Orel

Carlos Lozano

Carlos Lozano

Caminando con Carlos

Carlos Lozano
caminandoconcarloslozano@gmail.com

Han pasado ya dos años desde que el humor, el tacto político y la singular personalidad de nuestro amigo Orel Sambrano, un auténtico valenciano generoso y siempre preocupado por ayudar a los demás -y defender la verdad y los derechos humanos- quedaron como registro espantoso de la tragedia criminal que sigue desatando nuestro
constante asombro.
El desastroso estado de inseguridad en que vivimos los venezolanos y que nos mantiene en un feroz estado de guerra de ocupación y sin la menor defensa que no salga de nuestra propia prevención, en la cual las víctimas somos los hombres y mujeres de bien, no sólo asesina a mansalva a los más jóvenes con especial saña, sino que asesina, en este caso por encargo, a hombres que nos defienden, que luchan por nosotros y cuyas vidas, como en el caso de Orel, son respaldos sólidos de la fe en la posibilidad de un mejor vivir, más digno, democrático y productivo.
La presunta aprehensión de quien fuera el autor material del crimen que terminó con la vida de Orel es importante pero no arregla las cosas. Sigue la pregunta de quién pagó y ordenó y por qué; y sigue la pregunta, día y noche, de quién será el próximo, si será usted o seré yo.
Las cosas van de mal en peor como se ve en las calles de Valencia, cuyo centro en remotos tiempos dinámico, hoy después de las 6 de la tarde queda solitario, abandonado a su suerte, con su plaza Bolívar en ya larga restauración y casi olvidada fecha de entrega tras una inauguración de fantasía.
Esa es la Valencia que tenemos, pero no la que heredamos de nuestros ancestros. Ésta es otra Valencia, como es otro Carabobo y otra Venezuela. Es la patria avasallada en la cual asesinan a los buenos, no la que abanderó Orel a su estilo, manera y forma y que defendió hasta que tuvo que entregar su propia vida.
Orel fue un hombre de originalidades propias de un maestro que no ocultaba nada; el tratamiento que le daba a cada político que se acercaba a sus entrevistas en Radio América fueron para mí momentos inolvidables de aprendizaje. “No se tomen la vida tan en serio porque de ésta no saldremos vivos” solía decir con humor realista hasta que efectivamente entregó su vida.
No era fácil abarcar toda la dimensión humana que ejercía generoso a la vez que cauteloso y con un gran corazón que le hacían merecedor del cariño de quienes lo conocían. En cambio era fácil e inmediato comprender que estábamos viendo y escuchando a un gran hombre.
Hoy nos queda su recuerdo espléndido, su memoria imborrable, su ejemplo, que debemos honrar en la forma de hacer política comunicacional, donde debe siempre haber espacio para compartir con todos.

A Orel lo recordamos como si una placa de bronce acompañara los espacios que compartimos.

Dios le tenga en su Gloria.

 
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