SIEMPRE NOS QUEDARÁ TÚNEZ

Tulio Hernández

Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

Entusiasmados como están con las revueltas de Túnez y Egipto, y alarmados de ver al comandante grosero que, ante las cámaras, amenaza con comprarse un banco como si el dinero público fuese suyo, varios amigos europeos me preguntan: “¿Y cuándo van a levantarse los venezolanos?”. Encuentro en la frase un cierto tono de reproche. Y, de inmediato, con el orgullo democrático herido, trato de explicar las diferencias.

La primera es de tiempos, Mubarak y Ben Alí han pasado, respectivamente, 30 y 24 años en el poder, lapso suficiente para que la desesperanza conduzca a actos heroicos como la inmolación.

La segunda, la naturaleza de los regímenes. Ben Alí y Mubarak acabaron sin simulaciones con la democracia e hicieron imposible cualquier forma de alternancia por vía electoral. En Venezuela, en cambio, los partidos existen y a pesar de los abusos de poder, todavía se puede hacer política y obtener victorias electorales.

Es cierto que se trata de una democracia moribunda. Que la cúpula militar ha logrado un sofisticado mecanismo para mantenerla en terapia intensiva. Y que, como los torturadores clásicos, cada cierto tiempo el tirano la toma por el cuello, hunde su cabeza en un tobo de agua y cuando todo hace suponer que va a morir la suelta y la deja respirar para que la opinión internacional no diga que fue asesinada. Queda, por supuesto, con lesiones graves.

Pero sigue con vida. Y ese es un dato decisivo.

El tercer factor es el aparato rojo de control social. A pesar de su desastre de gobierno, el comandante en jefe conserva aún capacidad de seducción y cuenta con el respaldo incondicional de, por los menos, 30% de la población. Y eso es bastante. Sobre todo si se tiene en cuenta que buena parte de esos venezolanos pertenecen a una maquinaria financiada con los petrodólares a través del empleo público, las misiones, los consejos comunales, las milicias y otros grupos parapoliciales de civiles armados, y si a esa masa se le agregan los miles de funcionarios cubanos e iraníes que trabajan para el régimen, pues, debe quedarnos claro que el Gobierno cuenta aún con una gran capacidad de reacción como lo muestran las hordas armadas de camisas rojas cada vez que irrumpen en actos de la disidencia para disolverlos por la fuerza.

Pero la explicación más importante es que en Venezuela la insurrección popular ya ocurrió y tuvo su momento clímax en una protesta descomunal ocurrida el 11 de abril de 2002, sin duda la más grande en la historia del país. Fue tan grande, contundente e impresionante que el gobernante autoritario, acosado además por la presión de los jefes de los principales cantones militares, renunció, fue hecho preso y así lo hizo saber en alocución pública su ministro de Defensa.

Sólo que una camarilla de poder, que manipuló y jugó a la movilización con cartas marcadas bajo la manga, en la que se juntaron élites eclesiásticas, económicas, mediáticas y militares, oportunistas y dispuestas a hacerse con el poder político, secuestró el movimiento popular, ignoró a los partidos, los sindicatos y la Asamblea Nacional, sacó al pueblo de las calles e instaló una junta de gobierno espuria, lo que le sirvió al tirano en bandeja de plata su regreso a Miraflores y el pretexto crónico para justificar las prácticas antidemocráticas que desde entonces hasta hoy hemos padecido.

De manera que, le explico a mis amigos, el camino electoral que la oposición democrática ­hoy por suerte liderada por los partidos políticos­ ha elegido, es el más sano para el país.

El más hermoso, el de la revuelta popular, luego del secuestro de 2002, es muy distante. Y el otro, el violento, el que la tiranía promueve a fuerza de provocaciones y para el cual se ha armado hasta los dientes, resultaría socialmente muy costoso y, como bien lo advirtió el domingo pasado el cineasta oficialista Román Chalbaud, conduciría a la guerra civil.

Varios generales rojos han anunciado que, como todas las tendencias lo anuncian, de triunfar la opción democrática en las presidenciales de 2012, la Fuerza Armada desconocerá los resultados. Para eso también hay que prepararse.

Seguramente vienen grandes sacrificios. Porque lo que ellos, los uniformados violadores de la Constitución, no saben es que siempre nos quedará Túnez.

 
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