Las travesías del Dong Fan

Federico Vegas

Me invitan a la Feria del libro en Valencia. Cuando leo el título del encuentro: Narrativa venezolana actual, contracción o expansión, sonrío pensando en un encuentro entre obstetras. ¿Dónde se dan más contracciones y expansiones que en los partos? Y esta imagen del parto la comprendemos bien los escritores, quienes tenemos algo de obstetras que andan con la paciente a cuestas.

Pienso en algunas variantes al título: Literatura venezolana, necesidad de una partera; Narrativa venezolana actual, fórceps o cesárea. Con la palabra “cesárea” me pasó una vez algo insólito. Le compre a mis hijos el diccionario enciclopédico de la Grijalbo, prologado nada menos que por Jorge Luis Borges, quien define al diccionario enciclopédico como el más deleitable de los géneros literarios. Una tarde que estaba deleitándome con los estimulantes listados que agrupa el azar del alfabeto, llegué a la palabra “Cesárea” y leí lo siguiente: “Extracción quirúrgica del feto por vía abdominal. Se practica en caso de estrechez pélvica y si muere la partera cuando el hijo está vivo”. ¿La partera o la parturienta? ¡La partera!

En la palabra anterior, “César”, aparece un resumen de la vida de Julio César, donde se asegura que participó con “Graso” en la conspiración de Catilina. Otro grave error: el personaje es Marco Licinio Craso, quien, para colmo, era un tipo gordísimo. Pobres hijos míos. Los imagine hablando de un “graso error”, e imaginando a una parturienta que asiste a la muerte de su partera.

Volviendo al tema de nuestra literatura sería interesante examinar si sufre de estrechez pélvica, o si hemos superado la etapa del feto. Siempre me ha preocupado esta definición de una criatura justo en el momento de nacer. ¿Por qué bautizarla con un sonido tan repelente antes de dar su primera bocanada de aire? ¡Feto!, un sinónimo de adefesio. Llegar al mundo con nombre de monstruo debe ser un sucedáneo del pecado original.

Otro ejemplo de la relación entre obstetricia y literatura es el término “versión”. Leo dos acepciones del DRAE: “Modo que tiene cada uno de referir un mismo suceso”, y la segunda: “Operación para cambiar la postura del feto que se presenta mal para el parto”. Añade la Grijalbo, y espero que esta vez sea cierto, que “puede ser externa, durante el embarazo, o interna, durante el parto; a veces se da de manera espontánea”.

Los escritores venezolanos somos, básicamente, unos espontáneos, porque no he conocido hasta ahora editores que metan mano durante el embarazo o durante el parto. Ya una vez di a la luz una novela sietemesina. No sé si una buena partera hubiera podido ayudarme. Por cierto que el origen de la palabra cesárea, o uno de ellos, establece que viene de una ley de Julio César que obligaba a abrir el vientre de las madres que murieran después del séptimo mes de gestación, para así salvar a la criatura.

Voy a aprovechar estas definiciones para hablarles del parto que es escribir, partiendo del primer genero literario que conocí: el chiste. Creo que el origen de la literatura está en el chisme y el chiste. Del chiste viene el cuento, puesto que privilegia la anécdota y no necesita definir el personaje. Hablamos de un cura, un gallego, un marido, un anciano, y con eso nos basta. Del chisme proviene la novela, pues privilegia al personaje. El chisme no tiene validez si no conocemos al protagonista y, mientras más conocemos a este personaje, más nos involucramos en lo que nos cuentan de él.

El chiste y la contracción

Comencé a acercarme a la literatura gracias a un chiste muy elemental, muy infantil; uno de los cientos que caían entonces sobre nosotros como una epidemia de mangos, y se convirtieron en nuestra principal herramienta para entender el mundo y sus pecados.

Tendría unos siete años cuando en un recreo de Villa Loyola me contaron de un barco donde estaban dos tipos conversando en la cubierta. A le dice a B:

—No podemos seguir molestando al pobre chino, quien nos cocina tan bien.

Entonces A llama al chino y le promete:

—Chinito, como tu cocinas tan bien, no te vamos a seguir molestando.

El chino contesta:

—Si ustedes no molestan, no me orino más en su café con leche.

