Dinastía en venezuela

Periscopio
Yván Serra Díaz *
yvanserra@gmail.com

Creo que fue Dinastía, aquel culebrón norteamericano que protagonizaran John Forsythe, Joan Collins y Linda Evans. La propaganda televisiva anunciaba que el capítulo de esa semana, estaría ubicado en Venezuela. De manera que aquel día me propuse ver por primera vez el capítulo de aquella “lastimosa” serie.

La imagen rayaba en lo patético. Uniformados, mal vestidos, con barba a medio afeitar, se bajaban de un jeep para dar no sé qué tipo de orden a los visitantes extranjeros. El abuso y la arbitrariedad eran evidentes. Los militares cuidaban una hacienda de un potentado petrolero venezolano al cual mostraban servilmente atendido por mujeres con blusas con flecos en los hombros, crinejas con lazos y faldas largas floridas.

La indignación que sentí fue enorme. Aquella visión de Venezuela como república bananera era para aquella época algo fuera de toda realidad. En aquellos años, Venezuela hacía gala de su gobierno democrático y civil, los militares se encontraban en sus cuarteles, el petróleo era un negocio del Estado y era manejado por una meritocracia de una manera bastante distinta a como lo hiciera la familia Carrington, y las mujeres no se vestían para una representación escolar en traje típico. Ante un desaguisado tan degradante, sentí que por lo menos una nota de reclamo diplomático debía esperarse de las autoridades venezolanas.

Quizás me apresuro en mi comentario. Veo imágenes de la Venezuela de hoy. El militarismo campea con su dejo de arbitrariedad y corrupción. Militares  apoyan el despojo de las empresas por parte de un gobierno abusador.  Militares gordos y mal vestidos han dejado de ser un episodio de mal gusto de un guionista mal informado, para ser parte integrante de la Fuerza Armada Nacional, dado que a los milicianos no se les exige recato a la hora de mostrarse en uniforme.

La corrupción campea desde las alturas del negocio petrolero, y cuando la crisis aprieta, aparece el máximo líder con un ridículo uniforme para recordarnos que más que un presidente civil, debemos considerarlo un jefe militar, al cual gusta de hacerse llamar “Mi comandante presidente”. En vez de blusas con flecos, el servilismo viste de franelas rojas desteñidas.

Si viera aquel capítulo hoy, en lugar de indignación, me produciría una profunda tristeza.


* Politólogo

 
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