La caída

Ricardo Bello

Ricardo Bello
aracal@gmail.com

El libro de Joachim Fest: Inside Hitler´s Bunker, en el cual se basó la película La caída, interpretada por Bruno Ganz, termina con una pregunta: ¿se consideraba el Führer a sí mismo como un fracasado por el hecho de finalizar su vida metiéndose un tiro en la cabeza? No, el suicidio fue la culminación lógica de su proyecto de vida; jamás un final inesperado. Trágico sí, wagneriano y violento, pero en ningún momento una contradicción personal. La gloria que anhelaba no era la de un jefe de Estado,  la de un buen administrador capaz de mejorar las condiciones de vida de su país. Su proyecto era de otro tipo. Su apetito por la destrucción le impedía visualizar un destino moral, capaz de anular enemistades y propiciar empatía. Hitler necesitaba enemigos, se definía a partir de ellos, ya fuesen judíos, demócratas occidentales o comunistas rusos. No era alguien capaz de definirse en función de una idea positiva de sí mismo, sino alguien que tenía, necesitaba y buscaba enemigos. Su meta no era construir, sino destruir. Públicamente llegó a manifestar su intención de crear un desierto, un vacío en la civilización occidental, la nada política. Los Generales de la Wermacht se preguntaron, una vez que el III Reich expandió sus fronteras hasta el Atlántico, luego de la exitosa invasión a Francia, después de haber asimilado Austria y conquistado Checoslovaquia, ¿ahora qué? Ya somos la potencia más importante de Europa, ¿qué vamos a hacer? Hitler no tenía interés en desarrollar un proyecto civilizatorio alterno o una ideología incluyente. Su genio organizativo no fue puesto al servicio de un ideal de sociedad. Necesitaba un nuevo adversario y lo encontró en Stalin. Hacia allá se fue.

La hecatombe, el Apocalipsis, ese final en Berlín en 1945 no se reducía a sentimientos de amargura, terror o fracaso. El espectáculo del fin, la derrota total del III Reich, la muerte política de los nazis, fue la culminación exacta de su deseo más importante: la tierra arrasada, la destrucción de un continente y la muerte de millones de personas. Cualquier otra explicación a su suicidio saca a su vida de contexto. No era un Comandante militar que anhelaba el triunfo, preservando la vida de sus soldados. No. Un pueblo que no está dispuesto a morir en la guerra, no merece vivir. Una contradicción absoluta. Si la guerra se pierde, el pueblo alemán también habrá perdido. Guerra hasta el fin de los tiempos, guerra eterna. Después de Stalingrado, el punto de retorno de la iniciativa alemana, se dio cuenta que ya no podía contar con sus ejércitos para proseguir una campaña de muerte en territorios lejanos. A partir de ese momento su odio se dirigió hacia los alemanes, incapaces de compartir su tragedia e insensatez.

En la Conferencia de Munich de 1938 despreció la cobarde mano tendida de los países occidentales, pacifistas por necesidad. Estaba molesto porque asomaban la posibilidad de una paz en la cual no estaba interesado. No hay diálogo posible, no hay manera de construir puentes hacia los enemigos. Ellos están ahí para ser destruidos. Y si no logro acabar con ellos, pues entonces es preferible la muerte.  Es la única lógica.  Sus campañas militares fueron el resultado de una total abstinencia política. No estaba interesado en adquirir la imaginación constructiva de un verdadero Estadista, de un hombre político. Sin un objetivo militar concreto a largo plazo, su camino era el del pillaje, la corrupción de sus Generales y la muerte. Los territorios conquistados sólo podían servir como bases temporales desde los cuales planificar nuevos enfrentamientos. En sí mismos, estos espacios no representaban nada, ni económica o culturalmente. Su gente, menos.


 
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