La ruina populista


Simón García

Se puede discutir interminablemente sobre lo que el actual gobierno es, sin llegar a una definición firme. Muestra sucesivamente rasgos de izquierda o de derecha. Zigzaguea sobre un débil trazo para diferenciar legalidad de ilegalidad. Opera, para decirlo en palabras de Sancho, “disimulando lo que es y pareciendo lo que ha de ser”.

La imprecisión tiene que ver con la inconsistencia y la ambigüedad de la conducta presidencial. Pero también con los conflictos de identidad de un proceso cuyas potenciales novedades se pasmaron por influencia de experiencias socialistas autocráticas.

En la otra punta el sello del populismo que, como el socialismo autoritario, exalta al pueblo para instrumentarlo y sustituirlo. Se añaden otras fuentes ideológicas, íconos patrióticos, manipulación de emociones negativas, el uso de una neolengua criolla que adultera el significado de las palabras y la intención de convertir un triunfo electoral en una carrera hacia el totalitarismo.

Típicamente, nuestra narración populista comienza con la irrupción de un héroe justiciero; que da a los que no tienen y quita a los poderosos; mesías de soluciones falaces; promotor de un presente con graves dificultades a cambio de un lejano final feliz; aficionado a vender cada promesa como un éxito por sí misma y empecinado en convencernos de que la alternancia es un error.

Actúa radicalmente contra las reglas tradicionales del funcionamiento de la democracia y el sistema político. En su nombre adelanta un plan sistemático para liquidar los discursos políticos rivales y borrar a los opositores del escenario público. Aplica así una forma superior de antipolítica que asimila la política a la guerra.

Practica con éxito el uso clientelar de las misiones, concebidas para asegurar lealtad al líder y al proyecto. Todas ellas construyen una relación Comandante/pueblo, que suprime las instancias intermedias. El partido oficial se transforma en partido de un solo dueño. Sin fronteras con el Estado.

Esta versión contemporánea de “política pop”, privilegia el hecho comunicacional como un espectáculo donde el Presidente es autor y actor.  Su omnipresencia mediática encadena a los ciudadanos. Los degrada a público de galería.

El gobierno actual es nocivo para la salud. Amenaza a las libertades y causa las malas condiciones de vida. Los hechos del día a día, como las cifras desprovistas de maquillaje, muestran que el país va palo abajo.

La ruina es indetenible. La única opción es actuar para defender la democracia victoriosamente. Una lucha que nadie debe dejar en manos de otros ni posponer para mañana.

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