Alzhéimer

El periodista y narrador colombiano Óscar Collazos reflexiona sobre el alzhéimer y como lo enfrentamos personal y socialmente a propósito del ejemplo del político catalán Pasqual Maragall.

Óscar Collazos

Pasqual Maragall

Pasqual Maragall (1941) fue alcalde de Barcelona entre 1982 y 1997 y presidente de la Generalitat (gobierno autonómico) de Catalunya del 2003 al 2006. Gran parte de la proyección internacional de su ciudad y del prestigio que esta adquirió entre las grandes capitales culturales de Europa se debió a la gestión de este hombre clave en el Partido de los Socialistas de Catalunya (PSC). A él se deben los cambios urbanísticos y nuevo talante de las costumbres ciudadanas introducidos en Barcelona a partir de los Juegos Olímpicos de 1992.

A finales del 2007, Maragall sorprendió a sus coterráneos con la confirmación de un rumor que circulaba desde la primavera anterior, a raíz de los exámenes que se le realizaron en un hospital de Boston. “Hace unos meses me diagnosticaron un principio de la enfermedad de Alzheimer”, dijo el ex alcalde. Y dio así comienzo a una batalla personal y familiar contra la enfermedad, que empezó con la creación y consolidación de la Fundación Pasqual Maragall para la Investigación sobre el Alzhéimer.

Gracias a la entereza moral de Maragall (“dentro de 10 o 15 años esta enfermedad será vencible y vencida”, dijo) y al incondicional apoyo de su familia, empezó a caer el telón que ha ocultado la vida de celebridades afectadas por la enfermedad. Maragall no solo la hizo pública. Hizo el gesto valeroso de reclamar sinceridad y fortaleza a quienes la padecen, a la familia del paciente y a la sociedad que ve cómo millones de seres humanos de distintas edades se sumergen paulatinamente en las profundas lagunas de la memoria.

Llegará el momento en que Maragall no sea consciente de la progresión dramática de su enfermedad. La tarea y la responsabilidad de acompañar al enfermo y a la causa propuesta cuando fue consciente de ello corresponderán, entonces, a sus familiares y a la sociedad. Los últimos momentos de lucidez del paciente quedarán como un legado grande para la humanidad, con un mensaje muy sencillo: confieso que estoy enfermo porque deseo y espero que la enfermedad sea un día curable.

El documentalista catalán Carles Bosch acaba de hacer una entrañable y conmovedora película de casi dos horas basada en el caso Maragall: Bicicleta, cullera, poma (Bicicleta, cuchara, manzana). La acabo de ver como único espectador en función vespertina de una sala de cine de Barcelona. No creo haber visto en mucho tiempo historia sentimentalmente más estremecedora ni presenciado una exaltación más admirable de la vida que para un ser humano es la vida de su memoria.

El “caso Maragall” es doblemente ejemplar. Despoja a la enfermedad del misterio casi vergonzoso que la rodea, sobre todo cuando la padecen grandes figuras públicas. Y, al mismo tiempo, expone una forma de solidaridad familiar que no excluye el dolor de sentir en un ser querido y cercano el tránsito de la lucidez al olvido y de este a la muerte.

Conozco a admirables figuras de las letras y las artes que viven o vivieron la enfermedad como la viven millones de seres anónimos en el mundo. Se habla poco y con respeto casi religioso de estas grandes figuras. Nos apiadamos de ellos y lamentamos que abandonen el mundo de la conciencia en circunstancias tan tristes, pero ¿no sería mejor correr el velo?, ¿por qué no conocer las circunstancias de la enfermedad?, ¿por qué ocultarla como algo vergonzoso?

Pasqual Maragall decidió responder a estas preguntas cuando aún podía hacerlo. Advirtió que se iba antes de irse. Su familia asumió el dolor y respetó creativamente la decisión. Ahora es posible que famosos, notables y figuras públicas del mundo puedan aprender algo de esta lección.

Fuente: www.prodavinci.com

 
Top