DE LAS FLORES A LOS LIBROS

Sergio Dahbar

Sergio Dahbar
sdahbar@hotmail.com

Como nunca antes, venezolanos y colombianos viajan de ida y vuelta entre dos países que tienen demasiadas cosas buenas en común.

La oportunidad ha permitido, por ejemplo, que las excelentes librerías que existen en ambas capitales (Caracas y Bogotá) sean visitadas por turistas que van y vienen. No es un secreto que el ex presidente Belisario Betancourt es un asiduo cliente de La Gran Pulpería del Libro Venezolano, en la vecindad de Chacaíto.

Y hoy me quiero referir a una bella librería, Prólogo, que está ubicada en la calle 96, número 11A-46, en el norte de Bogotá, espacio cultural privilegiado en la planta baja de una casa, con café y una terraza ideal para el diálogo y el descubrimiento de libros asombrosos.

Tres años y medio han pasado desde el día en que Mauricio Lleras, en compañía de su socio, Rodrigo Matamoros, lanzaron los dados alrededor de la idea remota de fundar una librería y repitieron al unísono: “Quebrémonos”. Hasta la fecha ese pronóstico no se ha cumplido.

A librero se llega por diferentes caminos. La ruta escogida por Lleras es por demás curiosa. Estudió agronomía en Santiago, entre 1971 y 1975. Respiró de cerca el golpe de Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende. Fueron terribles para este bogotano los bombardeos sobre el Palacio de la Moneda y lo que esa ruptura democrática significó para Chile.

Al regresar a Colombia comenzó a estudiar filosofía en la Universidad de los Andes, otro de los placeres que apuntalaron su formación. En esa casa de estudios permaneció tres años. Pero mientras el espíritu se enriquecía, Lleras debía alimentar a su familia. Y las flores se convirtieron en una fuerza arrolladora para su perfil profesional.

Incómodo con la dependencia que mostraba Colombia hacia los vegetales importados, por los problemas fitosanitarios que presentaban esas importaciones, comenzó a trabajar en biotecnología. Estudió en California con un japonés que sabía todo y más.

Aunque intentó difundir su conocimiento entre empresarios, la clonación de claveles, la homogenización de las frutas y el conjunto de células indiferenciadas donde se encuentra la memoria genética de las plantas significaban chino básico para quien deseaba hacer negocios sin preocuparse demasiado en detalles científicos excesivamente elaborados.

Un día Jorge Carulla, propietario de uno de los automercados líderes de Colombia, llamó a Lleras para que ayudara a su empresa a buscar la papaya perfecta. En esa cadena de alimentos habían detectado que la fruta más buscada por las mujeres era la papaya.

Y les interesaba reproducir esa fruta de manera homogénea, con una temperatura, un tamaño y un sabor que convenciera de manera definitiva al consumidor.

Lleras comenzó a buscar una producción tipo de 180 toneladas por hectárea. Estudió el cruce de semillas y descubrió que en las montañas del Valle del Cauca había tierras resistentes a los virus que dañaban las frutas.

Creó un banco germoplasma (aséptico, controlado, en tubos de ensayo), con clones en vitro.

Y comenzaron a sembrarse las papayas que crecieron inmediatamente. Pero, como diría Borges, a veces el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Cuando Lleras regresó con su magnífico proyecto de la papaya ideal, ya la cadena Carulla pertenecía a otros dueños.

Cierto día Lleras decidió que su amor por las flores se mantendría intacto hasta el fin de sus días, pero que abandonaba la investigación. Y regresó a Bogotá, con la idea de fundar un negocio del que pudiera vivir. Y se encontró con Matamoros. Y así nació Prólogo, una librería en la que coinciden escritores y lectores anónimos que buscan buena lectura.

El día que me acerqué a su librería a tomar un café, Lleras leía un libro único en las manos, tan particular, que podría decirse que era una novela para libreros: La mano de la buena fortuna de Goran Petrovic.

Como ha escrito Tryno Maldonado en Letras Libres, este autor servio “sabe que en este mundo hay básicamente tres tipos de personas: las que saben leer, las que no saben leer y las que dicen no tener tiempo para leer. De estas categorías, es la tercera por la que Petrovic (y nosotros con él) siente, desde luego, más recelo”. Lleras, sin duda, pertenece a la primera estirpe. Si no, que le pregunten a las flores.

 
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