CUANDO EL PRESIDENTE SONRÍE…

SIMÓN ALBERTO CONSALVI

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi@el-nacional.com

Cuando el Presidente de la República sonríe, se desconciertan sus adversarios, pero más se intranquilizan sus camaradas del PSUV.

La presentación del mensajedisertación-arenga-discursoalocución del 15 de enero ante la Asamblea Nacional, fue un momento crítico para el jefe del Estado. El Presidente podía optar por el estilo que lo ha consagrado como el más inflexible y el más agresivo de todos los que han ejercido el poder en Venezuela.

Esto lo habría desacreditado en el ámbito internacional y, sobre todo, en América Latina, donde el pluralismo político y las coaliciones partidistas se consolidan como fórmulas de estabilidad y tolerancia. Paralelamente, habría condenado su relación con la nueva Asamblea Nacional a una confrontación sin destino y, por tanto, tan inmanejable como impredecible. O sea, el Poder Legislativo convertido en dos facciones incapaces de lograr los acuerdos más elementales.

Un poder del Estado inmovilizado por los antagonismos. Inexistente, en otras palabras. Algo que habría dañado fatalmente a todos.

El Presidente optó por el riesgo que para él y sus alfiles más belicosos representaba el estilo civilizado, la postulación reiterada una y otra vez de no perder la oportunidad de iniciar una etapa de diálogo y ponerle fin a la táctica perversa de la ruptura sistemática. “No somos enemigos, somos adversarios”, insistió. Me atrevo a pensar que esto debe ser tomado en serio. No importa que el Presidente haya tenido destellos de civilidad en ocasiones y los haya olvidado antes de tiempo.

Nada se da en política si no se arriesga y, sobre todo, si se actúa según los mandamientos convencionales. Conviene tener la confianza y el valor cívico necesarios a la hora de interpretar o de representar los intereses de la nación.

Han transcurrido doce años bajo el signo ominoso de la relación enemigos y no adversarios. Más de 50% de los venezolanos han soportado el estigma de “agentes del imperialismo”, cuando las cosas son suaves, y de “apátridas” cuando el fuego lo requiere.
Que tantos venezolanos estén al servicio de una potencia extranjera y obedezcan sus dictados contra los intereses nacionales no tiene ni pies ni cabeza. Esto ha envenenado el clima político, degradado el lenguaje y presentado en el exterior una imagen del país que no se conjuga con la realidad.

Aceptemos, por consiguiente, que no somos enemigos sino adversarios. Tengamos fe en la gramática y en la lengua de Cervantes, que nos ofrece un amplio espectro para el debate, incluida la agresividad cuando fuere inevitable. Ya es hora de privilegiar las ideas sobre las palabras, y de pensar sin miedo en el país. No hay reforma social, por profunda que se presente, que no pueda acometerse en democracia, a través del diálogo y la negociación, de la transparencia y de las cuentas claras. Y, algo esencialmente importante, la verificación de resultados. No basta repartir miles de hectáreas si la maleza, por más revolucionaria que sea, sustituye los cultivos.

No se puede expropiar o confiscar por obediencia a una consigna política anacrónica. No es cierto que los productores agrícolas del Sur del Lago sean criminales esclavistas.

Convirtieron la selva en centros de producción, durante más de siete décadas. Si algunos no tienen en orden los papeles de propiedad de la tierra, cúlpese al Estado que nunca fue competente para hacer el catastro que regule la propiedad. Nadie con buen juicio defiende el latifundio. Tampoco nadie con buen juicio defiende los conucos. La modernización del campo tiene precedentes mundiales que se basan en la productividad destinada a la satisfacción de las necesidades de toda la sociedad.

En no pocas ocasiones la construcción de viviendas terminó en fiasco. Vale la pena tomar el riesgo de pensar, en lugar de emular los fracasos. Está comprobado que el Estado solo no tiene capacidad para cubrir el déficit creciente, ni con el auxilio de Rusia y aún menos de Irán. Una pregunta es prioritaria, si se quiere debatir el destino de Venezuela y el lugar que debe ocupar en el mundo.

Los grandes países emergentes, Brasil, Rusia, India, China, son puntos de referencia para el desarrollo. El siglo XXI será el siglo amarillo. Los países de América Latina se esmeran en la productividad y en la integración contra la dependencia. Ninguno se ha dedicado a exterminar la propiedad privada.

¿Y nosotros? “No somos enemigos, somos adversarios”, ciertamente. Con audacia, el Presidente echó las bases del diálogo. Dialogar sobre los asuntos nacionales que nos competen a todos es la piedra de toque de la nueva situación. Dialogar comporta rectificar. La destrucción de la cultura como signo de intolerancia y discriminación atenta contra los valores de los venezolanos y de su modernidad. Cuando el Presidente sonríe, unos se desconciertan, otros desconfían, él mismo puede dudar, pero doce años de confrontación estéril no deben prorrogarse. Ser enemigo es cerrar todas las puertas. Ser adversario es correr innumerables riesgos, pero son los riesgos de la política y de la vida. En otras palabras, la paz y no la guerra.

 
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