Bajo sospecha

Argelia Rios

Argelia Ríos

Gaddafi, como Chávez, y como todos los de su casta, quiere y exige una nueva oportunidad

 

Allí está, gargareando explicaciones; intentando exponerle al electorado los motivos que le animan. Si se hubiera concentrado en cumplir sus promesas, hoy sobrarían las palabras y no estaría en el trance en que se le observa. Una gran obra de gobierno le habría facilitado la tarea: bregar una reelección en estas circunstancias es mucho más que una misión espinosa. Tras dos períodos completos -más la ñapa de la relegitimación- y un legado tan deslucido, el presidente Chávez no puede hacer otra cosa que inventarse una gran razón para justificar sus aspiraciones. Esa es su mayor inquietud en este momento: tratar de impedir que el país lo identifique como a un hombre adicto al poder, a quien la primera magistratura se le ha transformado en un vicio irrefrenable; en una anomalía psicopática que le descalifique para participar en la carrera.

Con 42 años empotrado en su carpa de mandamás, Gaddafi -como todos esos despreciados “libertadores” del Medio Oriente- libra hoy una sangrienta batalla provocada por la misma causa. Al coronel libio -ejemplo apropiado en el debate venezolano- le ha resultado insuficiente mantenerse durante más de cuatro décadas en el poder. Como Chávez, y como todos los de su casta, quiere y exige una nueva oportunidad. La negativa le ha resultado inadmisible. Sin motivos para reanimar las expectativas de su pueblo, a Gadafi no le ha temblado el pulso para aniquilar a sus compatriotas. Quiere imponer su perpetuidad a sangre y fuego, conforme lo hacen quienes, disfrutando del poder durante largos períodos, se enferman al aferrarse a él desenfrenadamente, sin atender a limitaciones ni a escrúpulos morales.

La decadencia de la revolución libia es hoy una prueba del despropósito que contienen los mandatos prolongados. No es la única, desde luego, pero ésta cobra importancia en nuestro patio por la relación amistosa de sus comandantes y porque el drama describe bien cuánto daño pueden provocar a sus países aquellos que se relacionan con el poder en forma lujuriosa… Con sus obvias diferencias, el caso libio se asemeja al venezolano al representar ambos, en sus respectivas dimensiones, una saga de los gobiernos en mengua, cuyas grandes promesas quedaron reducidas a la vanidad que el poder engendra.

Gaddafi no pudo reinventar motivos para justificar su apetencia y apeló a las balas. En esta campaña por su reelección, el nuestro procurará refinar sus intenciones para ocultar la voracidad que el poder le provoca. Pero allá, lejos y cerca, estará su amigo, ajustando cuentas y recordándonos siempre cuán dañino es que un hombre retenga el poder en sus manos por tanto tiempo.

 

Esperemos a ver si los argumentos de Chávez lo liberan de las sospechas.

 

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