CONTRA LAS CUERDAS

Américo Martin

Américo Martín

 

No tiene salida y el país lo está percibiendo. Si hace una hecatombe de despedidos, detonará la bomba, y también ocurrirá eso si mantiene la abultada nómina sin incrementar el ingreso real. ¿Qué puede hacer?

El hombre conspira contra sí mismo, eso es verdad. Pero también lo es que, contra las cuerdas, su instinto lo induce a recuperar alguna forma de iniciativa, echando mano de cualquier recurso, así niegue lo que minutos antes ha postulado. Sus arrobados leales ven en tales esguinces una diestra manera de convertir las derrotas en victorias. Olvidan que esas derrotas son gratuitas: se las inflige él mismo, y por lo tanto no hace más que mitigar sus disparates. No es mal gladiador, pero se desgasta luchando contra sus propias fantasías.

 

Lo demuestra el salto atrás que protagonizó al poner en libertad al líder de la Ferrominera estatal, después de ordenarle a su tribunal que lo sentenciara a ocho años por dirigir una huelga legítima, pacífica y legal. Fuera de Venezuela quizá se ignore que el régimen socialista ha enjuiciado a más de cien dirigentes sindicales, muchos de los cuales eran de su partido y ahora están en la disidencia. La sentencia contra el líder ferrominero Rubén González fue como la nariz de Cleopatra. Estuvo en trance de estallar una huelga general en el territorio nacional.

 

Digamos de paso que el presidente confirmó la docilidad del Poder Judicial. Recibió éste la orden de sentenciar, y pocos días después, la contraorden de liberar. Pero el país tomó nota de que la inmensa mayoría de los trabajadores disiente fuertemente. Con la fiebre de las expropiaciones que en todos los casos condujo a una caída de la producción, muchos miles de ocupados en el área privada se convirtieron en empleados públicos. Puesto que en los últimos cinco años la inflación venezolana ha superado holgadamente la del resto del hemisferio, y la creciente deuda pública ha desdorado el interés en los bonos emitidos por el Estado y PDVSA, el gobierno se puso la soga al cuello, como el Chacumbele del danzón cubano.

Es, a confesión de un desconsolado Fidel, el fracaso del sistema. Por eso la política de shock que Cuba oficializará en abril deja en pañales las del socorrido neoliberalismo. El señor Chávez se ha colocado en el disparadero de despedir, como en Cuba, cientos de miles de empleados públicos o, por el contrario, sepultar con piedra y lodo sus salarios. Sencillamente no tiene salida y el país lo está percibiendo. Si hace una hecatombe de despedidos, detonará la bomba, y también ocurrirá eso si mantiene la abultada nómina sin incrementar el ingreso real. Como el pobre Odiseo, su barco pendulará entre Caribdis y Scila, dos furiosas corrientes marinas enfrentadas. ¿Qué puede hacer? Ni él ni nadie lo sabe. Lo que sí sabemos es que con gas tóxico y bayonetas todo empeorará, según demostraron los estudiantes de la huelga de hambre y los trabajadores que rescataron a Rubén González. Liberando a González, Chávez quitó el detonante pero dejó la bomba. A correr la arruga se reduce su celebrada habilidad.

 

De la misma naturaleza es la mediación en la crisis libia que, con desparpajo, postuló el presidente Chávez, flanqueado por Fidel y Ortega. Fidel es hoy un librepensador que no necesariamente interpreta al gobierno; el descrédito de Ortega es abismante, y Chávez está más aislado de lo que admite. El mundo se alineó, con más y menos, a la condena del genocida.

Rubén González, líder ferrominero

¿Se habrá estancado la guerra de liberación? Gadafi es odiado por el pueblo, pero está atrincherado en Trípoli con sus mercenarios y un armamento superior. Condenado universalmente, sabe que si pierde el poder no tendrá donde esconderse. ¿Ahora quién podrá ayudarlo? ¡El chapulín venezolano empuñando el martillo de la mediación! Porque aunque lo descalifica su apoyo a Gadafi, soñar nada cuesta. En Colombia se le desinfló una similar por ser juez y parte. Ceteris paribus, en el conflicto libio los rebeldes y sus amigos difícilmente aceptarán que el réferi juegue para el equipo contrario.

 

Si se trata de dialogar, habrá que buscarse a otro.

 

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