LA REALIDAD DE LOS NÚMEROS

Víctor Maldonado C.

Esa revolución no ha sido capaz de ser compatible con la felicidad ni ha hallado aún al hombre nuevo.

El 18 de diciembre de 2010 el presidente de Cuba, Raúl Castro Ruz, pronunció el que tal vez es el discurso más importante de su mandato. Allí, quiéralo o no, comienza el desmontaje del socialismo a la cubana, luego de cincuenta años de errores, excesos y de la crueldad que resulta el intentar imponer por las malas lo que el más elemental sentido común contraviene. Al parecer, va a terminar imponiéndose la recalcitrante insistencia randiana* en que la lógica de la realidad es imbatible en su objetividad. El dictador antillano descubrió, medio siglo después, que no hay proceso político que pueda mantenerse indefinidamente desde la trova y la poesía, los discursos altisonantes y las arengas, sobre todo si tanta parafernalia no viene bien acompañada de resultados económicos que el pueblo pueda traducir en bienestar, libertad y desarrollo.

El discurso, aunque no deja de guiñarle el ojo a la demencia senil que organizó y dispuso toda esa farsa, comienza a “vaciar” el concepto oficial de socialismo para incorporarle nuevos contenidos. El reconocimiento de los errores propios y el compromiso de una contrición obligada por la fuerza de las circunstancias, obliga a enunciados como productividad, disciplina fiscal, control presupuestario y cambios estructurales para mejorar el desempeño que tienen mucha más identidad con un plan de reformas y de reconversión que el atajo tradicional de retórica y sacrificios que marcaban las sesiones de la Asamblea Nacional Cubana. Ya no es el bloqueo la gran excusa, sino una acumulación cincuentenaria de malos diseños y peores implementaciones que han dado al traste con todos los argumentos propagandísticos. Esa revolución no ha sido capaz de ser compatible con la felicidad ni ha hallado aún al hombre nuevo, deslastrado de todos los vicios y taras de las sociedades corruptas. El tránsito al comunismo se ha caracterizado por la mentira, el secreto, la supresión del debate pluralista, la tiranía de la unanimidad forzada y la preeminencia totalitaria de una fusión monolítica entre los organismos del Estado y el partido de gobierno. Todos ellos han traído como consecuencia la debacle del Estado y la agonía del pueblo que, cosa muy extraña, quiere esperar la muerte de Fidel, para reaccionar y exigir un cambio rotundo y definitivo.

No hace falta ser profeta

Es sorprendente oír una crítica oficial tan concluyente sobre las entrañas perversas del socialismo. Paternalismo, idealismo e igualitarismo, cuya expresión económica fueron los subsidios universales y la libreta de racionamiento: un error por exceso. No hay Estado que pueda cargar encima de los hombros las expectativas de una nación sin que ese esfuerzo se cobre en forma de represión y despotismo totalitario. Un error que el viejo dictador anticipa como un peligro prominente.

Eliminar la pesada carga exige que un partido corrompido haga de sí mismo un proyecto viable de transformación organizacional para que, a partir de ahora, no sea la excusa armada sino el promotor de la iniciativa privada, de los trabajadores por cuenta propia, los garantes de la propiedad privada y los celosos vigilantes de la acción del Gobierno. Pero ello requiere desmontar un inmenso aparato de propaganda, especializado en atacar la disidencia y violentar cualquier asomo de libertad.

Tal vez sea demasiado tarde para reivindicar una organización que ha sido el verdugo del pueblo cubano, la causa del miedo de sus intelectuales y un motivo más que suficiente para que muchos hayan preferido arriesgarse a ser la carnada de los tiburones que seguir aguantando un día más tanta opresión y miseria.

Ojalá que el remedo totalitario que sufrimos en nuestro país encuentre tiempo para leer y razonar el largo discurso que hoy estamos refiriendo. No son las ideas, por muy buenas que parezcan, las que provocan la felicidad del pueblo. Son los resultados respecto de los cuales las ideologías son sólo medios que siempre pueden rectificarse. Cincuenta años después resulta más que lamentable el reconocimiento de una dictadura tan cruel que “el más importante error era creer que alguien sabía de socialismo, o que alguien sabía cómo se construye el socialismo”.

Tal vez eso sucede porque de lo que no puede existir, ni puede hablarse ni hacerse nada. Ojalá tanto afán destructivo se detenga ante la evidencia tan contundente de que con toda seguridad va a concluir en un gran fracaso. No hace falta ser profeta del desastre. Basta con leer el mea culpa de Raúl Castro ante la Asamblea Nacional.

@eluniversal


* Seguidores del pensamiento de Ayn Rand

 
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