LA CONFUSIÓN DE OCCIDENTE

Elizabeth Burgos

Elizabeth Burgos
eburgos@orange.fr

 

El desconcierto de los gobiernos occidentales ante lo que ocurre en países como Túnez y Egipto, con toda la secuencia que esto puede acarrear en la región, nace el error de querer explicar los hechos bajo conceptos viejos de 30 años, ajenos a la situación actual de una generación abierta al mundo.

Es demasiado pronto para establecer balances de las rebeliones acaecidas en Túnez y en Egipto, tanto más cuanto éstas están teniendo reacciones en cadena en los diferentes países de la  zona sometidos al mismo tipo de regímenes, autocráticos: Argelia, Yemen, Bahrein, y hasta en el país más  ignoto, cuya sociedad civil es la menos visible, la Libia de Khaddafi, donde en las últimas  horas también han estallado manifestaciones contra el régimen.  Igualmente  en Irán, en donde, pese a las declaraciones de Ajmadineyad de apoyo a las revueltas de Egipto con el objetivo de recuperarlas a favor del islamismo, la oposición iraní ha vuelto a movilizarse, alentada por la ola de protestas de los vecinos.

 

Lo que primero salta a la vista en relación al nuevo escenario geopolítico que a todas luces propone el Medio Oriente es la perplejidad de los gobiernos occidentales y el conformismo de la mayoría de los analistas políticos.  En relación a esos hechos, la tranquilidad que deparaban las dictaduras de la zona que mantenían a sus poblaciones bajo control, con la justificación de contener los movimientos radicales de obediencia islamista, plantea a los gobiernos de occidente retos para los que no estaban preparados.

 

El de Francia, en particular, debido al conflicto de intereses del que se le acusa a la actual ministro de Relaciones Exteriores con el régimen de Ben Alí, enarbola un bajo perfil ante la dinámica que vive hoy Túnez, antiguo protectorado francés, bilingüe, en donde el francés es la lengua de la enseñanza en escuelas y universidades. Tanto el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania como el de Inglaterra ya han realizado visitas oficiales a Túnez, mientras que Francia, ha permanecido ausente.

La generación pluralista

 

Las perturbaciones son enemigas de la diplomacia, y en el caso que nos ocupa también han influido en los analistas políticos, por lo general menos conservadores y más propensos a enfocar el lente más lejos.  Las reacciones de un lado y otro del Atlántico son que la caída de Ben Alí y de Mubarak traerá como consecuencia la implantación de regímenes islámicos a la imagen de Irán, o bajo la autoridad de Al Qaeda.  Es como si las sociedades permanecieran estáticas y sólo en el Occidente tuvieran el privilegio de la movilidad social y de la modernidad.

 

Hace veinte años, el especialista del mundo mediterráneo Oliver Roy, publicaba un libro titulado L´Echec de l´Islam politique (el fracaso del Islám político) en el que autor analizaba la evolución de las sociedades de credo musulmán y la de  los grupos políticos islamistas radicales. En un artículo reciente, veinte años después, el autor, en un esclarecedor artículo (Le Monde, 12/02/11), vuelve a hacer hincapié en el aspecto antropológico de la evolución de las sociedades musulmanas, para dar luces sobre la originalidad de la rebelión que hoy estremece esa parte del mundo que vive bajo la influencia musulmana.

Según el autor, se analiza la rebelión popular que vive África del Norte a partir de parámetros viejos de treinta años: los de la revolución islámica de Irán.

 

Para el autor, los activistas de esos movimientos pertenecen a una generación post-islamista. Se trata de una nueva generación que no se interesa por la ideología.  Sus eslóganes no son de inspiración religiosa (“¡dégage”!, ¡fuera!), expresan un rechazo de la dictadura y de la corrupción, y una exigencia de democracia. Sin incurrir en el simplismo de creer que las manifestaciones son de unos laicos, queda que éstos no ven en el Islam una ideología política susceptible de crear un nuevo orden, mejor que el anterior.  Son nacionalistas, pero no enarbolan el nacionalismo como ideología.  Tampoco se inspiran de la teoría del “complot imperialista”, tan en boga entre los movimientos revolucionarios. Ni siquiera el pan-arabismo se ha hecho presente. Se trataría de una generación pluralista, porque también es más individualista que la de los mayores.

 

La mundialización del Islam

 

Estudios demográficos arrojan conclusiones interesantes.  Se trata de una generación más educada que la anterior, vive en el marco de familias nucleares, en donde la endogamia (matrimonio entre primos) prácticamente ha desaparecido, lo que imprime una movilidad social y psicológica mayor que influye en el abandono del conservadurismo tradicional.  Gracias a los nuevos medios de comunicación, no necesitan de intermediarios, ni de líderes carismáticos, para comunicarse entre sí.  No erigen como modelo al régimen de Irán ni al de Arabia Saudita, como sucede entre importantes sectores latinoamericanos que tienen a La Habana como el paradigma de la felicidad.

 

Expresan valores universales y una exigencia de democracia que emerge del seno propio de la sociedad.

 

Por supuesto, la existencia de esa nueva sensibilidad social no instaurará de manera automática la democracia ni descartará la actividad de los islamistas radicales, pero es indudable que el Medio Oriente se ha puesto en movimiento, acarreando el debilitamiento de la influencia de Estados Unidos y de Europa. Muchos lo deploran, y llegan incluso hasta comparar dictaduras para tratar de eximir o minimizar despotismos.  Es cierto que el despotismo de Mubarak no es comparable con el de Saddam Hussein, pero bajo el régimen de éste último se observaba el laicismo, el porte del velo no era obligatorio para las mujeres, el consumo de alcohol no estaba prohibido y hasta había un ministro católico que formaba parte del gobierno: era lo que se podría llamar un “despotismo esclarecido”, mientras que en Egipto, pese a los veinte años de régimen de Mubarak, la escisión del clítoris de las niñas siguió practicándose masivamente.  No se puede, o no se debe, tipificar despotismos sobre la base de que sean aliados o no de Estados Unidos.

 

Al igual que Occidente que ha sido objeto de cambios profundos, sociales y mentales bajo la influencia de una nueva mundialización, el Medio Oriente y el Islam también ha sufrido sus evoluciones internas.

 

El sector de la humanidad que vive bajo obediencia al Islam comporta mil millones de habitantes.  Creer que continuar tratándolos dentro del esquema amigo/enemigo (estado de enfrentamiento militar), o pensar que se les puede eliminar mediante bombardeos, es tan iluso, como cuando Hitler pretendió borrar a los judíos de la superficie de la tierra.

 
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