El tema

Elsa Cardozo

Elsa Cardozo
elsacardozo@gmail.com

 

Alguna vez, en los años finales de la Guerra Fría, tras una discusión en clase sobre la posibilidad de una sociedad internacional, uno de mis compañeros de curso me dijo algo así como: “Mijita, aterriza; la política internacional se debe a la seguridad de los Estados y no a las aspiraciones de la gente común”. Enseguida presentó un largo argumento, cual un monsieur Jourdain que hablara en prosa realista sin saberlo y sin preguntarse, por supuesto, si no podrían crearse discursos distintos de los que obligaban los conceptos y prácticas de la política de poder.

Pese a los años y cambios acumulados desde entonces, reencuentro en el trasfondo y evolución de las crisis en el norte de África y su proyección sobre el Medio Oriente los persistentes trazos de aquella prosa.

No sólo han estado en los regímenes que ahora van colapsando en crisis interior, sino en la actitud de los gobiernos de otros países que privilegiaron la estabilidad internacional y se hicieron ciegos, sordos y mudos ante gobernantes que, en diversa medida, se apropiaron del Estado a la vez que se desentendieron, hasta el abuso, de sus propios paisanos.

Así se fueron alimentando, desde la conformidad y los negocios con regímenes más o menos estables, las revoluciones de las que ahora somos testigos. Entre ellas la más grave y de más incierta evolución es la de Libia, precisamente por la combinación de la fusión de gobernante y Estado, apoyada en paramilitares, comités tribales y mercenarios dispuestos a masacrar civiles y desertores, en nombre de la seguridad del Gobierno.

No es el caso, en lo que a seguridad internacional se refiere, negar las amenazas obvias que tal grado de conflicto activa: los graves efectos en el alza de los precios del petróleo sobre la maltrecha economía global, la presión de las oleadas de inmigrantes que ya se iniciaron y continuarán sobre Europa y, no menos importante, el riesgo de proliferación del caos y la ruptura del precario equilibrio en el polvorín geopolítico del Medio Oriente.

Todas son preocupaciones justificadas y requieren atención. Pero en el camino no hay que olvidar los errores pasados, por acción y omisión, que ahora son tan difíciles como necesarios de superar para mejorar la seguridad internacional en un sentido a la vez más humano y sostenible.

Ojalá que de los mea culpa y respuestas de algunos líderes europeos ­junto con el giro al multilateralismo y la consulta en la política exterior estadounidense­ surgiera la voluntad de concertar esfuerzos internacionales en el problema de fondo: que la seguridad internacional y la de cada Estado son independientes de la seguridad de las personas y sus derechos.

 

La práctica política de equilibrios y contenciones ha sido así resumida por la ministra de Defensa de España: “En demasiadas ocasiones nuestra prudencia ha significado benevolencia con los tiranos”.

Le perdí la pista a mi contertulio de los años universitarios, pero me temo que bien pudo dedicarse a la diplomacia. Hoy le diría que si algo revelan las revoluciones africanas y debería ser seriamente asimilado por el vecindario más y menos cercano, es que la seguridad del Estado ­y la internacional­ no están aseguradas, ni merecen ser resguardadas, cuando las políticas exteriores (e interiores) niegan los derechos fundamentales y aspiraciones esenciales de la gente. Ese sigue siendo el tema.

 

@ELNACIONAL

 

 
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