EL FANATISMO ELEMENTAL

Tulio Hernández

Tulio Hernández
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“Mario Vargas Llosa es un ignorante” Hugo Rafael Chávez Aló, Presidente

Era la voz de dos funcionarios del socialismo del siglo XXI a horas del mediodía por la Radio Nacional de Venezuela. Con inocultable amargura comentaban el Nobel otorgado el día anterior a Mario Vargas Llosa. La noticia les parecía tan abominable que, aseguraban, no valía la pena comentarla. Pero siguieron haciéndolo.

Sostenían que ese era un premio creado por la realeza sueca para celebrar a la derecha internacional. Que bastaba con que un escritor o un científico apoyara las causas más oscuras ­ la propiedad privada, la existencia de medios independientes del Estado­ para que 1 millón de dólares fuese a dar a sus arcas.

Y que ese era el caso de Vargas Llosa. Proponían por tanto, y no exagero un milímetro, que la izquierda del mundo “convocara su propio Nobel” (sic) y comenzara a premiar a los suyos. Es para imaginárselo: un año para Francisco Sesto, otro para Isaías Rodríguez. Uno para Marta Harnecker, otro para Piedad Córdoba. Y agregaban que el Nobel no tenía validez internacional porque es decidido por un jurado “sin representación equitativa de todos los pueblos del mundo” (sic).

Aunque estaba solo, yo también sonreí.

Lo que los comentaristas no podían imaginar es que, al otro lado del océano, con similares argumentos, pero al revés, opinadores de la ultraderecha europea concluirían que el Nobel le había sido otorgado no por su obra literaria prodigiosa sino por su reconocida militancia en contra de los nacionalismos.

Los suecos, según la ultraderecha, tienden a celebrar a los radicales del Tercer Mundo, y esta vez no habrían hecho otra cosa que darle un espaldarazo a alguien que condena el independentismo vasco y catalán, fustiga los desplantes de Sarkozy, defiende la legalización de la droga y la libre circulación tanto de capitales como de personas. Un peligro.

De intolerancias sabe bastante Vargas Llosa. Las ha padecido. Durante la dictadura de Franco su obra fue acusada de obscena; La ciudad y los perros fue prohibida en España, y la portada de la edición de Seix Barral de Pantaleón y las visitadoras, vetada por inmoral. Algo similar ocurrió en Cuba. Luego de la triste humillación del poeta Padilla, cuando ­junto con Jean Paul Sartre y otros intelectuales de prestigio­ se desligó para siempre del régimen policial fidelista, sus libros fueron prohibidos y retirados de los anaqueles de librerías y bibliotecas de la isla secuestrada.

De la ideología derechista de Vargas Llosa puede decirse cualquier cosa. He escrito condenando su narrativa de apoyo dogmático a la, tan costosa para América Latina, causa perdida neoliberal. Pero, si se tiene honestidad intelectual y buena memoria, es indispensable recordar que Vargas Llosa ha sido siempre un demócrata cabal y que, a diferencia de cierta fea derecha antidemocrática, jamás apoyó un golpe de Estado y ha condenado siempre las dictaduras militares con la misma severidad con que lo ha hecho con la autocracia cubana.

En el presente, Vargas Llosa ha vuelto a posiciones menos dogmáticas. Ha escrito algunas páginas brillantes reivindicando el papel del Estado de bienestar en las socialdemocracias nórdicas y, también, los aciertos de la izquierda chilena. Pero lo mejor que le ha podido ocurrir, para desdicha de los fanáticos de los extremos que se tocan, es que el Nobel se le haya concedido sólo unas semanas antes de que viera luz El sueño del celta, una novela absolutamente anticolonialista, que pone en evidencia los espantosos crímenes de la intervención belga en el Congo y denuncia la barbarie genocida que las élites europeas emprendieron en África y América.

¿Qué podrán decir ahora los dos locutores, de sectarismo largo e ideas cortas, cuando lean este libro que, calidades literarias aparte, podría ser firmado sin titubeos por Eduardo Galeano, el autor de Las venas abiertas de América Latina?

 
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