Idiotilandia


Elizabeth Araujo

Un modesto fabricante de colchones se queja, pero sin el valor suficiente para dar su nombre al periodista. Tiene miedo. Una docena de soldados tomó el viernes en la tarde las instalaciones de su empresa en acatamiento a una disposición gubernamental terminante, nacida del llamado de solidaridad al que nadie en su sano juicio podría estar en desacuerdo.

Detrás de los jóvenes militares armados se abrió paso, como en una vieja película de acción, un sujeto de chaqueta roja quien, a nombre del ministerio tal, preguntó al dueño del negocio cuál era la existencia de mercancía. “Más o menos, unos 120 colchones”, alcanzó a decir el hombre con una sonrisa que iluminó fugazmente la idea de que había hecho la venta del mes, hasta que el funcionario le aclaró: “Me los llevo, van a los refugios… esto es una emergencia nacional”.

Resulta obvio suponer el final del drama, relatado a la radio por este pequeño empresario, un ecuatoriano con 23 años en el país: cuando preguntó quién lo paga, el otro le respondió que se trataba de una donación. De insistir con su queja, el negocio sería expropiado.

¿En qué se diferencia esta simulación de solidaridad inventada por el Presidente para afrontar la tragedia que ocasionaron las lluvias, y la nueva modalidad en las busetas de transporte público en Caracas, donde tres individuos, con tono lastimero y amenazante, se presentan como ex presos de la cárcel de El Rodeo, “que no queremos delinquir”, pero que empujados por la necesidad instan a los pasajeros a entregar celulares y demás pertenencias?

Si alguien espera una respuesta sensata, a lo más que puede aspirar es a la declaración del vicepresidente Elías Jaua, cuando increpó al gobernador de Miranda por sus “sentimientos burgueses” al “salir en defensa” de los dueños de posadas y hoteles, ahora (y no se sabe hasta cuándo) transformados en refugios de los damnificados.

Si este modo de gobernar multiplica los votos del 2012 en favor de Chávez, nadie está en capacidad de saberlo. Pero una cosa es segura: es el modo de actuar del fascismo ordinario, que surge a la sombra de las armas, y ha venido instalándose en la sociedad venezolana, bajo el ropaje de las más nobles causas de la humanidad.

Que este Gobierno haya pasado 12 años arreando gente al Poliedro y convirtiendo el Teresa Carreño en teatro para las cadenas presidenciales, postergando las soluciones de los problemas de la gente, constituye tal vez una parte de la respuesta de por qué no se construyen viviendas sino que se expropian; que no se multa al especulador sino que se le confisca la mercancía; y que cualquier calamidad natural sea responsabilidad de la conspiración del imperio, con complicidad de ricachones que juegan al golf mientras unos negritos les sirven su whisky.

Cierto. Es un guión ya viejo, pero aún resulta oportuno para restregarlo a la cara de quien padece las penurias de sus miserias, y un militar que carga una niña en público, le sigue vendiendo un país ideal.

@talcualdigital

 
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