LA MANCHA OSCURA DEL LEGADO DE LULA

Elizabeth Burgos

Elizabeth Burgos
eburgos@orange.fr

La diplomacia del Brasil de la era de Lula da Silva ha sido de cínico apoyo a los países que violan los derechos humanos, por lo cual el presidente saliente está siendo criticado en su propio país.  Estos son sus pecados y estas son las preguntas que serán planteadas a la presidenta entrante, Dilma Rousseff.

Una luz que se puede opacar

A partir de los años ‘80, en el ámbito del modelo fáctico del poder, se opera en América Latina una modificación de profundo impacto institucional. Se impone la idea de que el poder fáctico debe ser sometido a la legitimidad del sufragio universal, modelo del cual Cuba todavía permanece fuera.

En honor a la verdad se le debe reconocer esa iniciativa al general  Augusto Pinochet cuando decidió someter su cargo al veredicto de un referéndum que por cierto perdió y que pese a las ventajas que continuaba atribuyéndose gracias a la reforma  de la Constitución ideada en previsión de una posible derrota, no le quedó otra opción que acatar el veredicto de las urnas.

En la era democrática que hoy se vive en América Latina, existe una diferencia de origen en la comunidad de Estados que la integran; y es que los gobiernos que forman parte del eje bolivariano, o tienen un origen fáctico o se han servido de él en algún momento para acceder al poder.  Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa, Daniel Ortega: todos se han favorecido de la violencia política para acceder al poder y luego legitimarlo mediante elecciones.

En el panorama de los países legítimamente democráticos, brillaba Brasil por la conquista de su equilibrio económico y político, por su peso geográfico y demográfico, por haber gozado del privilegio de haber tenido durante dos mandatos a uno de los más brillantes intelectuales del continente: Fernando Enrique Cardozo, quien dejó a su sucesor, Lula Da Silva, un país encaminado hacia el progreso y la modernidad.

La opinión pública no se cansa de alabar a Lula da Silva al cual se le tiende a otorgar a todos los méritos, ignorando a los de sus antecesores.  En todo caso, se le admira por su respeto de la democracia, su talante equilibrado, por su capacidad de negociación.  El prestigio del antiguo obrero y sindicalista, víctima de la represión bajo el régimen militar que imperó en Brasil desde el golpe de Estado de 1964, no se ha visto opacado pese a las graves fallas en relación a los derechos humanos de su política internacional y el retroceso que ello significa en un continente tan propenso a transgredir esos principios.

Cinismo al servicio de una ambición

Aunque no sea de estricta actualidad, dado el papel que seguirá jugando en la política internacional de su país, pues no por azar Lula impuso y logró la elección de su candidata, vale la pena reflexionar acerca de la que fue su acción política internacional relativa a los derechos humanos, pues la política que desarrolle Brasil atañe directamente el destino de los países del continente y demuestra que no se debe tener una actitud dócil hacia la única gran potencia del sur continente.

Identificado con las causas sociales, Lula logró un prestigio internacional considerable.  Sin embargo, en materia de defensa de los derechos humanos, la política de su gobierno lleva el estigma del cinismo más vergonzoso.  Indulgencia hacia los países que violan los derechos humanos, su poca clara postura en relación a la no proliferación de armas nucleares y su poco caso de los problemas medio ambientales, le ha valido el calificativo de ser “el mejor amigo en el mundo democrático” y todo ello en aras a sacar ventajas inmediatas y a corto plazo en pro a la ambición de gran potencia  del Brasil.  Siguiendo el modelo castrista, Lula desarrolló una política paralela en relación a América Latina, en particular hacia los gobiernos de dudoso comportamiento democrático, siempre presto a socorrerlos y a justificarlos, como ha sido el caso con el gobierno de Cuba, Venezuela y Bolivia; política para la que contaba con su consejero para asuntos internacionales, una suerte de canciller bis, Marco Aurelio García, cuyas interferencias en la política exterior de Venezuela y su postura más que ambigua en relación a las FARC colombianas, son de conocimiento público.  La intromisión escandalosa en el caso de Honduras, el apoyo incondicional al régimen iraní sin poner el menor reparo a su falta de legitimidad democrática, a su aplicación sistemática de la pena de muerte contra los opositores, a la lapidación de mujeres.  En relación al caso cubano, esta postura es francamente bochornosa.

Una diplomacia contra natura

Pero no debe creerse que la postura de Lula Da Silva se limitó a declaraciones espontáneas, o fueron fruto atribuibles a su afección por el whiskey, como algunos lo dejan suponer, que luego pueden ser corregidas en la práctica y en el lugar más indicado: en la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra en donde los delegados de Brasil bloquean sistemáticamente los intentos de investigar las violaciones de los derechos humanos aliándose con los más notorios países acusados de violarlas.  Como lo afirma en un recipiente artículo el diplomático brasileño, Rubens Ricupero, publicado en el Braudel Papers, órgano del Instituto de Economía mundial del mismo nombre: mediante su ausencia o abiertamente bloqueando las acciones de la Comisión, el gobierno brasileño colabora en la vergonzosa tarea de obstruir el funcionamiento de la Comisión.  Ayudando, protegiendo y favoreciendo a los autores de los peores asaltos contra los valores humanos como son: Corea del Norte, Sri Lanka, Congo, Irán, el Sudán del genocidio del Darfur y Cuba.

No deja de ser sorprendente semejante toma de posición que nada tiene que envidiar a la de los militares brasileños en el poder hasta 1985 que utilizaban el mismo argumento del gobierno del antiguo sindicalista reprimido por los primeros: cuando se les reprochaban las violaciones a los derechos humanos, se escudaban invocando el respeto de su soberanía; al igual que Pinochet, al igual que el régimen cubano.

El diplomático brasileño reprocha que Lula prefiera ganancias diplomáticas inmediatas al respeto de los valores universales, lo que conlleva una contradicción profunda entre los objetivos y los valores que inspiran la acción política de Lula.

Entablar el diálogo con el futuro gobierno brasileño es vital para los demócratas venezolanos pues el futuro se ve oscuro. Una cosa es que un gobierno democrático tome la ruta equivocada, otra cosa es lo que se le deje hacer.  En Brasil existen corrientes opuestas a esa deriva diplomática contra natura, personificada por Lula.

 
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