Un país llamado Cavim

Roberto Guisti

Roberto Giusti
rgiusti@eluniversal.com

Los uniformados se han revelado tan incapaces, ávidos e irresponsables como los civiles

Cuando usted entra a un cuartel y de inmediato lo invade la sensación de pulcritud, de higiene rabiosa y de orden vertical, es posible que acuda a su memoria aquella tradición de recibir a “los nuevos” con bautismo humillantes como limpiar el piso del baño con un cepillo de dientes y otras tantas pequeñas y grandes miserias de la disciplina castrense que Vargas Llosa recogió en su “La ciudad y los perros”, luego ceremoniosamente incinerado en los patios del Colegio Leoncio Prado, en el Perú.

La grama milimétricamente recortada, piedras y árboles pintados de blanco, pasillos relucientes, despachos impecablemente ordenados, oficiales de uniforme perfectamente planchado que se sientan ante escritorios generalmente vacíos, derrochan orden, pulcritud y corrección. Lo mismo ocurre en los hangares donde cañones, tanques y demás artilugios bélicos brillan de limpios, prestos a la exhibición, aunque a veces se queden varados en el desfile del 5 de julio.

Esa característica universal que define a la casta de los militares se complementa con un estereotipo, según el cual, los hombres que se preparan para la guerra, por la naturaleza de su formación, por el rigor al cual se les somete y también gracias a la jerarquía, el respeto y la obediencia que rigen su profesión, terminan siendo superiores, en todos los órdenes, a los civiles. Estereotipo tan arraigado que casi todo los presidentes lo compraron durante la democracia representativa al colocar oficiales al frente de algún cargo importante cuando los civiles fracasaban.

Hubo (y hay) militares de notable capacidad al frente de responsabilidades civiles, como el general Rafael Alfonso Ravard, primer presidente de Pdvsa o el Coronel Alvarez Beria, destituido de la Superintendencia de Protección al Consumidor, en los años 70, por denunciar casos de corrupción entre funcionarios del Ministerio de Fomento y empresarios privados.

Pero, al final, los uniformados se han revelado tan incapaces, ávidos, irresponsables y negligentes como los civiles a la hora de asumir una preeminencia evidente en la alta burocracia gubernamental y si el régimen tiene marcada, por eso, la impronta militar, esta se muestra opuesta a su propia naturaleza por el caos, la desorganización y la turbulencia en que han sumido el país.

Está claro que la explosión de Maracay hubiera ocurrido igual con un régimen civil porque la responsabilidad corresponde al Ministerio de la Defensa. Pero si quienes tienen en sus manos un material, según la jerga castrense “desincorporado” y al mismo tiempo letal, han permitido lo que equivale a detonar una bomba de alto poder en medio de una ciudad (milagrosamente sólo hubo una víctima) ¿qué puede suceder con el país (es decir, el cuartel) que se encuentra bajo su comando?

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