“LA PERSONA NO PUEDE SER UN INSTRUMENTO DEL ESTADO”

“Hay situaciones ante las cuales no podemos permanecer callados”.

Los derechos humanos no son una cuestión solamente política; con la falta de diálogo se perjudica a la población; hay violaciones flagrantes a la Constitución; El Vaticano está claro sobre lo que ocurre en Venezuela, señala el antiguo Arzobispo de Maracaibo y Los Teques, hoy vocero de la Conferencia Episcopal Venezolana.

Macky Arenas

La exhortación pastoral más reciente de La Conferencia Episcopal Venezolana retrata el campo minado sobre el cual caminamos los venezolanos bajo el gobierno de Hugo Chávez. Señala rutas de escape. Llama a todos, particularmente a los católicos, para activarse en la defensa de la Constitución y el rescate de la convivencia fraterna, recordando que la imposición de un régimen socialista-marxista es “moralmente inaceptable”. La memoria política del país se remontó de inmediato a los tiempos en que la legendaria homilía de Monseñor Rafael Arias Blanco, una valiente denuncia de la dictadura, activó el cronograma insurreccional que conduciría a la democracia. Monseñor Ovidio Pérez Morales, una de las mentes más lúcidas del Episcopado venezolano, vivió aquellos momentos que hoy parecen revivir, no sólo en toda su carga de incertidumbre, sino también en el áspero desafío a la perseverancia y a la nunca perdida esperanza.

¿Monseñor, esta Exhortación Pastoral tan severa parece resultar del agotamiento de un escenario, el del entendimiento y el intercambio sereno donde la Iglesia siempre ha preferido moverse…?

No se trata de que no se quiera dialogar, sino que estamos en un punto en que se justifica la ausencia de diálogo. Eso es gravísimo. Se parte el mundo en dos pedazos: quienes tienen la verdad y quienes no tienen la verdad. Yo no tengo nada que aprender y los demás están en una especie de esfera de condenados. Es la típica posición maniquea. Se estima que aquellos que no se alinean en el proyecto oficial no tienen nada de razón, son antipatriotas y se les niega la posibilidad del diálogo. El razonamiento que subyace es: si no tengo nada que aprender… ¿para qué voy a dialogar? Y menos aún hace falta el intercambio si se establece el otro está en el error y tiene una  implícita mala voluntad

¿Quiere decir que la Iglesia asume que el gobierno ha descartado el diálogo?

Sí, exactamente. A pesar de todo se esperaba que alguna  manifestación del Presidente abriera un boquete, pero inmediatamente él mismo lo cerró. Ha sido su opción. De ello se deriva que las perspectivas no sean nada positivas y el que sufre es el país, la gente es la perjudicada, especialmente los sectores más necesitados.

DESPEJAR LOS CAMINOS

¿Qué querría la Iglesia?

Que se establezcan puentes, se despejen caminos para el entendimiento, lo cual no significa aceptar todo del contrario, pero sí ser receptivos a los distintos puntos de vista, aceptar que del otro siempre hay algo que aprender y, en todo caso, mucho en qué colaborar.

Colaborar ¿En qué?

Pensemos, por ejemplo, en la cuestión habitacional. ¿Cómo se puede buscar una solución si se obstruye el aporte de los particulares y el gobierno monopoliza la tarea? Sencillamente no la puede llevar adelante. Esto está conduciendo a un mayor empobrecimiento, a un distanciamiento entre los venezolanos. Además, está pasando algo muy grave y que está dentro de la lógica de un gobierno que se define como socialismo del siglo XXI, que es producir el enfrentamiento entre la población. Se trata de poner a unos contra otros, en lugar de asumir el Estado una posición que integre, que abra campo a la expresión de diversas opiniones, que promueva el encuentro entre los diversos sectores para el bien del país. Pero no, en lugar de eso vemos el doloroso espectáculo del enfrentamiento y no sólo de “ricos contra pobres” como suelen decir, sino que siembran la discordia entre los distintos sectores de la vida nacional. Da dolor lo que ocurre, provoca ansiedad, angustia, malestar y retraso en el país.

Juan Pablo II decía que cuando está en riesgo la dignidad de la persona humana, la política es un asunto de la Iglesia. ¿Están tomando una vocería política?

Es que la cuestión de la promoción y defensa los derechos humanos no es una cuestión de tipo político partidista, es una cuestión de tipo humano. Y cuando la jerarquía y la comunidad de fe en cuanto tal, se meten en este camino no están haciendo política desde un partido, sino procediendo en un sentido humanista y cumpliendo un deber cristiano fundamental.

Es ese, entonces, el fundamento de la última Exhortación Pastoral?

Claro. Se trata de defender la dignidad de la persona humana. La persona no está hecha para ser un instrumento del Estado. El Estado es posterior a las personas. Hay un principio fundamental en la enseñanza social de la Iglesia que es la centralidad de la persona humana en el proceso social en general y con respecto a todas las instituciones sociales. La persona tiene que ser el centro, el punto de referencia fundamental de la acción social. Esto significa que no puede ser utilizada como una herramienta, ni por el Estado, ni por un partido, ni por un gobierno. ¿Qué es lo que persigue un proyecto como el que está en marcha en Venezuela hoy? Un estatismo feroz, una estatolatría – idolatría hacia el Estado-

¿Buscan dependencia?

