LA OTRA REVOLUCIÓN

Ana Julia Jatar

Ana Julia Jatar
anajulia@msn.com

Cuando en la década de los ochenta se anunciaba una autopista cibernética que nos conduciría a la revolución informática, nadie se imaginaba que poco tiempo después esa misma autopista abriera paso a otras revoluciones: las de carne y hueso. Y es que era imposible predecir que con el poder de una plataforma de comunicación llamada Facebook y otra llamada Twitter se pudieran coordinar movimientos de protesta lo suficientemente efectivos como para deponer regímenes totalitarios.

Ante el asombro del mundo, esto es lo que ha sucedido en Túnez y se ha contagiado a Egipto y Yemen. Los sucesos en el mundo árabe han dado al traste con el estereotipo según el cual esa era una región indiferente al respeto de los derechos humanos. Las imágenes que nos llegan impactan por su fuerza y similitud entre países. Miles de personas en su mayoría gente joven “fuertemente armadas” de teléfonos celulares se enfrentan con las fuerzas policiales del régimen mientras envían al ciberespacio fotos y videos. En ausencia de un liderazgo claro, debido al lamentable debilitamiento de los partidos producto de la misma represión política, la fuerza cohesiva han resultado ser Twitter y Facebook. Esto es tan cierto que en Egipto el gobierno de Mubarak se ha dedicado a desactivar el poder conector de Internet.

¿Qué tienen en común estos países? Entre otras cosas, son naciones con poblaciones jóvenes crecientes y con gobiernos que han sido incapaces de ofrecerles un futuro digno. La falta de oportunidades frustra las aspiraciones de esos jóvenes. En estos países, esta frustración ha sido un peligroso caldo de cultivo para movimientos extremistas, violentos y, en última instancia, terroristas. También es cierto que los gobiernos se han mantenido en el poder más por sus sistemas de seguridad internos, su represión y sus fuerzas policiales que por las garantías de libertad, prosperidad y oportunidades para sus ciudadanos.

Se han mantenido más por el miedo que generan que por las obras que construyen. En otras palabras, son regímenes que se han focalizado en seguridad en vez de gobernabilidad. Es decir, estas revoluciones cibernéticas, las verdaderas del siglo XXI, vienen a representar una amenaza inesperada para opresores en todas partes y gozan de la natural simpatía de los amantes de la libertad en el mundo. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado, pues no todo es color de rosas.

Estos movimientos de Túnez, Egipto y Yemen tienen muy claro lo que no quieren, pero no se sabe lo que quieren. Se sabe que los une el rechazo al régimen actual, pero no se sabe cuál sería el gobierno que los unifique en paz, tolerancia y hacia un futuro de valores compartidos. Son sociedades atomizadas con profundas divisiones étnicas y religiosas en las cuales los partidos no tienen la fuerza cohesiva necesaria para guiar una transición hacia una verdadera democracia. Por ello, a pesar del rechazo al Occidente que existe en el mundo árabe, la participación de Occidente es determinante en este proceso de búsqueda de soluciones democráticas.

Guardando las distancias, hace más de 12 años, Venezuela se unificó para destruir el pasado sin tener claro cuál era la agenda hacia futuro. Las trágicas consecuencias están a la vista. El peligro de las revoluciones, vengan de donde vengan, es que muy fácilmente generan una dinámica que termina por imponer un régimen peor que el derrocado.

Por ello, por ahora, sólo veo una sola clara consecuencia de esta revolución cibernética en el mundo árabe: el cable submarino que unirá a Cuba y a Venezuela desde febrero no servirá para que el pueblo cubano tenga masivo acceso a Facebook y a Twitter.

@ELNACIONAL

 
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