LA TIERRA IMPERFECTA

Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

Hay dos modelos de país. El que propone el oficialismo sólo tiene una melodía. Se debe cantar en el mismo tono, con las mismas palabras

Convengamos en que no es fácil aceptar las críticas. Uno no va por la vida, sonriendo, deseando cada día ser más criticado para, así, cada día, ¡qué maravilla!, poder aprender algo más. No. Las críticas suelen ser difíciles de digerir, irritables. Son un ni modo cotidiano, a todos nos tocan.

Pero si usted, además, es un personaje público y se dedica a la política, no tiene entonces ninguna escapatoria. O aprende o cambia de oficio. No hay política sin crítica.

Pienso que una de las ventajas de la oposición es que, desde hace mucho, ha venido lidiando con la crítica. Los ciudadanos que nos paramos en la acera de enfrente del Gobierno solemos cuestionar a nuestros líderes, disentir públicamente de las estrategias y acciones que siguen aquellos que pretenden representarnos. Del lado del oficialismo, internamente, hay obediencia y silencio. Nadie se atreve a hablar sin consultar antes el discurso oficial. Ser bolivariano significa tener que pedir permiso. Siempre.

Yo creo que fue un error la postulación de José Sánchez Montiel a la Vicepresidencia de la Asamblea Nacional. No estoy diciendo que sea culpable del crimen que se le imputa. A todas luces, no ha tenido un proceso judicial limpio y justo. Pero no sé si eso es suficiente para arriesgar una propuesta de ese tipo. Se trata de un problema estratégico. Hay un caso policial de por medio, muy trajinado mediáticamente, y “Mazuco” no es un hombre con tradición de trabajo político, de gestión social. De cara a la mayoría de la población, quizás, no fue la mejor opción para iniciar una nueva experiencia en el Parlamento.

Posiblemente, tampoco la creación del bloque de diputados independientes fue un anuncio feliz. Demasiado temprano, refuerza con facilidad los miedos de muchos de los que han votado por la oposición durante años: que cada grupo sólo está pendiente de sus propios intereses, que la unidad es una ficción imposible. En la misma línea, estratégicamente, el viaje de una comisión a Estados Unidos es un regalo para la retórica dominante, para el manejo que ­desde sus innumerables trincheras­ desarrolla el Gobierno. En la nueva AN, con todas las dificultades y desventajas, la oposición está a prueba. Muchos venezolanos están atentos a su actuación.

El descontento con el Gobierno no significa, necesariamente, un natural apoyo a la oposición. Cuando Ojeda o Guanipa hicieron cuestionamientos y propuestas concretas, dejaron desnuda la alharaca oficialista.

La pelea apenas comienza.

No dudo que existan razones y argumentos para rebatir cualquiera de estas críticas. Y es saludable que existan. Es muy saludable, además, que se expresen, que se discutan. Es una práctica oxigenante.

Nos recuerda que se puede decir públicamente lo que se piensa, sin temer fatales consecuencias. Al contrario que en el ejército, la vida civil entiende que las diferencias nos fortalecen. En todo caso, esta dinámica propone un juego, ante los ojos del país, donde se pueden ponderar dos tipos de experiencias políticas distintas. El debate entre dos sistemas, que tanto invoca el oficialismo, no es una abstracción ideológica. Tiene su expresión en esa forma de actuar y de comportarse que estamos viendo ahora en la Asamblea.

Sí, es cierto. Hay dos modelos de país. El que propone el oficialismo sólo tiene una melodía. Se debe cantar en el mismo tono, con las mismas palabras. Ay de aquel que se salga del pentagrama. No hace falta pensar: sólo hay que saber repetir. Quien ve a Blanca Eekhout, desde lo alto, con el micrófono en la mano, dando gritos, puede creer que el canal de la Asamblea Nacional es, en realidad, el canal de la iglesia del octavo o del noveno cielo, la señal de una secta religiosa que está dispuesta a liberarnos del demonio del capitalismo. Juran hacerlo. Así sea a golpes.

No vivimos una segunda independencia sino una segunda conquista. Nos están imponiendo su evangelio. Repiten en coro un himno desesperado en contra de los vendepatria. Alzan la mano ciegamente. Aprueban lo que sea.

Cualquier crítica les parece un pecado. Andan persiguiendo infieles, impíos. Andan cazando apátridas. No son diputados, son catequistas. Feroces.

Insaciables al momento de conquistar el orden simbólico. Ahora pretenden ser dueños de la nacionalidad. También quieren que el chavismo sea una raza sagrada: o eres como ellos, o eres extranjero.

“Lo único malo de irse al cielo ­escribía Augusto Monterroso­ es que allí el cielo no se ve”. Así les pasa. Lo malo de “vivir en revolución” es que ya no pueden hacer la revolución. Su paraíso es un cuartel. Yo prefiero la tierra imperfecta.

 
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