¿Qué hemos aprendido?

Anibal Romero

Venezuela

Por Aníbal Romero

El actual curso histórico de Venezuela puede interpretarse desde diversas perspectivas. De un lado, la revolución podría ser vista como el punto culminante del populismo sustentado en el petróleo.

Es evidente que ciertas tendencias, hondas y torcidas, de la historia nacional -que han transformado el país en lo que Rómulo Betancourt denominó “una factoría petrolera”- no han hecho sino profundizarse bajo el socialismo del siglo XXI. De otro lado, el proceso presente puede verse en función de su papel en la conversión de millones de venezolanos en dependientes menesterosos del Estado petrolero.

Otro ángulo interpretativo, que no excluye el resto sino que añade interrogantes, analizaría el camino que ahora sigue el país con la lupa del aprendizaje político. Siguiendo a Karl Deutsch, tal aprendizaje puede ser creativo o patológico. En el primer caso, una sociedad sometida a severos desafíos cambia las prácticas que le llevaron al fracaso y modifica su ruta en sentido positivo. Ejemplos de ello serían Alemania y Japón luego de la Segunda Guerra Mundial, y China después de las reformas capitalistas. En cambio, el aprendizaje patológico conduce a la radicalización de los errores que en primer término empujaron al fracaso, con lo que dichos errores, en vez de enmendarse, se agravan. El despotismo ruso lo ilustra con claridad.

La Venezuela revolucionaria constituye, me parece, un ejemplo de aprendizaje patológico, pues en vez de representar un cambio en la línea esencial de la evolución económica del país, significa un movimiento suicida, la profundización de nuestra dependencia del petróleo, cuyo peso, sumado al delirio marxista, asfixia las demás actividades productivas, lo que agrava la ya aguda vulnerabilidad de una sociedad que importa de otros sitios todo lo que consume.

Sin embargo, hay que admitir que la prédica persistente del presidente de la República a favor de su sueño socialista ha tenido resultados. Como señala el politólogo John Magdaleno, Hugo Chávez ha “movido el centro político venezolano hacia la izquierda”. A pesar de la ruina que suscita el socialismo del siglo XXI, la oposición democrática no sólo se ha mostrado incapaz de combatirlo en el plano de las ideas, sino que pretende competir en igual terreno, tarea tan estéril como dañina.

Ante la ofensiva ideológica de la revolución, no pocos dirigentes de la oposición se proclaman “de izquierda”, de “izquierda moderada” o “socialistas democráticos”. No contentos con ello, algunos sostienen que son “los verdaderos socialistas”, sin percatarse de que así no solamente hacen parte del trabajo a Hugo Chávez, sino que de paso ponen de manifiesto la victoria del caudillo en el plano de las ideas.

Lo único positivo que podría surgir del delirio marxista en Venezuela sería una crucial derrota de la mentalidad socialista, con base en el patente fracaso de la revolución. No obstante, la oposición, atemorizada por la arremetida de Chávez y paralizada por la cultura de izquierda, apenas atina a competir en el nivel de la demagogia asistencialista, no se atreve a proponer un mensaje distinto y se aferra a los sueños petroleros de siempre. Quieren socialismo, pero del bueno, del puro, de ese que no existe en parte alguna pero que sobrevive como quimera en la mentalidad de idealistas extraviados. De ahí que lo que podría traducirse en un proceso de aprendizaje creativo se esté convirtiendo, más bien, en otra etapa de aprendizaje patológico para los venezolanos.

© Diario de América

 
Top