TRAVESÍA AL ABISMO

Carlos Blanco


Carlos Blanco
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“El Presidente ha anunciado la radicalización a pocos días de haber atacado a los radicales dentro de su propio movimiento. ¿Cómo se entiende esta discordancia?” –  “El conflicto dentro del chavismo civil y militar lo tiene atrapado. Por eso es “dialéctico”.

El Presidente se ha embarcado, dicharachero y embustero como es, pero con contagiosa alegría, en ese viaje insólito hacia ninguna parte. Ha preparado sus cachivaches, su libro de cabecera, la chequera, las medicinas de la mañana, del mediodía, de la merienda, de la noche y de toda hora, ha requerido la compañía de su delicada Eva, y ha abordado, lleno de nocturnidad y de cólera, la nave del mal. Su libro de cabecera que tiene como resumen de sabiduría es una recopilación de sus propios discursos, en los que se inspira para los nuevos que le corresponderá pronunciar; caso peculiar de generación espontánea en el cual las ideas emergen de la nada y hacia la nada vuelven. Lleva su rabia intacta, como si la ofensa creciera cada vez que la recuerda para no dejar que el resentimiento se amortigüe y siempre esté allí como reserva de combustible para aniquilar a alguien: su particular manera de amar al prójimo como a sí mismo, es decir, con todo el odio del mundo. El viaje promete llegar a su destino, a lo que existía antes de todo, tal vez a la infancia, a la pobreza originaria, es posible que al béisbol y al joropo tramado, quién sabe si a una representación teatral con el candor de teatro de pueblo en la que volverá a hacer el papel de Bolívar con recitaciones estilo “los zapaticos me aprietan/las medias me dan calor/el beso que me dio mi madre/lo llevo en el corazón”.

Pero donde sea que atraque el navío será en el muelle del puerto que no existe, donde todo se disuelve como si fuera el infierno. Ese viaje es el de la radicalización, el de la extrema izquierda a la cual ha convocado en su más reciente y sonado delirio.

Radicalización. El Presidente ha anunciado la radicalización a pocos días de haber atacado a los radicales dentro de su propio movimiento. ¿Cómo se entiende esta discordancia? Para Chávez no hay problema en decir una cosa un día y la contraria al día siguiente; tal vez crea que decir y desdecirse sea pensamiento dialéctico-materialista como el de Marx, sin reparar que sólo expresa un juicio confuso. La dialéctica es algo demasiado espeso en manos de un aprendiz de comunista con charreteras. Sin embargo, en los giros y dichos recientes la mezcolanza se ha tornado mayúscula y muestra que la procesión, con cirios, curas, feligreses, diablos y almas en pena, anda por dentro.

Cuando el caudillo ha atacado a los radicales es porque tiene un brollo interno descomunal. Los aficionados al marxismo le dicen que el problema que tiene es que va muy lento, que hace demasiadas concesiones a los blandos de adentro, que no serían más que aprovechadores profesionales. El hombre se da cuenta que le tienen cogido el flanco izquierdo y que para muchos comunistas está mostrándose como un blandengue. Mientras que hay quienes le dicen lo opuesto: hemos perdido a la clase media y a los trabajadores organizados porque vamos muy rápido y muy mal.

Chávez no sabe cómo moverse en un escenario en el cual tiene que decidir una jugada de la que no tiene fácil regreso. Si radicaliza el proceso significa desmantelar completo el aparato productivo, abandonar las pamplinas democráticas y adelantar el golpe de estado que ha ofrecido para 2012. Si hace un giro hacia el centro para lograr algún enganche con los sectores que ha despreciado y arruinado, puede ganar algo en este terreno tan importante para los efectos electorales, pero perdería a los más radicales con el riesgo de ser acusado de ¡traidor a la revolución!

Un colaborador de Chávez le dijo hace algún tiempo a este narrador que el caudillo a quien más se parecía era a Perón. Cuando tenía que abatir a la izquierda usaba a la derecha y cuando su desafío era estrujar y humillar a la derecha le soltaba las bridas a la izquierda. Sin embargo, Perón era Perón, se contenía a sí mismo como figura y proyecto. Chávez no. Este necesita certificados revolucionarios de movimientos y líderes externos, y de grupos, motines y personalidades internos. No tiene las manos libres y se ve que ahora tiene que tomar una decisión.

Complicaciones. El contexto de esta polarización dentro del chavismo es que la base popular se ha evaporado en proporción alarmante. Chávez ya no puede, como hacía Fidel Castro en los primeros años de la revolución, llamar al pueblo, convocar centenares de miles y resolver las crisis de las alturas con un empujón de masas desde abajo. Chávez es prisionero de los grupos a los cuales sirvió de portaviones y el problema es que ha creado unas fuerzas que ahora tienen un cierto grado de autonomía. Véase el caso de los “moderados” militares y dirigentes políticos enriquecidos, así como los de la boliburguesía que se ha conformado con esa casta de interventores, directores, gerentes que chupan como electrodomésticos -aspiradoras, batidoras y lavadoras- insaciables. Debe incluirse a aquellos de los ministros, parlamentarios y dirigentes que no son ladrones pero han cambiado de status social y no están dispuestos a volver al pasado: no quieren volver a montarse en autobús, ni a vivir en urbanizaciones populares, ni a redondearse la arepa con esfuerzo. Son los que repiten con fuerza: “¡No! a mi pasado”. No quieren radicalización y son los que controlan los mecanismos económicos y sociales del chavismo, especialmente de aquél que ve ahora al Comandante como una rémora.

Los radicales

Está el otro sector, el radical, que tiene dos brazos: el de los intelectuales y el de los políticos. El primero está conformado por los asesores que de cuando en cuando aterrizan en la tesorería bolivariana, y por algunos extremistas internacionales reconocidos. Por allí han pasado Norberto Ceresole, el fascista antisemita de las primeras horas, hasta Eva Golilla junto a otros de variable respetabilidad. Todos ellos lo primero que le dicen al Jefe es ¡Atrévete! Échale pichón porque para mañana es tarde. Los inteligentes -que los hay- saben que no tienen fuerza para hacerlo y sólo están levantando el expediente con el que documentarán la traición a la revolución.

También están los políticos radicales del Gobierno. Son los chantajistas que le hacen ver que si no se conserva extremista y recalcitrante dejará de tener la legitimidad revolucionaria mediante el certificado de aptitud expedido por los cubanos, zánganos que intercambian elogios rojos por dólares verdecitos y petroleros. Estos radicales tienen las ventajas económicas y sociales del otro grupo pero como administradores del poder presidencial. No tienen interés económico privado porque, como Chávez, disponen del presupuesto nacional como propio.

El conflicto dentro del chavismo civil y militar lo tiene atrapado. Por eso se ha vuelto “dialéctico”; es decir, incoherente y de alta peligrosidad.

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