FIESTA SIN ALMA

Alfredo Yánez Mondragón

Alfredo Yánez Mondragón
En twitter: @incisos

Decía aquella inscripción en la sacristía: “Celebra esta misa como si fuera tu primera, vívela como si fuera la única, reflexiona como si fuera la última”… Sustituya la palabra misa por la que mejor se adapte en su actividad de vida.

Los elementos se conjugaron para mostrar la realidad en todas sus dimensiones. No faltó detalle, todo cuadra. Lo vivido en la jornada de conmemoración, fue el resumen interminable de una experiencia que ya acumula doce años con las mismas características: Solo discurso, imposición mediática, solicitudes y peticiones nunca complacidas y una carga de cinismo reciclable; suficiente como para ofrecer excusas por los errores cometidos.

La diferencia entre aquella alocución altisonante, del recién llegado que rompe el protocolo e inventa un juramento irrespetuoso sobre la Constitución Vigente es mínima frente al trillado monólogo que recuenta mitos y leyendas, anécdotas e inspiraciones, improvisaciones de la noche anterior o juramentos (súplicas) hechos promesa, que en un nuevo aniversario tampoco son cumplidas.

El cambio de ministros fue la primera muestra de esta docena de años de enroques y movimientos internos; que junto con anuncios estadísticos de papel; evidenciaron, una vez más la distancia entre lo que se pretende proyectar frente a la cámara y lo que se padece en la calle, en la panadería, en las calles, en los hospitales, en las escuelas. Los propios niños presentes en esa maratónica sesión de autoelogio dejaron en claro lo que pasa.

Más tarde la fiesta cambió de escenario. El símbolo de una empresa que se convirtió en el emblema de la putrefacción sirvió para desnudar la realidad de lo que se empeñan en llamar la soberanía alimentaria; y que solo sirve como trampolín para la ratificación de una promesa sin bases de autoabastecimiento agrícola. Cada producto en sus manos era verdad incontestable; cada respuesta recibida era reconocimiento de fallas, de improvisación, de ineficiencia, de desgaste de un discurso que solo piensa en cambiar nombres; en mostrar empaques nuevos, aunque a lo interno se siga dependiendo de la ilusión hecha desesperanza; y de la efectividad de las aduanas para el despacho de las cada vez más necesarias importaciones alimenticias.

Vinieron otras presentaciones. La garganta no daba para más. No da para más. Un gobierno que se sostiene solo por las cuerdas vocales de su máximo representante no puede celebrar obras, ni proyectos concluidos. El pueblo legislador; el pueblo que antes iba a vocear frente a un balcón; se quedó ahí, en las calles, aspirando ya no a una casa digna, sino a un refugio tipo A o B. El pueblo; ese tan mentado se quedó con ganas de celebrar un progreso prometido; que solo consiguió reinvención; propuesta o proyecto nuevo.

Doce años después; el máximo logro fue el anuncio del reconocimiento de los errores; así, en genérico, sin especificar ninguno; sin propósito de enmienda; sin voluntad para corregir. Doce años para hablar; y para pedir confianza, para batir brazos en pro de una campaña electoral perpetua, que no le deja trabajar y que le motiva cada mañana; a asumir cada día como el primero de su mandato; jamás como el único; jamás como el último.

 
Alfredo Yánez MondragónAlfredo Yánez Mondragón
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