SIGLO VOLCÁNICO

Américo Martin

Américo Martín

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Cronológicamente hablando el siglo XXI es un niño de diez años. Pero históricamente, es un joven de veinte porque comenzó a perfilarse con la caída del imperio soviético en los albores de 1900. Según Eric Hosbawn, uno de los historiadores vivos más notables del mundo, el XX fue un siglo corto: se inició en 1914 con la Gran Guerra y terminó al derrumbarse el Muro de Berlín. Cien años convertidos en 84. A contrapelo, el XXI sería un siglo largo -10 de ñapa- si alguna eclosión no le cambia el rumbo prematuramente.

Estas precisiones no tendrían la menor importancia si el nuevo siglo no presentara, ahora mismo, diferencias sustanciales con el anterior. Con excesiva simplificación podríamos decir que el XX, dominado en parte por el pensamiento de Marx y sus epígonos, sobreponía “lo social” a lo democrático, “la revolución” a la ley, “el socialismo” a la libertad. Y sin embargo, desde que comenzó la decadencia del marxismo como filosofía o sedicente “ciencia”, al alimón  con el naufragio de la URSS, la democracia, que estaba intelectualmente en el subsuelo y era percibida cual mezquina formalidad, ha venido recuperando la calle incluso en regiones al servicio de déspotas iluminados, como puede apreciarse en el norte de Africa y el Cercano Oriente.

Hacer de la democracia una causa plebeya de millones, es lo que podría consolidarse como aporte del nuevo milenio. No se sostienen más los despotismos que la sacrificaban en nombre de “los de abajo”, pues éstos se han reconciliado con ella. Probablemente se irá desvaneciendo el hábito de ofrecer utopías redentoras con el fin de justificar dictaduras, abolir derechos fundamentales o pedirle a la gente grandes sacrificios en nombre de una  futura prosperidad que como el hoy no fío mañana sí, nunca termina de llegar.

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Creo que esa debería ser la más importante lección de la hermosa emergencia que, al precio de colosales sufrimientos populares, está desalojando del poder en Libia a un genocida, y hace nada triunfó en Túnez y Egipto. No es poca cosa destruir sistemas totalitarios brutales dominados por narcisos iluminados con un enfermizo afán de perpetuidad. En Iberoamérica el fenómeno se repite sin gran derramamiento de sangre. La retrogradación tangible del ALBA y de movimientos opositores que empujaban a sus países a incorporarse a esa entente sin destino ni futuro, es una prueba de la decadencia del socialismo siglo XXI. López Obrador pudo ganar las pasadas elecciones y hoy es minoría en el PRD cuya aceptación ha caído al 9%. Ollanta Humala quien le ganó la primera vuelta a Alan García, aparece ahora en cuarto lugar con no más de 10%. En Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil la izquierda se alejó de los peligrosos simplismos del ALBA y del presidente Chávez. En Colombia, las FARC y la izquierda radical están en coma.  En Centroamérica, salvo Nicaragua, la tendencia es la misma. En República Dominicana el gran Leonel Fernández marca la ruta democrática. En Bolivia, Evo Morales difícilmente ganará otra elección. Y en Venezuela, el 2012 podría ser el punto de partida del más profundo viraje democrático. Es una impresionante tornavolta. Las reelecciones y el continuismo son vistos con creciente ojeriza.

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En su declive, las autocracias revolucionarias son sometidas a una fuerte crítica basada en el Derecho Internacional Humanitario. Al convertirse los derechos humanos en causa de la Humanidad por encima de las fronteras nacionales, nació una forma legítima de intervención internacional en cada país. Sería inmoral permitirle a un déspota que masacrara a su propio pueblo, como en Libia, o que atentara sistemáticamente contra los derechos humanos y libertades fundamentales, como en nuestro país.

Pero los despotismos y autocracias no quieren esa presencia. Venezuela, Libia, Cuba y Corea del Norte son los únicos países que no permiten la presencia de los organismos mundiales y regionales de Derechos Humanos. Alegan la No Intervención, que interpretan como escudo para disponer a su gusto de la suerte de sus connacionales. La No Intervención es un principio irrenunciable del derecho internacional, pero es aberrante convertirlo en medio para sabotear los derechos humanos.

En  nuestra Asamblea Nacional la mayoría oficialista quiere meter una declaración capciosa sobre los sucesos de Libia. Sin atreverse a defender abiertamente el genocidio, invoca la No Intervención, tratando de que la horrorizada humanidad no castigue a Gadafi por actos de lesa humanidad. Los dóciles parlamentarios gubernamentales quieren convalidar un hiper crimen.

Gadafi es un déspota asesino y Chávez sólo un autócrata antidemocrático, pero tienen en común la argucia de la identidad nacional y el patriotismo basados en el odio, cuando la verdadera Patria se constituye sobre sentimientos de amor. Un personaje de la novela de Humberto Eco, El Cementerio de Praga, declara:

Alguien ha dicho que el patriotismo (el falso, me permito recordar) es el último refugio de los canallas; los que no tienen principios morales se suelen envolver en esa bandera. Y agrega: Hace falta a quien odiar para sentirse justificados en la propia miseria.

El personaje es un bellaco, pero Eco no lo es, y se entiende que ha elegido a un hombre torvo para decir grandes verdades, las suyas propias.

 
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