Orel y la ciudad de sus sueños

Nicomedes Boada

Orel Sambrano

Aquel día lo vi llegar con su guayabera blanca de mangas largas, con su amplia sonrisa, imperceptiblemente acariciando ese bigote bien cuidado que era parte importante de su personalidad. Si, era Orel Sambrano, quien nos venía a anunciar su incorporación al semanario como Director Editorial, y en ese carácter nos acompañó hasta el día que fue asesinado vilmente por dos sicarios, hace ya dos largos años.

Con Orel coincidí muchas veces en ese sinfín de actos que se realizan en la ciudad. La conversa obligatoriamente abarcaba varios espacios, pero con mayor preponderancia era la política regional y nacional lo que en él despertaba mayor interés. Tenía un olfato fino, amigos de todas las tendencias, y exudaba conocimiento y sapiencia como ningún otro comunicador.

Cuando Orel irrumpió en 1989 con La Nota Política en Notitarde, le dio un vuelco al periodismo de opinión por la contundencia de sus comentarios, obligando a Pancho Pérez y su página En Secreto a entrar en una sana competencia. Los más favorecidos fueron los lectores que agotaban Notitarde y El Carabobeño los lunes de cada semana. En esos tiempos, Orel firmaba como Juan Sebastián, personaje que se hizo famoso en el centro del país, pero al tiempo tuvo que asumirla con su propio nombre tras un impasse sin mayores consecuencias con el general (retirado) Humberto Seijas Pittaluga, que en ese entonces ejercía responsabilidades en el Ejecutivo de Carabobo.

¿Abogado o periodista?

Aunque como abogado ejerció con éxito notable y como catedrático de la UC, con los años descubrió una segunda vocación, a la que se dedicó con pasión hasta el día mismo del alevoso crimen que le segó la vida.

En una ocasión me confió que ese ardor que sentía por el periodismo comenzó en el periódico HOY, medio escrito que produjo todo un impacto por la nitidez de sus fotografías y su contenido. Puedo asegurar que fue el primer diario venezolano que adaptó el novedoso sistema offset, que permitía reproducir una imagen casi con la nitidez de una fotografía. También permitía la limpieza de los textos.

Allí, siendo estudiante de Derecho, Orel Sambrano entró de la mano de su cuñado, el “catire” Carvallo Georg, como corrector de pruebas. “Desde ese día sentí atracción por el periodismo, por esa dinámica que se imprime en las redacciones y en los talleres para sacar a la calle el periódico. Muchos años después, con la llegada de Laurentzi Odriozola a Notitarde – “mi compinche”, lo llamaba Orel-, se concretó La Nota Política”.

Si tuviésemos que escoger entre el Orel abogado y el Orel periodista tendríamos que inclinarnos por lo segundo. Allí interactuamos con mayor intensidad y disfrutamos un buen tiempo de su compañía. Orel sentía verdadera pasión por el periodismo. Y en la última parte de su vida estaba dedicado casi exclusivamente a la dirección de Radio América y a ABC de la Semana, aunque, al momento de su muerte, estaba planteado su retorno a Notitarde. Tenía muchísimos proyectos para el año 2009 y así me lo comunicó en diciembre, antes de viajar a Margarita para pasar allí unos días con la familia.

Un crimen abominable

Poco después de regresar, el 16 de enero de ese año, luego de participar en el Desayuno en la Redacción en Notitarde y entrevistar a Teodoro Pettkof en Radio América, dos asesinos a sueldo, lo siguieron a bordo de una moto y le dieron muerte cuando entraba a un local de alquiler de películas. Fue un hecho abominable y de trascendencia por tratarse en Carabobo del primer crimen de un periodista a manos del sicariato.

Orel tenía información delicada en su poder, información de primera línea como el caso de un avión con siglas mexicanas que aterrizó en plena madrugada en el Aeropuerto Arturo Michelena, utilizando como luces de balizaje, vehículos de la GN con los faros encendidos y lámparas eléctricas. Se atribuye este hecho a una incursión del narcotráfico de la región actuando al alimón con mafias mexicanas.

Orel Sambrano

El Terrícola

En ese entonces, el semanario salía los días miércoles y todos los martes Orel religiosamente me hacía llegar la columna El Terrrícola con el agregado de que la leyera y le hiciera los comentarios de rigor. No sé si por experiencia o por temor – todavía no lo he logrado definir-, me inclino por lo segundo, le hice ver que algunos de sus comentarios podrían causarle problemas. Recuerdo  como si fuera hoy, su tajante respuesta:

–       Mira, buen Nico – así me llamaba-, yo no puedo permitir que Valencia caiga en manos de esa gente. Tú te imaginas lo que sucedería a la ciudad.

Valencia fue para él la ciudad la ciudad de sus amores, de sus sueños, de su eterna bohemia, de sus chistes, de sus risas, la de terminar sus reuniones con amigos en una arepera en la madrugada con aquello de que “hay que meterle algo al estómago antes de irse a la cama”. La ciudad donde lo saludaba con igual afecto un rico y el más humilde trabajador.

La ciudad que, en su imaginación, el nunca vio esfumarse y que seguía identificando con negocios o sitios ya desaparecidos por haber sido derrumbados por la piqueta del progreso o de la inopia de algunos políticos, esos que no reconocen los sitios históricos ni los íconos de la ciudad, como ocurrió con el antiguo edificio del Concejo Municipal frente a la Plaza Bolívar y, recientemente, con el restaurante Perecito.

Ese día de la entrevista, Orel me invitó a comer en el  restaurante Doña Bárbara. En ese ínterin alguien lo llamó a su teléfono móvil y le preguntó por el lugar donde se encontraba. Esta fue su respuesta, una respuesta apegada a una Valencia que ya se había ido

–       Estoy en Doña Bárbara, vente por la Avenida Bolívar y cruza en Sears…

Para ese momento Sears tenía más de 20 años de haber abandonado ese local dando paso a Maxys y luego a Grafitti. Pero para Orel las direcciones no tenían caducidad, seguían siendo la brújula para orientar a sus amigos. Valencia lo vio morir en uno de sus callejones más conocidos.

–       Aquí cerca de la Cruz Roja…

De haber podido, de seguro hubiese dado esa dirección en su corta agonía. Descansa en paz Orel. Aquí te seguimos recordando…

 
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2 Comentarios

  1. Iván López Caudeiron said:

    Extraordinario artículo Nicomedes, de colección. un abrazo en la distancia.

  2. Antonio Durán Ruiz said:

    Es Asi Nicomedes, una Valencia que la destrozaron sus iconos, sin sopesar en el tiempo .Como le plasme en un escrito a Orel, al buen Orel, entregado personalemente a su Hija Alba, todos nos tenemos que ir, pero que forma de irte, no porque tu lo querias,sino alguien con mano, tal poderosa asi lo decidió. Su amplia sonrisa ronda la Valencia bucolica, la Valencia bulliciosa, la Valencia en donde todos nos conociamos, en la arepera sencilla como en el restaurant de mas alta categoría, porque asi éramos, asi somos, Juan Sebastian. nos reclama.

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