Este cuento me causó una fuerte impresión. Pude ver al chino revelando su fórmula en medio del mar. A y B eran, en cambio, figuras totalmente indefinidas, o quizás le di los rostros de algún compañero de clase que me molestaba. Esa mañana me asomé a conceptos como el racismo, la crueldad, el arrepentimiento, la venganza, lo inconcebible, mientras visualizaba y hasta olía el café con leche en el tazón de peltre que usan en los barcos.

En esa etapa de mi vida el café con leche era una sustancia sagrada, el inicio del día, el requisito indispensable antes de ir al colegio, el congregador de la familia. Todas las mañanas observaba la ceremonia de montar la cafetera, la espuma de la leche hirviente desbordándose de la olla, lo blanco y lo negro concurriendo en un mismo recipiente, las excesivas cucharadas de azúcar. El mío era clarísimo y dulcísimo, con apenas unas gotas de café que me permitían reflejarme levemente.

Orinarse en el café con leche constituía un sacrilegio fantástico, una transgresión absoluta, y ya nunca más me pareció igual. El contenido de mi taza se transformó en un líquido dudoso, relativo, poco confiable. Me hice más conciente de su aroma y textura a punta de tanto revisarlo. Hace poco encontré una frase de Cesare Pavese que ilustra aquel ensimismamiento: “Viajar es depender de la bondad de los extraños”.

Los dolores de parto

Es ahora cuando caigo en cuenta de las consecuencias que tuvo ese estado de perplejidad. En uno de mis primeros cuentos, El Pasillo, describo a los curas de mi colegio. Es una lista muy larga. Vayamos al final:

Otro es flaquísimo, parpadeante, de andar espasmódico y sotana majestuosa; tiene una histeria sacra y masculina que convierte las pecas de su cara en erupciones de nalga blanca. Hay el que habla como si rezara y que reza como si se espicha. El que agarra los zancudos en el aire con dos dedos. El del aliento a dulcísimo café con leche que se filtra en la rejilla del confesionario y le otorga la consistencia y el aroma de los panales de miel, un vaho que va almibarando el tejido de mimbre e incita a las primeras moscas de la mañana a compartir el secreto de la confesión.

Esta última imagen nació, sin duda, de la venganza del chino. Pero las verdaderas consecuencias y efectos del chiste surgieron en el momento que decidí contarlo, dar mi versión, mis propios giros a la criatura. Encontré que también podía decir: “No meo más en su café con leche”, o “No me hago más pipí…”. Habían decenas de variantes que abreviaban o ampliaban la frase. Isaac Chocrón me dijo una vez que el problema de la literatura era tener que escoger entre “Mi mamá me mima” y “Me mima mi mamá”. Tiene razón.

Esta experiencia de contar, de relatar, de narrar, de hacer reír, de ver los cambios en los rostros de un pequeño auditorio, me pareció un acto de magia. Fui descubriendo la importancia de la entonación, de los gestos, de ligeros cambios en la velocidad y el volumen. También descubrí algo que me desconcertó: mientras más veces contaba el chiste menos gracia causaba; parecía ir perdiendo gradualmente su caudal de sorpresa, de profanación.

Fue entonces cuando, al igual que en el teatro griego, introduje un tercer personaje dándole vida al señor B. Cuando A le dice a B:

—No podemos seguir molestando al pobre chino, quien cocina tan rico.

B le responde:

—Si chico, es que ese chinito es una maravilla, ¡Qué bien cocina! ¡Esas lumpias! ¡Esas costillitas! ¡Ese agridulce! ¡Y ese café con leche! —breve pausa— ¡Cómo te despierta! Tiene algo como de jugo de naranja, un perfume que me da energía. Es como una radioactividad. Unos dicen que es aguado, pero tiene su pegada, un picorcito que me gusta. Esos chinos tienen sus fórmulas milenarias, sus vainas. Tienes razón, vale, no hay que joder más al pobre chino.

Lo interesante de esta nueva versión es que le causaba más gracia a los que ya conocían el chiste que a quienes ignoraban el final. Supongo que esto viene a ser un valor literario, basado en algo que está más allá o más acá de la anécdota.

Desde entonces, me persiguen los cuentos de chinos en barcos. Ya joven, en pleno bachillerato, supe de una versión mucho más cruel. Están de nuevo A y B en un barco. Ahora es un carguero de muchas toneladas en un viaje de varios meses. El marinero A le cuenta al marinero B sus terribles e impostergables necesidades sexuales. B le dice que la única opción a bordo es el chino. A se niega, pues considera que la oferta es asquerosa.

