El secreto de una juventud

Dr. Enrique Tejera

Rodolfo Izaguirre

izaguirreblanco@gmail.com

Somos víctimas del deseo más inalcanzable que se conozca; el más persistente, peligroso y aniquilador. También, el más costoso y, desde luego, el que más insatisfacciones y frustraciones provoca. Me refiero al desesperado anhelo de mantener a toda costa la edad física que tuvimos en la lejana juventud. Atrapar y detener el tiempo, sosegar su paso, impedir que nos alcance. En cierto modo, tratar de hacerle trampas. Nada que ver con el miedo a la muerte y los engaños con los que intentamos evadirla a la manera de Antonius Block, aquel caballero medieval que en El séptimo sello, de Ingmar Bergman, regresa de las Cruzadas, atraviesa junto con su escudero una comarca diezmada por la peste; constata la nada, el silencio de Dios y la oscuridad en la mirada de una bruja que arde en la hoguera, y para ganar tiempo intenta engañar a la Muerte en la partida de ajedrez más célebre en la historia del cine.

Conocí de cerca este augusto terror a la muerte y la pretensión de escapar de ella cuando mi papá, en medio del desvarío de su enfermedad, repetía una y otra vez: “¡Quiero irme a Trinidad!”, un lugar que jamás se le escuchó mencionar en vida.

Descubrí que lo que buscaba era distanciarse del acoso de la muerte: poner el mar de por medio para que ella no lo alcanzase o supiese dónde estaba.

Pero no hablamos de la muerte; hablamos de prolongar la belleza y la juventud; permanecer en el tiempo reduciendo en lo posible los estragos de la edad. Como acostumbran decir mis bellas amigas: “¡Estás de catorce para doce!”.

Es incalculable el monto de productos de belleza, cremas, rejuvenecimientos, cosméticos, exfoliantes, potingues, fijadores, removedores; dietas, gimnasios y cirugías que hemos activado sólo para tratar de cerrarle la puerta al viejo Cronos que viene, precisamente, a tocar a la nuestra para devorarnos.

Pero, ¿no es también la angustia del gobernante que siente llegado el término de su mandato y busca la manera de prolongarlo en un nuevo período indeterminado? ¿La del dictador que para perpetuarse en el poder aplasta todo asomo de pensamiento y de libertad empleando la fuerza de las armas, haciendo trampas electorales y llenando las cárceles de disidentes, aterrado ante la posibilidad de perder el mando? ¡Qué decir del pánico de aquel fascista ordinario que fue el general Pérez Jiménez huyendo en un avión sin percatarse de que dejaba atrás una maleta llena de dinero! Tuve el honor de conocer al médico, investigador científico, político y diplomático que fue Enrique Tejera cuando era ya un hombre de edad avanzada: murió en 1980 a los 91 años de edad. No muy alto, de piel tersa y rosada, una voz oscura, bigotes y barba recortada muy blancos, y de su personalidad emanaba una fuerte fascinación.

La última vez que lo vi fue en un cocktail muy elegante rodeado de damas burguesas, entradas en carnes y en edad; sofisticadas y maquilladas con esmero. Todas encomiaban la lozanía del doctor Tejera, su saludable aspecto, su firmeza al caminar, el dominio que ejercía con su conversación.

¿Cómo hace usted, doctor Tejera, para estar tan bello y joven? ¿Cuál es su secreto? ¡Ande, dígalo! Era un acoso, y me pareció que Tejera comenzaba a sentirse molesto. El caso es que se las quedó mirando y ellas callaron sintiendo que algo importante iba a suceder, una revelación, el último velo del misterio a punto de caer. Y desde la oscuridad de su voz, y dirigiéndose a la más ansiosa de aquellas damas emocionadas ante el privilegio de conocer la fórmula para impedir que el tiempo no perturbase más sus vidas esclavizadas por ejercicios, dietas feroces, cirugías, fármacos y cosméticos de toda naturaleza, el doctor Tejera dijo: “¡Hay que tirar, mijita!”.

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