SANTOS Y DEMONIOS

Carlos Blanco

Tiempo de palabra

Carlos Blanco

“Hay indignación entre mayores y capitanes que no aceptan la carencia de liderazgo”

Santos y demonios

Juan Manuel Santos hace con Chávez lo que tiene que hacer y lo hace con talento de estadista. El cuento ese de “mi nuevo mejor amigo” es una muestra de cómo aplica el ingenio para manejar las relaciones con el tarambana del barrio.

En sectores democráticos de Venezuela y Colombia se vio con suspicacia la nueva era de relaciones inaugurada por Santos y se le apreció como una especie de retroceso en relación con los principios sostenidos por su predecesor y de los cuales el nuevo Presidente fue solidario. Pues no hay retroceso. Recuérdese que Álvaro Uribe durante su gobierno intentó -y logró parcialmente- un trato sereno con Chávez como una vía para impedir el deterioro de las relaciones comerciales y, sobre todo, para evitar que el venezolano siguiera involucrado en la alianza diabólica. Lo hizo mientras pudo. No hay que olvidar que la postura inicial de Chávez fue sostener que Colombia estaba gobernada por la oligarquía heredera de Santander que además había matado a Bolívar, por lo tanto los guerrilleros bolivarianos colombianos representaban la venganza histórica de la cual el presidente venezolano no podía sino ser copartícipe. Necedades para rellenar de espuma un discurso con imposibles pretensiones históricas.

El caso es que por los caminos verdes y rojos aparecieron testimonios de las colaboraciones prestadas a la narcoguerrilla colombiana, hasta que estallaron los chips de las computadoras de Raúl Reyes y recientemente del Mono Jojoy, en las cuales aparecían huellas del comandante.

Chávez armó la pataleta conocida cuando el gobierno de Uribe denunció en la OEA dónde, cuándo y cómo, los guerrilleros colombianos, necesitados de descanso después de cometer incontables asesinatos, festejaban su recreo en territorio venezolano. La ruptura de relaciones fue la cobertura escandalosa para disimular los aquelarres de los narcofestejantes. El gobierno de Venezuela quedó en seria evidencia y hasta sus socios voltearon al otro lado cuando les fue exigido apoyo. Y en eso llegó Santos.

El nuevo Presidente colombiano dijo lo que habría dicho cualquier nuevo mandatario: vamos a recomenzar las relaciones. Después de varios pases de magia, con un Chávez muy deteriorado internacionalmente por los certeros disparos de Uribe, lo recibe y logra compromisos cumplidos a medias: cero apoyo a la guerrilla, pago de la deuda a los acreedores colombianos y restablecimiento de las relaciones comerciales plenas, además de la obligación de no mencionar más al ex presidente Uribe. ¿A cambio de qué? Simplemente de respirar; de no volver a denunciar a Chávez como cómplice de la narcoguerrilla, de silenciar -¿temporalmente?- a las computadoras; de servir de intérprete para que pudiera atravesársele a Hillary Clinton y abrirle un pequeño espacio que vaya más allá del “Quinteto de Zimbawe” latinoamericano al que aludió hace poco Ricardo Hausmann.

Las consecuencias son claras para Chávez. Ahora es “el mejor amigo” de los que según su liliputiense visión histórica mataron a Bolívar; se ve obligado a apresar y devolver a Colombia a los bolivarianos asaltantes miembros de las FARC o el ELN que sean detectados por la inteligencia binacional dentro de Venezuela; ha comenzado a pagar las deudas a las empresas colombianas y ha tenido que aflojar su arma sólo-mata-gente de restringir el comercio.

Santos, con su sonrisita y los ojos medio cerrados de gato satisfecho, se relame después de almorzarse deliciosos ratoncitos rojos, aderezados con socialismo del siglo XXI. Por cierto, también parece preparado por si acaso el guapo del barrio se vuelve a poner cómico.

¡Ah, Juan Manuel!

El Fracaso de los Generales

Hasta hace unos años la división dentro de los militares parecía ser entre chavistas e institucionalistas. Siendo éstos la mayoría, la voracidad de aquéllos los fue apartando, muchos se retiraron, otros fueron enviados a sus casas, unos cuantos más les fueron asignadas funciones administrativas, y los mandos quedaron en manos de chavistas enceguecidos.

La corrupción hizo de la suyas. Buena parte de la oficialidad fue tocada directa o indirectamente por el morbo. Unos como agentes activos, otros como beneficiarios pasivos; los de más allá con la idea de que “yo no soy corrupto pero tampoco tonto” y así, poco a poco, la ideologización y la corrupción acabaron con la institución. La FAN perdió el sentido de su misión, la defensa nacional se fue a la basura, y se aceptó plácidamente la invasión cubana que hace décadas fue repelida a tiros en Machurucuto. Hay una compra desaforada de armas para una invasión de EEUU que no existe, para una guerra con Colombia que es socialmente imposible, políticamente improbable y militarmente extraviada, cuyo único sentido es darles juguetes a un grupo reducido de generales después que la institución como tal ha sido destruida. Al final las únicas unidades realmente entrenadas son las que atacan a los que protestan en las calles.

Ahora hay una nueva alineación: un grupo de generales incompetentes al mando y una vasta oficialidad cansada de la politiquería, exhausta por el uso innoble de la FAN, hastiada de la pérdida de calidad profesional de su carrera, harta de la presencia vomitiva de los cubanos, atónita por la canibalización de los buenos equipos y hasta los hígados con equipos obsoletos, mal diseñados o incompletos como los rusos. Por si fuera poco, esos generales no han sabido manejar el problema de los damnificados que Chávez tiró a los militares para ocuparlos, para desprenderse del problema y para entremezclar la población civil y militar en los cuarteles con propósitos insondables.

El grupo de generales acepta esta situación aunque a regañadientes. Cuando hace poco Chávez los reunió les dijo que la continuidad de él en el gobierno era indispensable más allá de 2012 y a lo macho porque si salía del gobierno la oposición vendría después por los generales. Trampita elemental que, de todos modos, hizo su efecto en los congregados.

Hay indignación entre mayores y capitanes que no aceptan la carencia de liderazgo. Les sobra razón y razones. Sin embargo, lo que al país democrático del futuro conviene es que estos oficiales jóvenes actúen con el aplomo, la seriedad, el sentido de la planificación estratégica y táctica, el compromiso profesional, que les ha faltado a sus superiores o que estos echaron por la borda para complacer a un demagogo autócrata.

Con los militares hasta en la sopa desde el golpe del 4 de febrero de 1992 hasta el sol de hoy es impensable que la crisis de Venezuela se vaya a resolver sin que una conjunción civil y militar diga su palabra. Sin embargo, la serenidad en la apreciación de los momentos y la firmeza en defender los principios democráticos e institucionales son las claves.

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