CUANDO UN EMBAJADOR ES SANCIONADO

Bernardo Álvarez

Orlando Ochoa Terán
o.ochoa@att.net

Ningún país motiva la revocación de una visa diplomática. Sin embargo, los desaciertos del gobierno venezolano fueron tan notorios que es posible identificar las causas y seguir el curso del proceso bolivariano que condujo a la revocación de la visa de Bernardo Álvarez. Un recatado silencio fue la primera respuesta, seguida de una “rectificación” para finalmente terminar sin entender.

Antes de que el presidente Chávez retirara el beneplácito otorgado al embajador Larry Palmer, en Washington se daba por descontado que no sería aprobado por el Senado. A juicio de los republicanos y el de algunos demócratas sus antecedentes presagiaban conformidad con el presidente Chávez.

Palmer parecía encarnar una señal de Obama a la graciosa aproximación del presidente Chávez en la Cumbre de Trinidad o probablemente el resultado del lobby que llevan adelante los gringos alquilados por la embajada de Venezuela en Washington.

Chávez no entendió las señales y si alguien se las advirtió, no le hizo caso. Los republicanos pues, recibieron el retiro del beneplácito con gran beneplácito. Entonces fue cuando decidieron apoyar a Palmer. El gobierno bolivariano seguía sin entender.

Denuestos

Para regocijo de republicanos y desespero del Departamento de Estado, el presidente Chávez declaró en el Salón Elíptico de la AN: “En Washington se ha instalado una cumbre de terroristas, una verdadera patota de delincuentes, estafadores, terroristas, ladrones y malandros avalados no sólo por prestigiosas figuras de la extrema derecha republicana sino también del partido demócrata…”. En esa ocasión usó a Eva Golinger, la moderna versión gringa de Benedict Arnold, para que denostara de su propio país.

Vistos los brutales ataques que el presidente Chávez le propinó a Bush no deja de ser curioso que para retirarle el placet al embajador Palmer alegue que este fue… ¡irrespetuoso! Pocos entienden por qué EE UU tolera ese “estilo” de diplomacia bolivariana. La realpolitik les aconseja esta tolerancia con jefes de Estado tercermundistas porque les permiten ganar indulgencias con sectores populares. Ellos lo agradecen.

Pero esta tolerancia con líderes populistas no se extiende a los embajadores. Bernardo Álvarez debería saberlo. En la Venezuela bolivariana es común que altos funcionarios que temen ser removidos intensifiquen su adulancia. Si son despedidos, las protestas de lealtad y sumisión adquieren niveles siderales. Confían en el sistema de reciclaje y creen en el leitmotiv bolivariano: el verdadero mérito es la falta de méritos.

Revocar la visa

En ese afán, Bernardo Álvarez violó la regla de oro de la diplomacia. En un artículo publicado en Foreign Affairs, critica con rudeza inusitada a quienes ya habían sido nominados para presidir el Comité de Política Exterior de la Cámara de Representante y el Sub-Comité para el Hemisferio Occidental de la misma Cámara. Eleana Ros-Lehtinen y Connie Mack respectivamente. En su diatriba incluyó a dos ex subsecretarios de Estado para el Hemisferio Occidental, Otto Reich y Roger Noriega. Con muy poco tacto sugirió que la nueva mayoría republicana en la Cámara de Representantes  podría significar una completa amenaza a “los intereses superiores de EE UU”.

Ante lo inevitable de su retiro, Álvarez optó por escaparse a Caracas y así burlar la más honorable situación que lo habría obligado, de nuevo, a regresar a su país con visa. El gobierno de EE UU respondió a esta “viveza” con la revocación que se traduce en una sanción personalizada, que naturalmente alcanza al jefe del Estado.

Pese haber desafiado a EE UU a “hacer lo que quiera”, el presidente Chávez aceptó con docilidad y en silencio la sanción de la visa. Los gringos, sorprendidos por tanta humildad, optaron por reanudar las señales. Bajo el pretexto del término legislativo insinuaron la designación de un nuevo embajador. Entendida ¡al fin! las señales, el presidente Chávez no pudo disimular su alegría y “rectificó” sonriendo y celebrando la presencia de Hillary Clinton en Brasilia. El desarrollo radical legislativo y la burla de Chávez insinuando los nombres de Oliver Stone, Sean Penn o Bill Clinton como embajadores, pudieron haber obligado al gobierno de EE UU a regresar a la posición original de insistir en Palmer. Por supuesto, la diplomacia bolivariana sigue sin entender.

Los gringos alquilados por la Embajada de Venezuela en Washington debieron respirar  tranquilos. Confían que un nuevo ciclo de insultos les permitirá incrementar la tarifa. Según el último registro (#5609) de la sección de Agentes Extranjeros del Departamento de Justicia (FARA), cobraron $1.012.000,oo a la Embajada de Venezuela en 6 meses que justifican así: “Contactar funcionarios del Congreso de EE UU e identificar vías en las cuales mejorar las relaciones bilaterales”.

Paradójicamente, insultar al “imperialismo” desde el gobierno bolivariano ha devenido en una próspera industria de lobby gringo en Washington. Después de todo alegarán: Who is afraid of Hugo Chávez?[i]


*  ¿Quién le teme al lobo feroz?

 
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