La otra muerte de Lina Ron

Roberto Guisti

Roberto Giusti
rgiusti@eluniversal.com

 

Hasta el más horrible de los seres humanos se convierte en una buena persona luego de abandonar la vida. Y el caso de Lina Ron no parece escapar a esta fatalidad, aun cuando la tumultuaria dirigente chavista llegara a asumir, no sin gozo de su parte, la cara fea y violenta de un régimen ya de por sí marcado, de origen, por estas dos taras: la fealdad y la violencia.

Lina, han llegado a afirmar reconocidos disidentes del antichavismo, encarnaba la imagen del revolucionario puro, desprendido, entregado sin reservas a la suprema causa de la redención de los oprimidos y alguien imbuido de un tan alto grado de idealismo resulta cada vez más difícil de conseguir en las filas de esa menguante montonera vestida de rojo. Cierto. Pero olvidan, sólo porque ahora ya no está, que Lina Ron era la reina de los motorizados, la lideresa de los travestis, la soberana de los recoge latas, la generala de La Piedrita, la feroz Comandante de los grupos irregulares armados, que con un cigarrillo entre los labios, pegando alaridos y lanzando bombas molotov, traspuso las puertas de Globovisión para luego decretar la retirada sin haber podido tomar La Colina. Olvidan sus desplantes, sus insultos, pero también su histrionismo y sus furiosos cambios de carácter.

 

Fue así como, en algún momento de desencuentros con el poder, se atrevió a afrontar una entrevista con este servidor en el Programa Primera Página (también Globovisión) y aun cuando irrumpió con una intimidante guardia de corps, armada hasta los dientes, cuando salíamos del aire, entre cuña y cuña, Lina se transformaba en amable ama de casa que trataba de “mi amor” a los anclas del programa y se interesaba por su salud, su familia y sus hijos.

 

Pero es verdad, Lina tenía un lado humano donde la autenticidad, con todas sus contradicciones, sólo era superada por su altísima e inquebrantable fidelidad, perruna casi, por “mi comandante presidente”. Consciente del papel de espantajo, de uno de los yos de Chávez que él no podía interpretar, interpretó su rol de forma magistral y pagó con gusto las desautorizaciones, los regaños públicos, los ninguneos (ni diputada, ni ministra, ni nada oficial llegó a ser) y hasta los carcelazos que le produjo su atrabiliario comportamiento.

 

Quizás se murió porque intuía que la ilusión también estaba muriendo. Que el sueño se había convertido en una melcocha rancia, la pregonada justicia social en una farsa y también las amenazas de que Chávez se quedaría por las buenas o por las malas. Lina, como militante de base, que es lo que ella era, (y a pesar de sus enfurecidos twitters) ya formaba parte de esa legión de desengañados que están dejando de creer en el paraíso y para ella una vida así no valía la pena vivirla.

 

 

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