LA INUNDACIÓN DE LOS SECTARIOS

Tulio Hernández

Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

Por estos días la televisión europea transmite, con dejo burlón, tomas de Hugo Chávez en medio de las inundaciones. De pie, sobre un vehículo de combate, ataviado con un extraño uniforme militar de película barata, el jefe rojo ­como si estuviese en medio de una batalla­ arenga a un grupo de probables damnificados y los conmina a informar sobre terrenos baldíos y edificios en construcción para tomarlos, con tal de resolver a su manera, preferiblemente usurpando la propiedad privada, la situación. Al terminar, la locutora del canal español, con gesto perplejo se encoge de hombros mira a la cámara y dice: “Ustedes lo conocen, saquen sus conclusiones”.

La operación es lamentable: la tragedia real convertida en comedia mediática. La verdadera noticia, lo que debería ser informado como una situación dramática ­la gravedad de las inundaciones­ queda opacada y sustituida por un nuevo desplante del showman que, incluso en el momento cuando el país necesita el mayor recato, generosidad y unidad, no puede dejar de payasear y aprovechar la situación para ahondar aún más la profunda división que va sembrando por donde pasa.

Es la evidencia de que nada, ni los desastres naturales o las desgracias colectivas, logra amainar en el retorcido corazón del hombre que controla el país, su enfermizo sectarismo político y el odio sistemático que cultiva contra todo aquel que no comparte o se distancia de sus posturas y creencias. Ambas enfermedades, el odio y el sectarismo, le crecen y en esos momentos difíciles, exhibe obscenamente que su enamoramiento por el poder está por encima de cualquier consideración humanitaria.

No debemos olvidar, por ejemplo, la manera como, para preservar la asistencia a las mesas de votación en el referéndum de 1999, postergó hasta último momento la declaración de emergencia cuando todos los especialistas advertían que toneladas de lodo y piedra estaban a punto de desplomarse sobre las poblaciones del estado Vargas. Tampoco el modo irresponsable como rechazó en medio de aquel desastre la ayuda norteamericana y ordenó prohibir la entrada del barco en el que viajaban hacia nuestras costas equipos de salvamento y hospitales de emergencia que buena falta nos hacían.

Ni, mucho menos, las denuncias del Gobierno de Perú por el uso perverso de la ayuda enviada por el Gobierno venezolano cuando el terremoto de agosto de 2007, pues repartía entre las víctimas latas de sardinas etiquetadas con fotos de Hugo Chávez y su socio local Ollanta Humala.

Ahora el sectarismo, el oportunismo y la falta de previsión atacan de nuevo. En medio de una de las más descomunales inundaciones que hayan afectado al país, el Gobierno central se niega a llevar a cabo las labores de rescate en cooperación con los gobiernos locales; algunos consejos comunales oficialista rechazan cualquier ayuda que provenga de alcaldías, gobernaciones u ONG que no son rojo-rojitas; tropas de la FAN ocupan los hoteles para convertirlos en refugio y dejan para luego ­cuando ya es un hecho irreversible­ la negociación con sus dueños, y el jefe supremo no pierde oportunidad de hacer proselitismo al convertir los escenarios de la catástrofe en tarimas de autopromoción electoral.

Desde que ocurrió el deslave de Vargas hasta el presente hemos perdido poco más de una década que se pudo haber aprovechado (si es que en verdad era este un gobierno con sensibilidad social) en, primero, dotarnos del Plan Nacional de Reducción de la Vulnerabilidad que desde el mismo Gobierno funcionarios como Ángel Rangel, hoy en la oposición, propusieron años atrás. Y, en segundo lugar, de un programa de dotación de viviendas y de consolidación urbanística de las zonas informales como, también desde adentro, plantearon arquitectos como Josefina Baldó.

Son dos grandes tareas a futuro, para cuando retomemos el hilo extraviado de nuestra democracia. De una parte, reunificar el país cada vez más roto por el sectarismo rojo. Y de la otra, iniciar el gran trabajo de reordenamiento del catastrófico tejido urbano que el bipartidismo nos dejó como triste legado y el militarismo de esta década no ha hecho otra cosa que agigantar.

 
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