LAS FOTOS QUE SE QUEDAN VACÍAS

Sergio Ramírez

Sergio Ramírez

Que la gente tome por su cuenta el restablecimiento de la democracia no es un asunto de geografía. Ha sucedido ya en América Latina no pocas veces

 

Como parte de la intensa jornada con que se celebró en Bogotá el centenario de la fundación del diario El Tiempo, me tocó compartir con José Miguel Insulza, actual secretario general de la Organización de Estados Americanos, y con Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano, el panel de discusión acerca del futuro de la democracia en América Latina.

 

Las preguntas que pueden plantearse son atractivas, además de fundamentales. ¿Hemos avanzado lo suficiente en el camino hacia la conquista de la democracia como sistema de vida, sin vuelta atrás? ¿Será el siglo veintiuno el siglo de la consolidación democrática? ¿Tenemos todos, gobiernos y ciudadanos, una sola visión de la democracia? ¿Ha desaparecido el caudillismo que desprecia las reglas constitucionales y el orden legal, o por el contrario, sobrevive como un fantasma del viejo pasado? Que ha habido progresos fue algo en lo que los tres panelistas estuvimos de acuerdo. Quienes quieren quedarse para siempre en el poder, acomodando a su antojo las leyes, y despreciando y manipulando la Constitución, no son la regla sino la excepción, y son los que sin duda están expuestos a los vientos de cambio que hoy día soplan con inusitada fuerza desde oriente, esas rebeliones ciudadanas que llenan las plazas y no cesan sus airadas protestas, día tras día, noche tras noche, hasta que el tirano que se cree eterno tiene que marcharse por la puerta de la cocina huyendo de las iras populares.

Que la gente tome por su cuenta el restablecimiento de la democracia no es un asunto de geografía. Ha sucedido ya en América Latina no pocas veces, prueba de que cuando hay anomalías y vicios en el ejercicio del poder es la gente en las calles quien se encarga de corregirlos. Los ejemplos sobran. Entre las más preciadas de mi colección de fotos históricas tengo una de la Cumbre de jefes de Estado de la OEA celebrada en Panamá el 22 de julio de 1956, a la que asistió el presidente Dwight Eisenhower de Estados Unidos. Eran los tiempos dorados de las repúblicas bananeras, cuando los hermanos Dulles, uno desde el Departamento de Estado, el otro desde la CIA, ejercían a plenitud su señorío, y sostenían y quitaban gobiernos, como había ocurrido dos años atrás con el derrocamiento del presidente de Guatemala, Jacobo Arbenz.

 

Allí aparece sentado a la mesa de la cumbre, precisamente, el coronel Carlos Castillo Armas, dictador de Guatemala, sustituto de Arbenz. Uno contempla esa foto y todo aquello parece un parque zoológico. Está Anastasio Somoza García, dictador de Nicaragua.

Y Fulgencio Batista, dictador de Cuba. Héctor Bienvenido Trujillo, hermano del Generalísimo Rafael Trujillo, quien suele prestarle la presidencia decorativa de la República Dominicana como deber fraternal, y está también su vecino, el general Paul Magloire, dictador de Haití. Está el general Gustavo Rojas Pinilla, dictador de Colombia, y sentado a su lado el general Marcos Pérez Jiménez, el dictador petrolero de Venezuela. En fin, hay más, pero la lista se hace demasiado larga.

 

Ya no aparece en la foto como anfitrión que hubiera sido de la cumbre, el general José Antonio Remón Cantera, dictador de Panamá, porque había muerto asesinado en una conspiración de gánsteres, mientras veía correr a su caballo en un hipódromo. Pero todos los demás piensan que esa foto en la que rodean complacidos a Eisenhower es la prueba de su eternidad. Creen que han quedado congelados allí para siempre, en la foto, y en sus cargos.

 

Sin embargo, la foto comenzará a despoblarse más rápido de lo que cualquiera pudiera imaginarse, y el primero en hacer mutis por el foro es Somoza, balaceado dos meses después en Nicaragua, y quien, cosas del destino, regresará de nuevo a Panamá en un avión enviado diligentemente por Eisenhower, sólo para morir en el hospital Gorgas de la Zona del Canal; pero logra heredar el poder a sus hijos. A los pocos días, el general Magloire huye de Haití entre huelgas y protestas callejeras, para nada bueno sin embargo, pues quien lo sustituirá es no otro que Papa Doc, François Duvalier.

 

En mayo de 1957 se derrumba la dictadura de Rojas Pinilla, anunciada por una rechifla que cae como un coro admonitorio sobre su hija Eugenia y su marido en la plaza de toros de Bogotá. Y justo al año de haberse celebrado la cumbre, en julio de 1957, el dictador Castillo Armas es asesinado en Guatemala por un miembro de su guardia personal. Pérez Jiménez saldrá huyendo de Caracas en 1958, en medio del júbilo popular, y al terminar el año de 1959 también saldrá huyendo Batista de La Habana, a buscar refugio en República Dominicana donde Trujillo, que ya ha recibido también al derrocado general Juan Domingo Perón, dictador de Argentina, sucumbirá también a las balas en 1961.

 

No desaparecieron las dictaduras, es cierto. Vinieron otras, en no pocos casos peores, las dictaduras del cono sur, por ejemplo, o la de Duvalier, o las que siguieron en Guatemala. Todas ellas establecieron el genocidio como regla, los cementerios clandestinos, los desaparecidos. Hoy, cuando vemos al general Videla, el dictador de Argentina, sentado en el banquillo de los acusados, juzgado por sus crímenes, parece un anciano inofensivo que aún no acaba de entender lo que le pasa, como no lo entendió el general Pinochet, el dictador de Chile, cuando vestido de lord inglés recibió en Londres la notificación de que era un reo sujeto a un proceso de extradición.

 

Y Mubarak, ¿pensó alguna vez que también sería borrado de la foto? No lo pensó, con seguridad. La gente, entusiasta y enardecida, desgarró por todo El Cairo los gigantescos afiches con su efigie, de modo que en las tomas de televisión podemos ver unas veces que sólo le queda la mitad de la cara, o sólo un ojo, o sólo la frente, mientras las manos vindicativas progresan en su implacable tarea hasta hacer desaparecer su rostro para siempre.

 

Otro dictador de mala memoria, que olvida lo que los pueblos siempre recuerdan.

 

@ELNACIONAL

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