OFENSIVA 2.0 Y REVOLUCIONARIOS 2.0

Ricardo Trotti

Ricardo Trotti
trottiart@gmail.com

 

La revista Time no pudo tener mayor acierto que elegir al fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, como el personaje del 2010. Un mes después, los alzamientos populares en Egipto y el resto del mundo árabe, confirmaron la trascendencia de su red social, usada como medio y catalizador para sacudir las estructuras de gobiernos represores.

Sin que haya sido su intención, Zuckerberg se transformó en uno de los revolucionarios 2.0, así como cientos de miles de jóvenes en Medio Oriente que cambiaron adoquines y palos por Facebook, Twitter, YouTube o Google para conectarse y organizarse en las plazas públicas en tiempo récord y burlando censuras.

 

Pero aunque los gobiernos árabes fueron los sorprendidos, fue el de Barack Obama el que mejor lección aprendió. Después de casi un siglo de promover e imponer sin tanto éxito la democracia mediante costosísimas invasiones, guerras, e información y propaganda a través de la Voz de América, el gobierno estadounidense comprobó que Internet es un arma mucho más contundente, rápida, barata y menos traumática. No se necesitan tanques ni soldados, sino empoderar a los oprimidos para que armen sus propias revoluciones.

 

La evidencia, tras el derrocamiento presidencial en Egipto y Túnez, y el “cibercontagio” de protestas en Argelia, Jordania, Yemen, Bahréin, Libia e Irán, convenció a Obama de lanzar una pacífica, pero decidida ofensiva 2.0 para promover la democracia y la libre expresión, advirtiendo que ya nadie será capaz de frenar con represión y violencia “el hambre de libertad”.

 

En ese espíritu, la canciller estadounidense, Hillary Clinton, anunció esta semana una inversión de 25 millones de dólares para ayudar a blogueros y ciber-disidentes a burlar los bloqueos y filtraciones de gobiernos censores, como los de Arabia Saudí, China, Cuba, Egipto e Irán. En un encendido discurso, advirtió que los gobiernos totalitarios que no liberan el Internet corren dos riesgos, sufrirán la experiencia que sacude al mundo árabe y se perderán los beneficios económicos y sociales que devienen del uso de la red virtual.

Wikileaks se legitima

 

Más allá del mensaje hacia el exterior que se puede extraer de esta ofensiva 2.0, lo importante es que se ratifica la posición interna de EEUU de preservar la naturaleza abierta y libre de Internet, que en algún momento se vio titubeante cuando Julián Assange filtró por Wikileaks cables diplomáticos comprometedores, por lo que muchos pidieron su cabeza y acotar la autonomía de la web.

 

Las manifestaciones en el mundo árabe clarificaron el panorama. Hay una gran diferencia entre el necesario castigo que debe aplicarse contra los cibercriminales y los ciberdelitos -pornografía, piratería, espionaje, robo de identidad- y lo importante que es Internet libre para neutralizar y contrarrestar la censura de los opresores.

 

Desde esta perspectiva, convendría que EEUU tolere ciertos abusos y que evite represalias contra Assange, ya que éstas podrán servir de excusa a los autoritarios para prohibir Internet. Precisamente, el abuso cibernético, fue la justificación que usó el ex presidente Hosni Mubarak para apagar Internet por cinco días y encarcelar a Wael Ghonim, directivo de Google. No era para menos, Ghonim, otro revolucionario 2.0 como Assange, fue el responsable de las revueltas juveniles que desencadenaron la caída del régimen, después de crear una página en Facebook para protestar por el asesinato en junio de 2010 del bloguero Khaled Said, a manos de la policía.

Si bien la promoción de la red virtual como arma democrática es de eficiencia probada, será importante que el gobierno de Obama no caiga en la tentación de usarla como medio de propaganda. Una línea muy delgada divide la imposición de contenidos, como los microblogs ya lanzados en varios idiomas para arengar a los jóvenes, con las presiones que se deben generar contra los gobiernos tiránicos para que liberen Internet.

 

Obama debe recordar que el éxito de Internet y las redes sociales está dado por la función limitada que en ellas tiene el Estado, el que no podría dotarlas de la creatividad, innovación y constante crecimiento que le aporta el sector privado. Justamente esos atributos, forjados por los revolucionarios 2.0, sin imposiciones ni ofensivas gubernamentales foráneas, fueron de los que voluntariamente se sirvieron los tunecinos y egipcios para gestar sus revoluciones.

 

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