Dos meses después, A no aguanta más y le dice a B que está dispuesto a lo que sea. B le dice que la gracia le va a costar 400 dólares.

—¡400 dólares por ese chino!

—Son 200 para mí y 200 para un forzudo que me ayuda, porque el chino no es marico.

Para entonces ya el chino del barco era mi amigo, mi personaje, el protagonista con rostro de una secuela que ya tiene un primer capítulo, y me dolía su terrible destino en aquellas interminables travesías.

La primera vez que conté esta historia de marinos perversos, sólo añadí una pregunta de A cuando le hacen la oferta por primera vez:

—¿Tú me estás hablando del chino del café con leche?

Era una clave que pocos conocían, una especie de intertexto que sólo funcionaba con algunos iniciados. El caso es que no me fue nada bien con ese cuento. Lo contaba con un aire de pesadumbre, de melancolía, de tragedia, de reclamo. Cuando decía: “porque el chino no es marico”, parecía que estaba haciendo una denuncia ante una ONG. Hice dos intentos, cada vez más tristones, y más nunca lo conté, hasta hoy.

La expansión y la novela

Anoche, mientras trataba de dormirme y pensaba en ese futuro encuentro de expansiones y contracciones, volvió a aparecer el chino y, gracias a Dios, sirvió de vínculo entre la vigilia y el sueño.

Al despertar estuve pensando en cómo hacerlo más cierto. Tengo un primo que es un mentiroso impecable. Su secreto es dar muchos datos, sobre todo cifras; se guía por la máxima: “Los números no mienten”. Así que esta vez el carguero es de 125.000 toneladas, la travesía de 7 meses y el barco tiene un nombre: Exxon Valdez.

El 24 de marzo de 1989, el tercer oficial, Gregory Cousins, y el vigía, Robert Kagan, se encuentran en la cabina de mando del Exxon Valdez cuando aparece el ciudadano Dong Fan con una bandeja y dos humeantes pocillos de café con leche. Aunque se le notan las recientes magulladuras en los antebrazos, Dong aparece cantando: “Chinito soy chinito, de la china vengo yo…”. Tiene además un inquietante brillo en la mirada y algo que podría ser una sonrisa.

Un minuto antes, Gregory ha estado alabando las bondades de la comida de Dong Fan, y Robert ha añadido las consabidas alabanzas:

—Es más, querido Gregory, el destino del Exxon Valdez depende del café con leche de Dong Fan. Esa es la savia que nos mantiene alertas.

Los dos pilotos hablan de estos temas para aliviar la falta de sueño y la fuerte tensión que hay entre los dos, pues la noche anterior Gregory pagó 400 dólares y sólo obtuvo a cambio un tremebundo y embarazoso sentimiento de culpa.

Mientras Gregory y Robert empinan sus tazones, se da el diálogo que escuché hace mas de medio siglo en Villa Loyola. La impactante respuesta de Dong Fan tiene efectos catastróficos. En medio de la golpiza al chino, el Exxon Valdés desvía su curso y choca contra las rocas de la bahía del Príncipe Guillermo, derramando 257.000 barriles de petróleo en la costa de Alaska.

Esta es una verdad inobjetable, gracias a la varita matemática de mi primo, a los vastos recursos que nos ofrece la historia de los desmadres y a las actas judiciales del caso Exxon Valdez, que incluye los nombres del personal de guardia: Gregory Cousins y Robert Kagan; aunque quien cargó con la responsabilidad fue el capitán: Joseph Hazelwood.

El inmenso carguero de 234.000 toneladas es recuperado, pero ahora la legislación europea ha prohibido los petroleros con monocasco y el buque sólo puede continuar navegando en los mares asiáticos. Es vendido a una empresa naviera de Hong Kong que renombró el barco como Dong Fang Ocean. Al menos en la versión expansionista y contrahecha de mi sueño, por fin, se ha hecho justicia.

Con este derrame en las corrientes del mar espero haber revelado cómo funcionan mis partos, partiendo de recuerdos infantiles y apertrechándolos con los asombrosos datos de los adultos; partiendo de chistes de dudosa gracia y tratando de llegar a chismes sobre documentadas desgracias.


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Nota de la Redacción: Ante-titulo y subtítulos son nuestros.

 
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