¿Dame dos?

Carlos Raúl Hernández
@carlosraulher

Durante los setenta y los ochenta Venezuela llegó a tener la clase media más poderosa del mundo. Era la nación con mayor y mejor distribución de aguas blancas en América Latina (88% de la población), con suficientes cloacas, electricidad, vialidad, construcción de viviendas, gracias a ese portento olvidado de Sucre Figarella. Eso contribuyó a crear un alto nivel de vida para el ciudadano promedio. Era la época en que un profesor de La Sorbona vivía en un pequeñísimo apartamento estudio con un lavabo y baño afuera. Lo mismo un abogado en Milano o un ingeniero madrileño. Profesionales “senior” mexicanos contaban los centavos en un mercado de Florencia, mientras jóvenes venezolanos consideraban que todo era “regalado”.

Era la época del “tá barato” que revelaba la energía de una sociedad petrolera pujante, que había crecido bajo la mano del modelo democrático y económico inaugurado por Rómulo Betancourt a las tasas más altas del mundo y que tenía uno de los ingresos per cápita más elevados de la región. Las peregrinaciones masivas a Miami requerían un puente aéreo. A pesar del viernes negro de 1983, el país tenía ingresos para superar sus efectos y seguir adelante. Ese acontecimiento, aunque provocado por la improvisación en cabeza del Banco Central, fue el primer aviso de que se requería una reforma económica (la intenta Pérez cinco años después) pero los grupos de poder no la entendían, ni la aceptarían nunca y prefirieron quebrantar la democracia, como cuenta Mirtha Rivero en su extraordinario libro, La rebelión de los náufragos (Caracas: Alfa, 2010)

Los más notorios intelectuales de la época decidieron convertir las clases medias en hazmerreír. Llegaron hasta los extremos de hacerles alevosas entrevistas en las colas de los desks de Maiquetía, para luego exponer a la burla a gente que respondía ingenuamente. Se burlaban del consumismo mayamero, pero no de la ridiculez de que ellos sólo compraban en Fauchon y sólo comían en La Tour d’Argent, lo que no era más que la otra cara del neorriquismo. Articuletes en la prensa, películas, comentarios en los medios. La mayoría de ellos, por lo general intelectuales inconclusos, recalaron en el chavismo y si no han muerto, hoy son chavistas arrepentidos y desde hace mucho no se montan en avión grande.

Hoy no tienen de qué burlarse y si no fuera por su propia irrelevancia, a la que los arrastró su héroe, podrían estar felices porque su sueño se cumplió. La clase media venezolana técnicamente ha desaparecido (un profesor universitario del alto rango gana menos que una asistente de tendero en la Séptima Avenida de Nueva York). Ya no se escucha el “dame dos” con nuestro acento, sino el de chilenos y brasileños. Hoy somos los pobres de la región. ¡Qué disfruten su éxito!

@eluniversal

 
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