“EL CARACAZO”

Manuel Felipe Sierra

FÁBULA COTIDIANA
Manuel Felipe Sierra
manuelfsierra@yahoo.com

 

El 16 de febrero de 1989 Carlos Andrés Pérez presentó las líneas de un programa de ajuste económico denominado “El Gran Viraje”. El 27 de febrero se registraron disturbios en el eje Guarenas-Guatire. No era la primera vez que ocurrían hechos de este tipo. En los últimos meses el país se había acostumbrado a cierta conflictividad a nivel comunitario y estudiantil. Ahora se trataba de una protesta originada por el aumento de los precios del transporte colectivo. Los  manifestantes convirtieron en objetivo de su ira a supermercados y abastos que comenzaron a ser desvalijados  furiosamente. Nadie pensó que en cosa de horas podrían repetirse hechos similares en sectores estratégicos de Caracas. Comenzaban las llamas de “El Caracazo”.

 

Un día antes había entrado en vigencia el aumento del precio de la gasolina, lo que ya era común a lo largo de los últimos años y en este caso además,  se trataba solo de un modesto incremento. Todavía no podían sentirse las consecuencias de las medidas anunciadas dos semanas antes y que contemplaban modificaciones en las tarifas de luz, agua y teléfono, el impuesto sobre la renta, los aranceles de aduanas,  y para la importación de bienes; además de establecer un nuevo esquema cambiario con un cambio único determinado por la oferta y la demanda.

¿A qué obedecía entonces el desbordamiento de sectores sociales que  habría de cobrar mayor fuerza durante las horas siguientes y que obligaría  al toque de queda, la suspensión de garantías  y el uso de la fuerza militar  en las calles? Para los sectores de oposición se trataba de un rechazo automático a las medidas contempladas en el llamado “paquete económico” que suponían severos  cambios en la economía. Todo obedecería a las indicaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) un organismo que recomendaba drásticas restricciones para las complicaciones económicas de los países latinoamericanos. ¿Era indispensable la receta fondomonetarista (simplificada con la definición de “neoliberal”) para afrontar la situación económica venezolana que no registraba todavía la gravedad de los países vecinos? ¿Acaso la reciente victoria de Carlos Andrés Pérez y su nuevo gobierno no prometían en el imaginario colectivo el regreso a una etapa de holgura, de estimulo al consumo, de pleno empleo y notables logros sociales?

 

El hecho cierto es que la protesta se extendió a otras zonas de Caracas y que todavía el primero de marzo se producían saqueos en Petare, Catia, 23 de Enero, El Cementerio, San Bernardino, San Martin, Prado de Maria, Lomas de Urdaneta, Lídice y El Guarataro. Las agencias noticiosas transmitían la cifra de más de un millar de muertos mientras las autoridades reconocían apenas doscientos. La Morgue de Bello Monte se declaraba en emergencia. Un cable de la AFP informaba: “Barricadas, marchas y saqueos se produjeron en varias de las principales ciudades de Venezuela al comenzar la aplicación de alzas en las tarifas del transporte publico, la mas visible consecuencia de un paquete de ajustes acordado con el FMI. El alza oficial del 30% en esas tarifas que siguió a una duplicación en los precios de combustibles y lubricantes, sirvió como detonante para la oleada de las protestas callejeras”

 

Carlos Andrés Pérez  meses después tuvo una explicación de lo ocurrido: “Al llegar al gobierno encontré no sólo las arcas vacías y el problema de la escasez de divisas para la importación sino también el desabastecimiento  que había creado la política de control de precios y de control de cambio”. Con el tiempo es posible valorar que varios factores decretaron la conmoción. El alza del pasaje urbano y el prolongado desabastecimiento de artículos de primera necesidad durante el gobierno de Lusinchi habían estimulado sin duda un clima de tensión  reprimida que detonó aquella mañana. La cobertura televisiva de los motines en tiempo real desató un “efecto-demostración” no sólo en las barriadas sino   que hombres y mujeres de la clase media saquearon tiendas en los centros comerciales con saña implacable. La Policía Metropolitana era incapaz de reestablecer el orden y más bien en algunas zonas sus agentes se convirtieron en saqueadores, porque el cuerpo vivía una situación de anarquía y desorden interno que obligó poco después a su intervención. El uso de las fuerzas armadas, en su lugar, resultó contraproducente por cuanto éstas   están preparadas para acciones de guerra y no para contingencias de alteración del orden público.

 

Los hechos o la “revuelta consumista” como la califica María Sol Pérez Schael, representaban una novedosa y agresiva reacción de grupos sociales que actuaban sin responder a líneas políticas y carecían de lideres conocidos. Por eso, resulta temerario suponer que estas sangrientas acciones significaban una respuesta a medidas cuyos efectos todavía no eran sentidos por la población. Seria más bien  una  traumática evidencia del malestar de las clases más necesitadas por su veloz empobrecimiento como obra de la devaluación sostenida de la moneda y  la pérdida  de su calidad de vida. Se reflejaba también la nueva composición de la marginalidad caraqueña, fortalecida por contingentes inmigratorios de naciones andinas y caribeñas, portadoras de una mayor rabia social y por último  dejaba al descubierto  la falta de representatividad de los liderazgos tradicionales y la ausencia de expresiones contestatarias,  nuevas y consistentes.

 

No obstante, para el chavismo la lectura hubo de simplificarse al máximo: habría sido la partida de nacimiento de un proceso revolucionario que entre otras características se alimenta de una interpretación ligera y caprichosa de la historia.

 
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