EL EXTRAÑO CASO DE HUGO

Carlos Blanco

Carlos Blanco

Tiempo de Palabra

“Tal vez lo que Chávez hace hoy es ganar tiempo para volver a las andadas”.

 

Hay una cierta moderación no por sospechosa menos cierta. El que hablaba el lenguaje de la guerra ahora parece como si emergiera de una cartuja. Ya no es la rodilla en tierra que clama por el fusil y la puntería sino las dos rodillas en el reclinatorio para la oración vespertina, con confesión y comunión incluidas. El que llamaba a la destrucción del enemigo hoy habla de entendimientos. No ha mandado a nadie a limpiarse sus intimidades o, peor, a rellenarlas de cilindros imposibles; más bien evangeliza como si el fin de mundo estuviera próximo y la salvación de las almas fuese su primer cometido. Por supuesto, a la menor oportunidad sigue antiimperialista, no vaya a ser…

Existe la hipótesis del desvarío. Siempre a mano y siempre útil para explicar las maneras del caudillo. Se habla de la condición bipolar; pero a personaje tan enfático y altisonante tal vez mejor le acomodaría la de multipolar dada la posibilidad de estar contento y furioso, engreído y distraído, engripado y solemne, todo al mismo tiempo. Sin embargo, las circunvoluciones del alma no son suficiente explicación para los recientes giros adoptados. Pareciera que sabe dónde le aprieta el zapato y podría estar en uno de esos giros sinalagmáticos en los que retrocede de espalda y parece como si viniera.

 

Amabilidades. Hace un tiempo era imposible pensar que el dueño de la caja de los truenos pudiese recibir con tantas amabilidades a la ministra colombiana María Ángela Holguín. Decía que la oligarquía colombiana dominaba a ese país desde Santander en adelante. Los genuinos representantes del pueblo -se afirmaba- eran los de la pandilla homicida de Marulanda y la matrona que pasea su turbante a punta de Pdvsa. Hete aquí que después de haberle declarado la guerra y haber mandado los tanques que no alcanzaron a llegar a Tinaquillo, sin que mediara un solo disparo vengador, la fraternidad adorna las relaciones. Esa amistad con Santos no puede ser más rara.

 

Ha pretendido sacarle las castañas del fuego al hermano Gadafi con ese corcho salvavidas de la mediación, que es una manera de ayudar al abatido miembro de la cofradía malvada y, al mismo tiempo, le permite tomar distancia y mostrarse como neutral. En todo caso, enarbola la bandera de la paz y simula maneras de estadista.

 

La prudencia en lo doméstico también se ha manifestado. Habla de la convivencia política con el mismo desparpajo con que llamó a destruir a los convivientes pocas semanas antes. Extiende la mano a los diputados y, en interpelaciones falsarias, como voyeur hace comentarios ácidos en contra de los opositores pero más dirigidos a ensalzar a sus ministros.

 

Da otros pasos de significación. Ordena trasladar a su casa a la digna jueza María Afiuni. Cede a la huelga de hambre de los estudiantes, aunque se quiere hacer el pícaro con los compromisos adquiridos, pero en todo caso con resultados tangibles ya obtenidos. Ordena la libertad precaria del sindicalista de Ferrominera, Rubén González, a quien los jueces del Gobierno condenaron a más de 7 años de prisión.

 

Lo cierto es que hay algo diferente en el ambiente. No se sabe si es un cambio provisional, hasta que se recupere el oxígeno y la prédica iracunda, o si es un cambio mayor que pudiera derivar hacia otros escenarios. Siguen las arbitrariedades y violaciones de los DDHH y de propiedad, pero hay una conducta diferente en relación con casos emblemáticos en la opinión pública.

 

El mundo se pone chiquito. En las semanas recientes Chávez ha sido homologado a los sátrapas que han dejado, o parecen estar al borde de dejar, el poder. No se le piensa como un estadista de izquierda sino como un autócrata zurdo, hambriento de recursos y mando. El que a alguien se le haya ocurrido que el exilio natural de Gadafi era el regazo chavista no ha hecho sino reflejar la visión que existe sobre el venezolano. Si se unen los alegatos sobre las vinculaciones con las FARC y el ELN, los entrenamientos de ETA, los trasiegos a Ahmadineyad, las furias antisemitas hacia Israel, los maletines de Cristina, los manoseos con Lukashenko y Mugabe, se tiene inevitablemente a un camarada en apuros. Camaradas, al caudillo lo agarró el catarro sin pañuelo.

 

Chávez pudiera refugiarse en Venezuela. Como taimado que es querría guarecerse de este aguacerito blanco en los brazos de sus compatriotas, pero la situación doméstica también tiene sus conflictos, los cuales no se amortiguan sino que crecen.

 

Acá se siente que no hay instancias de resolución de los problemas que no sea la protesta callejera y hasta que el cuerpo aguante. Las instituciones no existen o lo que queda de ellas no funciona, y de sobra se conoce que en casos que rocen la política nada ocurre sin que el Gobierno decida qué hacer, cuándo y cómo. La exposición de la justicia, desabrigada y en paños menores, a merced de lo que le dé su bolivariana gana a los dueños del país, confirma que no hay que ir a los tribunales sino a la calle. Hasta no hace nada los que iban a la protesta eran los opositores que recibían palo y gas “del bueno”; ahora van todos, sean chavistas o no, y el gobierno no tiene fuerza para caerle a palos a todos, todo el tiempo.

 

El Gran Viraje. Tal vez lo que Chávez hace hoy es ganar tiempo para volver a las andadas. Pero podría ser un viraje de otra naturaleza y sería un cierto abandono, como la reina que deja caer su estola con discreción, del filo más ideológico del régimen. Chávez ha utilizado el ropaje revolucionario para revestir su ambición de poder, que es lo único que lo mueve a él y a su núcleo íntimo. La revolución ha sido el palabrerío para recubrir de una cierta dignidad su delirio por la supremacía política, pero podría ocurrir que esa faceta ideológica esté tan contaminada dentro y fuera del país que ahora reduzca su significado. Colocado ante el dilema de escoger entre una revolución genuina y el poder desnudo, nadie debe dudar que escogerá este último.

 

Esa transacción realista puede llevar a Chávez a pretender negociar su autocracia con quienes hoy se le oponen; podría ofrecer espacios hasta ahora negados a cambio de que no lo molesten en sus dominios, ya -según cree- lo suficientemente estables si no se agitan demasiado las aguas de la protesta. En esta hipótesis sólo pediría que lo dejaran seguir en el poder y estaría dispuesto a ceder en algunas de las aristas más tiránicas de su gestión. Hacerlo lo llevaría a estrechar una alianza poderosa con quienes, apoyándolo o no, ya forman parte del “orden chavista”; sin embargo, este viraje implicaría una ruptura con la izquierda radical que lo ha acompañado hasta ahora.

 

“París bien vale una misa” dijo Enrique IV al convertirse al catolicismo para poder llegar al trono de Francia. ¿Pensará el menguado monarca criollo que la silla donde deposita sus limitaciones y espejismos bien vale cambiar de amuletos y mascotas?

 

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