidas para trabajar en la resistencia. Tiempo después, para que usted vea cómo son las cosas de la vida, cuando cayó la dictadura, sacaron también a escondidas a muchos perezjimenistas, antes perseguidores, que estaban huyendo de la venganza de sus víctimas aquí en Margarita. Ellos eran gente de mar y no sabían de esos odios.

El fin de una epoca

Con la llegada del ferry a la isla, a finales de los cincuenta, las lanchas no podían seguir compitiendo. El ferry era más rápido, más barato, más cómodo y la gente podía llevar los carros. Dejaron de ser rentables y, aunque intentaron introducir cambios, de ruta y de cargas, no fue posible que se mantuvieran. Fue una ironía, pero el ferry las sacó de Maracaibo y después también las sacó de Margarita.

Y fíjese que esas lanchas estuvieron juntas en vida y también en la muerte, una muerte triste. Se las vendieron a un empresario de Curazao de apellido Pausolini que quería ponerlas a cargar frutas y mercancías secas de Venezuela para esa isla. Después que las compraron, a la “María Rosario” la mandaron a varar para hacerle mantenimiento en Puerto Cabello. La maniobra de varamiento se hizo mal y la lancha se partió. Mi hermano Manuel, que es marino mercante, me contaba que cuando pasaba por Puerto Cabello la veía, pasó años allí, perdida.

A la “Rosa Eugenia” no le fue mejor. Después que la vendieron, “Concho” siguió siendo el capitán por un tiempo, para entrenar a la tripulación curazoleña. Él les insistía que no era conveniente ponerla a funcionar a toda máquina, porque el motor de esa lancha era muy potente y  la estructura ya no era la misma. Y parece que no le hicieron caso porque en el primer viaje que hicieron por su cuenta, el casco de la lancha se abrió en dos. Así murieron al mismo tiempo esas dos lanchas que juntas, con sus capitanes vecinos y amigos, hicieron historia en Margarita.

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