HÉROES INOCENTES

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA
MANUEL FELIPE SIERRA
manuelfsierra@yahoo.com

El 17 de diciembre de 2010 Mohamed Bouazizi, decidió ponerle fin al desencanto. Tenía 26 años, un diploma universitario en Informática y gastaba la suela de los zapatos en busca de empleo. En la plaza de Sidi Bouzid, una ciudad de 40 mil habitantes ignorada por los folletos turísticos, instaló una venta de verduras.

Mohamed Bouazizi

“Era el único dinero que venía a la casa, -cuenta su hermano Salem-, su gran ilusión era que nuestra hermana Leila pudiera hacer los estudios universitarios y él lograse ahorrar para comprar un camioncito y poder vender las frutas y las hortalizas”. La mañana del 17, tres funcionarios del ayuntamiento le confiscaron el carro de las verduras por carecer de permisos y lo golpearon sin piedad. Mohamed fue a la sede del gobierno para protestar y allí a mas de no ser atendido se le trató con desprecio. “Su desesperación fue enorme”, cuenta su hermana.

Mohamed apeló al rito supremo. Compró una lata de gasolina, se colocó frente al ayuntamiento, se roció el cuerpo y se prendió fuego. En horas, las llamas que consumían sus carnes habrían de extenderse más allá de Sidi Bouzid. El 4 de enero de 2011, cuando Mohamed dejaba de respirar en la terapia del hospital, ya el país era azotado por la furia colectiva. La policía masacraba una protesta en Menzel Bouzayane, con saldo de muertos y heridos; el grupo de hackers “Anonymous” (Mohamed sería uno de sus miembros), ejecutaba la “Operación Túnez” y las webs del gobierno eran neutralizadas por una avalancha de ataques informáticos y las organizaciones opositoras llamaban a la huelga general. Ben Alí, con 23 años en el poder, iniciaba una cuenta regresiva.

El dictador agotó todos los recursos: prometió tres mil empleos para atender los reclamos obreros; garantizó que no permanecería más allá del 2014 cuando vence su período y se comprometió a “un completo y profundo cambio político”.  Pero ya era tarde. La indignación en las calles había sobrepasado el toque de queda y el jueves 14, aturdido por el grito de “fuera Ben Alí”, abandonó el país y se refugió en Arabia Saudita.

Visita del dictador Ben Alí a Bouazizi días antes de su fallecimiento.

En estos días, Túnez el país del Magreb con el mejor comportamiento económico y con mayores éxitos en la lucha contra el extremismo islámico, se abre a una transición democrática.  Los prisioneros han sido liberados; se han suprimido las restricciones a los partidos opositores y a la prensa, y el presidente encargado Mohamed Ghanuchi (pertenece al partido “Agrupación Constitucional Democrática” del mandatario derrocado), promete elecciones libres dentro de seis meses.

Un proceso que tendrá efectos expansivos en el mundo árabe del norte de África, que ya han comenzado a sentirse con inmolaciones de jóvenes en Egipto, Argelia y Mauritania. La estabilidad de esos regímenes con barniz democrático (pero en verdad apuntalado por repetidos fraudes electorales), obedece en buena parte a la permisividad pragmática de los países europeos que los conciben como muro de contención frente a los radicales del Islam.  Sin embargo, las explicaciones políticas y sociales de la crisis tunecina podrían extrapolarse a las situaciones que viven los países vecinos. “Advertimos de que habrá una explosión que impactará a los países árabes, como ha sucedido en Túnez”, escribe Hamdy Hassan, vocero de los “Hermanos Musulmanes” egipcios, mientras razona, “¿Cuándo sucederá?, nadie lo sabe”.

Mathias Rust

El diario As Safir de Beirut editorializa: “esta es la primera revolución popular árabe del siglo XXI y es posible que sea el modelo para el mundo en el cambio esperado desde hace mucho tiempo”. Iman Uenzar, un intelectual de Orán reflexiona: “no habrá una catarata de derrocamientos pero la fiebre social sí se va a contagiar porque habrá disturbios sociales más fuertes y frecuentes que hasta ahora”. En Argel, los opositores pronostican que ahora Saeed, el hermano del presidente Buteflika, “no podrá sucederle”, como se creía inevitable.

El 28 de mayo de 1987, una Cessna 172B (D-ECJB), se posaba en Vasilevski Spusk, en la plaza Roja cerca del Kremlin, en el propio corazón de Moscú. Su piloto, Mathias Rust, un alemán de 19 años, violaba la seguridad aérea soviética. El episodio causó un terremoto político. El presidente Mijaíl Gorbachov destituyó al ministro de la Defensa, Sergei Sokolv, y al jefe de la Aviación, Alexander Koldunov, ambos con méritos en la Segunda Guerra Mundial, y en ese momento opuestos a la perestroika y la glásnot, las propuestas renovadoras del mandatario. Más de dos mil oficiales fueron relevados en una decapitación de la cúpula militar comunista. Rust fue juzgado, condenado a 4 años de trabajo forzado mientras permanecía en la cárcel de Lefortovo. En agosto de 1988, el secretario de Estado, Andréi Gromyko, firmó el documento de indulto que le permitió a Rust recuperar su libertad.

Rust burló la seguridad aérea sovietica y logró aterrizar su avioneta en la Plaza Roja de Moscú.

¿Quién duda que la audacia del “alemancito” (“fue una misión de paz”, insiste todavía), tuvo un significativo valor simbólico en el desmontaje del sistema comunista en los años 90 y la recomposición del juego geopolítico? La inmolación de Mohamed Bouazizi tendrá sin duda un efecto similar en un proceso, que más temprano que tarde, provocará un deslizamiento político en la franja árabe-africana. Literalmente, ni Rust provocó la caída de la URSS ni Mohamed Bouazizi la huida de Ben Alí, pero ambos hechos comprueban que cuando los regímenes de fuerza envejecen, pierden la sustancia ética y se sostienen sólo por el poder de las armas y el miedo social, pueden sucumbir en el momento menos esperado a fuerzas inasibles y misteriosas que modifican la historia. Bouazizi será el símbolo de las nuevas revoluciones árabes y Mathias, 23 años después (ahora como jugador profesional de póker), es considerado como una pieza inocente en uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX.

Sorpresas te da la vida.

 
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