TERCIANDO EN UN DEBATE

Américo Martin


Américo Martín

Woods, el nuevo Ceresole, con patética ligereza, deforma la Independencia y los hechos posteriores, caricaturiza el 11 de abril y ennoblece los madrugonazos golpistas de 1992.

Alan Woods

Alan Woods

No puede criticársele a Alan Woods su molestia porque lo mienten “inglés” y no “galés”. En Gales hay una respetable conciencia autonomista que a ratos ha encarnado en proyectos independentistas.

Pero el dato cierto es que hasta nuevo aviso pertenece al Reino Unido, y mal puede pedírsele a quienes no estén en las entrañas de ese debate, que “sientan” en la forma que lo hace un independentista galés.

Así lo trasunta Woods en respuesta a Teodoro Petkoff, quien consideró risible su intento de aconsejar radicalizaciones a Chávez, apelando a Trotsky y Lenin.

“Radicalizar” sería agudizar la represión, la destrucción de fuerzas productivas y de logros democráticos de vieja data, la división irreconciliable de la sociedad con fines policiales  entre buenos revolucionarios y satánicos servidores de la CIA, y la homologación de socialismo con estatización, operación que excretó en todos los casos una nueva clase dominante, burocracia adiposa, corrupta e incompetente, como la que hoy padecemos también en Venezuela.

Imposible que Woods no lo haya advertido ni escuchado las angustiadas voces internas ante la deriva funesta. No habrá olvidado este súbdito galés que para Lenin en El Estado y la Revolución, el socialista (aún obrero) sería un mal tan inevitable como transitorio, destinado a desaparecer junto con el ejército profesional y toda forma de coacción.

Pero, inclinado a “hacer la revolución antes que escribir sobre ella”, pronto descubrió que la suya había creado un Frankenstein más horrendo que el de la monarquía zarista. Tal vino a ser el modelo leninista de revolución para los siglos XX, XXI y siguientes.

También Trotsky fue acusado de pertenecer a la CIA, de ser siervo del imperialismo y aliarse con la desterrada nobleza zarista, como proyecta Woods esclavo de sus pasiones  contra Petkoff, para no tener que discutir en serio sus opiniones. Si Woods leyó desprejuiciadamente a Lenin, recordará sus postreros artículos en Pradva.

Trasuntan una honda amargura porque el Estado ¡bajo su dirección, no la de Stalin!  en lugar de languidecer reproducía, pese a la sangre derramada,”lo más típicamente viejo del viejo aparato zarista”. Trotsky denunció la burocracia “estalinista” (a Lenin, ni con el pétalo) cual flamante capa dominante que debería ser derrocada.

Chavez como uniforme

El leninismo fue el estalinismo de Stalin, el trotskismo de Trotsky, el bujarinismo de Bujarin y el zinovievismo de Zinoviev. Fueron ellos los inventores del vocablo con el fin de cubrirse con el manto del endiosado jefe bolchevique.

Según su esposa, Lenin jamás lo hubiera aceptado; sus ideas sufrieron profundos altibajos y no calificaban como nuevo saber, unido guión mediante  al sacralizado de Marx. Trotsky y Bujarin fueron más profundos y abarcaron más áreas del pensamiento.

No obstante, asumirse leninista fiel a la deidad infalible, era de vida o muerte durante las sangrientas polémicas de 1924-26. Algo parecido, aunque menos trágico, hacen varios intelectuales del “proceso bolivariano”: se uniforman de hiperchavistas antes de asomar la más tímida crítica. Salvo las de Woods a los “reformistas” jamás a Chávez, por supuesto  que estarían ralentizando el proceso e impidiendo sus prometidos frutos.

Asegura Woods que las perversiones no emanan de la revolución sino de la poca decisión de radicalizarla. Prepárense, pues, pueblo y trabajadores venezolanos: desde el confortable País de Gales quieren que nos aprieten más el cuello.

En cuanto a la historia de Venezuela, Woods, con patética ligereza, compra a ciegas la oficialista. Esa que deforma la Independencia y los hechos posteriores, caricaturiza el 11 de abril, ennoblece los madrugonazos golpistas de 1992 y, con ojos desorbitados, descubre intentos magnicidas hasta en la sopa.

Las sedicentes revoluciones suelen cambiar la historia. Si la reescrita de los bolcheviques no le bastara a Woods, podría recordar la novela 1984, de Eric Blair, llamado George Orwell. Un antiguo trotskista, como él. Sólo que inglés, no galés.

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