Los Dictadores no mueren en su cama *

SIMÓN ALBERTO CONSALVI

Simón Alberto Consalvi
sconsalvi @el-nacional.com

En The New York Review of Books, el analista William Pfaff escribió una imaginativa nota sobre “El problema con los dictadores”. Reflexiona sobre el dilema de los personajes que se habitúan al poder y con los años no encuentran otro lugar que no sea el que les permite el control de la sociedad. Para ellos no existe un destino distinto que el mando unipersonal y la obediencia incondicional de todo el mundo a sus designios, caprichos, desaguisados, desatinos o manías.

Son los dictadores, tiranos, autócratas, sátrapas o como prefieran que se les llame, enviados de Dios, por ejemplo, como el Generalísimo Francisco Franco. O los otros, los emisarios de Marx, como aquellos que dicen gobernar no en sus nombres modestos, humildes, anónimos, sino en el nombre de las masas, los redentores de los pueblos, esos que con monotonía suelen repetir que son, apenas, una brizna de paja, pero que la Historia los obliga a cumplir con un destino de vastas proyecciones.

Ellos se proponen lo más complejo del mundo, cambiar una sociedad capitalista a socialista o una socialista a capitalista, o crear el hombre nuevo o cualquier otra tontería; o sea, las metas más distantes posibles, aquellas que hacen fracasar la imaginación porque nadie las llega a percibir. Pero, entre tanto, ellos tienen que pilotear la nave a riesgo de que naufrague. Una misión de predestinados.

El dictador, tirano, autócrata, sátrapa o como prefiera que se le llame, enviado de Dios o de Marx, no tiene otra alternativa que eternizarse en el poder. Antes se les llamaba el “hombre fuerte”, el César necesario, como Juan Vicente Gómez, Rafael Leónidas Trujillo o Anastasio Somoza en esta parte del globo que bañan las aguas del Caribe. A ellos los retrató Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca. Envejeció tanto el patriarca que todos lo olvidaron, y fueron los gallinazos que entraban por las ventanas y las vacas que subieron al palacio a comerse las cortinas los que dieron cuenta de que había muerto. Ese era el que pensaba que iba a cambiar el mundo y que, por consiguiente, necesitaba décadas en el poder. En el mundo del Caribe todo es posible. Incluso que un dictador derrocado reaparezca un cuarto de siglo después, como acaba de suceder en Haití con el que ya no puede llamarse Baby Doc porque ha envejecido, pero su manía de poder es inmortal.

Las dificultades de bajarse del tigre

“Usualmente ­dice William Pfaff­, los dictadores no mueren en su cama. El retiro exitoso siempre es un problema para ellos, y no todos lo resuelven.

Cuando se van, se convierten en un problema para todos los demás. ¿Qué puede hacerse, después?”. Obviamente, cuando el escritor formula estas inteligentes reflexiones y la pregunta crucial de ¿qué hacer?, no está pensando en los dictadores del Caribe, sino en los déspotas del mundo árabe.

Corroídos por el óxido del tiempo, acariciados por el desequilibrio y los azares de la política internacional que la bipolaridad y la Guerra Fría mantenían antes bajo control, por las religiones o los convencionalismos, por la indiferencia y la pobre percepción del destino de miles y miles de seres humanos, los dictadores árabes terminaron siendo considerados en Occidente como “dictadores normales”. Una condena, en otras palabras, que los pueblos musulmanes estarían llamados a soportar en silencio en nombre de no se sabe qué.

Atrasados, hambrientos, sin libertades y sin derechos humanos, la dictadura parecía connatural. Si unos pueblos tenían emires, príncipes, reyes, a otros les correspondían sus versiones republicanas, los coroneles o los generales vitalicios. Muammar al Gaddafi, coronel, tenía 26 años de edad cuando derrocó al pobre rey Idris, el primero de septiembre de 1969. Tiene 41 años en el poder. Al morir Nasser, en 1970, Anwar el-Sadat asumió el poder. Asesinado Sadat, lo sustituyó Hosni Mubarak, hace 30 años. El general Ben Alí suplantó al presidente de Túnez Habib Bourguiba, en 1987, y se alzó con el poder.

Nadie pensaba en Túnez ni en su dictador hasta que el discreto pueblo tunecino perdió la antigua paciencia y estalló como un volcán. Huyó el dictador y lo siguió su astuta mujer, se dice que con todo el oro que pudo. Como si obedecieran una señal secreta, los pueblos árabes se están rebelando en un extraño efecto dominó que tiene desconcertados a los sabios. Túnez, Yemen, Sudán, Jordania, Siria, Marruecos, Argelia, Egipto. Ninguno será ajeno a esta tormenta del desierto. Una conmoción pocas veces vista, pero previsible.

Los pueblos sometidos están llamados a rebelarse.

Si la rebelión era previsible, sus implicaciones no lo son

¿Qué rumbos tomarán los sustitutos de los dictadores? No pensaban bajarse del tigre hasta que éste muriera. Los que metieron la cabeza en la arena se preguntan ahora, como lo indica William Pfaff, ¿qué hacer? Egipto, bajo el fatigado, pero obstinado Mubarak, jugaba a la estabilidad en el confuso y conflictivo ajedrez del Medio Oriente. Un subsidio de Estados Unidos no alivió las penalidades del pueblo egipcio ni alentó las reformas sociales que propician la estabilidad y la democracia.


[i] Título original: LAS DIFICULTADES DE BAJARSE DEL TIGRE

 
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