¡LLAMA YA!


Alfredo Yánez Mondragón
incisos@hotmail.com

Trata de convencer sobre la base del capricho y la improvisación como método

Tan ensayado como falso. Así lució esa especie de grito bravucón; improvisado para nuestra realidad social; pero muy bien medido para sus réditos de desesperanza.

El “Yo” como protagonista único volvió por sus fueros, con esa vocación de mártir frente al desaguisado que ejecutan, por incapacidad, esos personajes que hay que denominar como sus colaboradores cercanos.

En el cadalso, el guión de Pilatos se repetía. “Crucifícalo”, era la frase que más pasaba por la mente morbosa de aquellos que no entienden de las consecuencias de esa acción cruenta que ya se torna en costumbre; desde la pantalla de un televisor; por teléfono.

El mensaje, limpio de las virutas propias del personaje de turno, llámese Marcel, Chucho o Pedro, es el mismo: con una llamada, “con una palabra suya” es suficiente para producir la debacle, la toma, la corrida, la incertidumbre, la zozobra.

Pero más allá del impacto y sus menudencias en la agenda pública; el componente letal de esta cápsula en forma de conversación entre un auténtico altanero y un interlocutor ausente para la audiencia, está en esa ilusión creada sobre la fuerza de un comercial, mal hecho, que retumba en el inconsciente con la frase ¡Llama ya!

Poco importa que frente al déficit habitacional, la ineficiencia en las políticas, y las mil y una maquetas de nula ejecución; haya solo una propuesta de refugios A, B, C, D o E. Poco importa que los venezolanos sean constante blanco de atracadores, hampones o asesinos; avalados por una cultura de impunidad; poco importa que la moneda se deprecie, que el sueldo no alcance, que llegue un brote de enfermedades asociadas con la miseria y la marginación; porque todo se puede solventar con una llamada.

Hace meses que se echó el problema de la vivienda al hombro, incluso antes de la emergencia; incluso antes de que se diera cuenta de que en doce años sus promesas quedaron en el aire; y en las cintas de archivo de las televisoras, y también en la esperanza de un pueblo que ciegamente le creyó, sin tener memoria, este cuento.

Ahora, con la realidad enfrente, con una masa que aún fiel comienza a serle crítica; y comienza a exigir, de una vez por todas, hechos, concreción, efectividad; no le queda más remedio que inventarse esta sátira, vuelta apéndice, vuelta anexo sin importancia -al lado de la magnitud de su propia tragedia de credibilidad, de popularidad perdida- para tratar de convencer a una audiencia hastiada de fábulas, de recuerdos, de leyendas; y también de visiones, de ilusiones proyectadas sobre la base del capricho y la improvisación como método; de que ahora sí; de que ahora hay decisión y verdad, con “satisfacción garantizada”.

Si le crees, haz como él: ¡Llama ya!

/ @incisos

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