LA HISTORIA NO LOS ABSUELVE

Tulio Hernández

Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

 

Si acataba los deseos del octogenario dictador, el Ejército egipcio hubiese tenido que masacrar días atrás a sus hermanos que protestaban airadamente en las calles de El Cairo. Por suerte, en un acto de sensatez y responsabilidad, el alto mando se negó a hacerlo. Pero gracias al impúdico, desesperado, sordo y ciego empeño de Mubarak de aferrarse al mando, a todo el mundo le han quedado claros los niveles de aberración y arrogancia personal que conlleva el ejercicio del poder sin límites.

Mubarak - Pinochet - Amin - Mussolini

Es la perversión fundamental de los tiranos. Aquello que los diferencia de los gobernantes democráticos. La subestimación del colectivo, la predestinación, la vanidad personal inmensa que los lleva a convencerse ­y a convencer a sus seguidores­ de que son indispensables, únicos e insustituibles y que los procesos políticos que dirigen serían irrealizables sin ellos al frente.

 

Mi persona o el caos, decía Mubarak cuando la plaza Tahrir se había convertido ya en una voluntad indeclinable. Dadme sólo dieciocho años de prórroga y entregaré Chile convertido en país del primer mundo, solicitaba Pinochet meses antes del plebiscito que lo sacó de juego. Comandante en jefe, ¡ordene!, proclamaban en los años ochenta cientos de vallas estratégicamente sembradas a todo lo largo de la isla con la foto de Fidel, ya entrado en años, fusil al hombro, oteando el horizonte, como si todavía estuviese en la montaña.

 

El hecho de no lograr imaginarse a sí mismos volviendo a la condición de ciudadanos comunes, alejados de las pompas y el eros del poder, más el vértigo que les produce la posibilidad de verse procesados por sus crímenes y abusos, es lo que hace que el tirano, como los adictos, se niegue a dejar el mando. Por eso sus muertes, especialmente la de aquellos que intentaron ­sin lograrlo­ ejercerlo hasta el último suspiro, tienen siempre algo de trágico.

 

O mueren en el anonimato, desterrados de los países que alguna vez dominaron y de donde fueron echados, compensando la amargura con el dinero de la corrupción, como Pérez Jiménez, Idi Amin o Papa Doc Duvalier, y como seguramente lo hará Mubarak. O son sacados de este mundo por un certero pistoletazo, como el que sus opositores le asestaron a Trujillo en Dominicana o la izquierda nicaragüense a Somoza en Paraguay. O terminan suicidándose ante la evidencia de su fracaso militar y el sufrimiento que han causado, como Adolfo Hitler en Alemania.

 

Algunos, sin embargo, lo logran y llegan a su último suspiro ejerciendo aún de jefes. Pero en vez de despedirse de este mundo como en aquella escena inolvidable de Gritos y susurros de Bergman, asidos de la mano de algún ser querido tratando de vencer el miedo al misterio que se avecina, lo hacen ­como Franco en España y como seguramente lo hará Fidel en Cuba­ con la certeza existencial que da tener sujetados todos los hilos del poder de sus naciones y soltarlos suavemente en el momento justo en el que sus corazones se detienen.

 

Es lo peor que le puede pasar a los pueblos. Lo que viene después ya lo sabemos. El régimen trata de continuar sin el jefe, convirtiéndolo en leyenda que gobierna desde el más allá, o no le queda otra que asegurarse una digna transición. En este último caso, el país queda dividido por años entre una minoría que añora la presencia del tirano y una mayoría que odia y desprecia su memoria y trata de que se hagan públicos los detalles de sus crímenes.

 

Por estos días, toda Suráfrica ­blancos y negros, asiáticos y africanos­ reza unida por la salud de Mandela. Es el destino de los líderes sanadores, aquellos que han tratado de reunificar a sus países, los que conocen y practican la palabra perdón y enseñan a superar, sin olvidar, las humillaciones sufridas con tal de que no le vuelvan a ocurrir, más nunca, a nadie.

 

El destino de los tiranos es distinto. A su muerte, una parte del país lo despide, mientras otra daría incluso lo que no tiene con tal de tener el gusto de ir, como alguien lo hizo con Pinochet, a escupir gozosamente sobre sus restos. En eso se equivocó Fidel con su frase legendaria[i]. Al menos por lo que hemos visto desde la segunda mitad del siglo XX, y lo que va del XXI, a los tiranos la historia no los absuelve.

 

hernandezmontenegro@cantv.net

@ELNACIONAL

 

 

 


[i] La historia me absolverá constituye el alegato de autodefensa de Fidel Castro ante el juicio en su contra comenzado el 16 de octubre de 1953 por los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo respectivamente, sucedidos el 26 de julio anterior. Ante este juicio, Fidel Castro, entonces licenciado en Derecho Civil, decide asumir su propia defensa. Wikipedia

 
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