LA DEL ESTRIBO

Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

Uno de los tratados clásicos del filósofo mexicano José Alfredo Jiménez se llama “Pa’ todo el año”. La pieza en cuestión desarrolla una genealogía del despecho etílico, evitando caer en el determinismo y rescatando la voluntad del sujeto como factor de la conciencia movilizadora: “Por tu amor que tanto quiero/ y tanto extraño/ que me sirvan una copa y muchas más,/ que me sirvan de una vez/ pa’ todo el año/ que me pienso seriamente emborrachar”. La importancia del adverbio es crucial. Ahí está la clave de todo.

Se trata de un modo definitivo. Es una elección. Voy a meterme una pea con absoluta seriedad. Voy a beber severamente. El alcohol también es una tarea.

Por culpa de una pancarta, alzada por algunos miembros del Partido del Trabajo en el Congreso, el presidente de México, Felipe Calderón, se encuentra ahora en medio de una crisis.

Lo que había sido un rumor, durante todo su mandato, de pronto se ha convertido en un suceso nacional e internacional. El alcohol aparece de repente como un problema de Estado. Adquiere un ánimo mesiánico, ofrece una nueva posibilidad para los juicios, para explicar la realidad desde la particular culpa de un hígado ansioso, descontrolado.

Toda la anécdota vuelve a poner sobre el tapete el debate sobre cómo evaluar la vida privada de cualquier funcionario público. En principio, poco debería importar lo que un trabajador en la gerencia del Estado haga o no haga con su intimidad. No es un asunto público si a equis ministro o a zeta gobernador le gusta o no fumar hojas de alcachofas en las madrugadas, o si los sábados en la tarde se viste con un tul naranja y baila canciones de Rafaela Carrá, con sus amigos en la terraza de su apartamento. En principio, el ejercicio de la libertad personal no debería ser un argumento político. A menos, obviamente, que se trate de evidentes violaciones de la ley, como en el caso de Berlusconi y de su relación con menores de edad. Es un crimen que aplica a cualquier ciudadano.

Lo cuestionable en Berlusconi no es que sea mujeriego, o que sea un patán impresentable, sino que haya cometido delitos y que, a cuenta de su poder, pretenda gozar de impunidad.

Es probable que el presidente Felipe Calderón padezca de alcoholismo. Es muy larga la tradición que asocia esa enfermedad a la actividad política. Hay quien dice que no se puede dirigir un país sin estar un poco loco o sin ser un poco ebrio. Es famosa la imagen de Churchill entrando cada tarde a la tina de su baño con un frasco de whisky y un habano. Por no hablar de Boris Yeltsin, uno de los políticos rusos con más responsabilidad en el derrumbe del sistema comunista, a quien se le atribuía una pasión eufórica por el vodka. Lo mismo se ha dicho sobre Lula, el más importante líder que, sin duda, ha tenido Suramérica en los últimos años. Cito, deliberadamente, casos emblemáticos de figuras que han pasado a la historia por sus logros como estadistas, como hombres eficaces y exitosos en la acción pública.

No es, pues, ni sorpresivo ni escandaloso el señalamiento que se le hace hoy a Felipe Calderón. Nuestras sociedades mediáticas, donde la política también se ha convertido en espectáculo, pretenden que cualquier sujeto más o menos público esté obligado a ventilar su intimidad como si fuera una marca. La industria de la farándula mercadea con la vida privada, hasta el límite, hasta que ya sólo puede regresársela al individuo como una culpa, como una responsabilidad personal. Pero el problema no es moral sino práctico. ¿De qué manera la bebida afecta o no la actividad profesional de Calderón? Es difícil ponderarlo y todavía más difícil demostrarlo.

En sus conmovedores diarios, el escritor John Cheever relata con perturbadora maestría el instante en que él y su hermano se detienen, sin un centavo pero con muchas ansias, frente a una licorería.

Entran y piden dos frascos de ginebra barata. Su hermano paga con un cheque. Ambos saben que la cuenta no tiene fondos, que el papel rebotará sobre el aire, apenas el dependiente logre comunicarse por teléfono con el banco. Apuran el paso hacia su vieja camioneta. Se montan. John aprieta el pedal y trata de encender el motor, mientras su hermano destapa rápidamente la primera botella. Ambos hacían esfuerzos para comenzar a beber después de las 10:00 de la mañana. Sin embargo, Cheever siempre sostuvo que todas sus líneas eran sobrias.

El trago, aseguraba, nunca intervino en sus obras.

Probablemente sea imposible establecer ese vínculo. Pero los libros están ahí. Y al final del día, sin duda, las obras son lo que importa. Las acciones de Calderón contra el narco, la manera en que se ha llevado adelante un enfrentamiento cuyo saldo ya casi alcanza los 40.000 muertos, es lo que hay que juzgar. Más allá o más acá del tequila. No hay que olvidar que George Bush inventó una guerra fatal y puso en peligro al planeta cuando ya era un alcohólico recuperado y llevaba años sin beber.

 
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