Buscan que el Estado, que está llamado a ejercer una función importante, pero en una línea de subsidiaridad, asuma para él la dirección de todas las actividades en la sociedad, se convierta en el gran patrono, el único empleador, en el único distribuidor de comida, es decir, todo lo que tendría que ser repartido para integrar al conjunto social, se lo reserva el Estado. Lo que agrava las cosas en este caso, es que el Estado se identifica con el gobierno, con el partido y con un hiperlíder. El Estado se ha reducido al gobierno. Por ejemplo, el llamado canal del Estado es en realidad el canal del hiperlíder.

“UN ALTAVOZ  PARA LA CALUMNIA”

¿Cómo es eso?

Si fuera canal del Estado tendrían que participar allí las distintas instituciones nacionales, las universidades, las academias, las confesiones religiosas, los sectores sindicales y las opiniones tendrían que ser difundidas con respeto. Tal vez por ello es tan malo, un canal que se termina siendo un altavoz para la calumnia, el insulto, la descalificación, y la grosería. Esas transmisiones debían ser sólo para aquellos dispuestos a soportar la patanería que los caracteriza.

¿Cuándo un tema de política pública puede calificarse de “moralmente inaceptable”?

Cuando va contra principios fundamentales de la dignidad del ser humano.  Un proyecto político que someta a la persona al dictamen del Estado y aspire a manipularla  como una especie de ladrillo para construcción, sin tener en cuenta su condición ni sus derechos, su individualidad ni su subjetividad, eso es inaceptable. El Estado es para la persona y no la persona para el Estado. Es inaceptable un proyecto que pretenda convertirnos en  muñecos a los cuales inocular una determinada ideología para someternos a los caprichos de un partido. Contra eso hay la obligación de oponerse y denunciarlo. Tratar de que eso cambie no es una tarea político-partidista, es una tarea humana, que atañe y compromete a todos.

Eso se parece al articulado de la Constitución que conmina a colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia en el caso de su desconocimiento…

La Constitución es muy clara en este sentido. No se la puede aplastar o violar paladinamente sin que exista la protesta ciudadana, sin que se manifieste la clara voluntad ciudadana de impedir que eso suceda. Hay violaciones flagrantes a la Constitución. Ella ha pasado a ser como un trapo de cocina. Aquí se produjo un referendo en el año 2007. Esos resultados no han significado nada para la dirigencia oficial. Se pasa tranquilamente por encima de ellos poniendo en práctica lo que la población rechazó. Lo que el soberano negó, eso es lo que vale para ellos. Se colocan de espaldas a principios fundamentales de la convivencia humana cuando se desconocen de esa manera las reglas de juego. Y, de paso, de nuevo, también desconocen la Constitución vigente.

¿Es inevitable, entonces, que topen con la Iglesia, como aquél manchego?

Ah, claro! No es lo que desearíamos, por supuesto, nosotros no queremos esta pelea. Es el Presidente y ciertos dirigentes de su partido los que cazan pelea. Y no sólo con la Iglesia y la comunidad de creyentes, sino con la ciudadanía en general. Todo venezolano de buena voluntad se siente agredido y estas políticas van contra el ser humano y su libertad. Cuando la Iglesia plantea estas cosas no lo hace en términos belicosos o confesionales, sino con ánimo de servicio humano y humanizante, a lo cual la impele el Evangelio.

¿Qué dice el Vaticano?

Nosotros estamos en comunión con la Santa Sede, en continua comunicación. Allá confían en la actitud y posturas que está tomando la Conferencia Episcopal Venezolana y avalan las orientaciones que damos. Con cierta regularidad los obispos viajamos al Vaticano, de manera que no solamente saben lo que se está haciendo aquí, sino que respaldan lo que hacemos. Los episcopados en los distintos países cuentan con la confianza y el apoyo de la Santa Sede, de eso se trata. Roma está clara acerca de lo que ocurre en Venezuela.

¿Qué implica la misión pastoral de los obispos?

Al asumir estas posiciones en defensa de los derechos humanos, se procede en base a lo que el deber pastoral exige. Es la misión que todo obispo recibe, la misma misión evangelizadora que tiene toda la Iglesia. Uno sabe que va al encuentro de dificultades, pero no queda más remedio. Hay situaciones ante las cuales no podemos permanecer callados. ¿No fue a la Cruz el Señor por su mensaje? ¿No dio El testimonio con su vida?

¿El verbo puede volver al principio?

En lo que toca al Episcopado como cuerpo-guía de la Iglesia en Venezuela, querríamos oportunidades para la paz, el entendimiento y la concordia en nuestro país. Obviamente el diálogo es necesario, pero un diálogo constructivo, que se nos permita contribuir cada vez más al bien del país y a la paz entre los venezolanos. Que podamos participar en un proceso edificante, de sana colaboración, con el gobierno y con el Estado en general, en medio del respeto por las propias autonomías, a fin de aliviar las necesidades y cumplir los anhelos del país. Por eso a veces tenemos que asumir ciertas posiciones, no porque nos guste, sino por deber. Quisiéramos no tener que hacerlo, pero  en este momento, tal y como están las cosas, no hay otro camino.

 
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