Berlusconi, en fuera de juego


Miguel Mora

 

Es socio de Gaddafi, El presidente Napolitano toma las riendas de la situación

 

La escalada militar de la crisis libia ha cogido al primer ministro Silvio Berlusconi en medio de la situación más débil de su carrera, enfrascado en el embarazoso caso Ruby, a la espera de resolver otras tres pendencias judiciales (el lunes arranca el juicio del caso Mills), con los sondeos mostrando su creciente caída en desgracia, y convertido en objeto de las chanzas del pueblo durante las celebraciones de los 150 años de la unidad del país.

La doble faceta de primer ministro y empresario privado han colisionado una vez más; si como político Berlusconi besó la mano de Gaddafi en público hace dos años, como dueño de Fininvest sigue asociado en negocios de cine y televisión con Lafitrade, una empresa vinculada directamente al coronel libio.

Otros factores han complicado la posición italiana. Libia ha sido históricamente su colonia más problemática, codiciada y fructífera. Desde que estalló la revuelta, Roma ha mantenido una posición tibia, cuando no errática. Según algunos, puro cinismo; para otros, “diplomacia de los negocios”. Comprensible, en todo caso. Roma necesita importar el 85% de la energía que consume, y logró asegurarse para muchos años el petróleo y el gas del pais cuando en 2008 Berlusconi y Gaddafi firmaron el Tratado de Amistad, Cooperación y Asociación.

Un pacto de reparación poscolonial tan perverso como próspero: Gaddafi garantizó la entrada de 180 empresas italianas en Libia, amplió la histórica presencia de la petrolera ENI en Libia, capitalizó con sus petrodólares compañías clave como Unicredit y Finmeccanica, hizo varias visitas humillantes a Roma, y prohibió a Italia ceder su territorio a terceros para atacar a Trípoli.

La situación viró del todo el viernes, cuando se aprobó la resolución de la ONU. Hasta ese momento, la Embajada y el Consulado italianos en Trípoli no cerraron sus puertas, probando que Roma ha mantenido vías de diálogo abiertas tanto con la oposición como con el régimen, tratando de manejar sus dos grandes aprensiones: la pérdida de influencia y de contratos frente a Francia, que asoma como futuro referente europeo del hipotético nuevo régimen, y el temor a las represalias -migratorias, pero también militares- de Gaddafi.

La resolución de la ONU ha recordado a Roma que su primera lealtad es euroatlántica. Con Berlusconi en fuera de juego, ha sido el presidente de la República, Giorgio Napolitano, quien ha conducido la nave. El viernes, en Turín, fue él quien anunció que el país debía tomar “decisiones difíciles” sobre Libia. “No podemos permanecer impasibles ante el risorgimento árabe”, dijo Napolitano. Horas después, Italia ponía sus siete bases a disposición de la OTAN y solamente excluía enviar fuerzas terrestres.

Como gran metáfora, la noticia llegó desde Nueva York a Roma cuando sonaba el Nabucco en el Teatro de la Ópera. Riccardo Muti dirigía, Berlusconi dormitaba, y Napolitano recibía ovaciones. Hubo una reunión urgente en una salita discreta: Berlusconi; su número dos, Gianni Letta; el ministro de Defensa, y Napolitano. Al día siguiente tuvo que ser la oposición del Partido Democrático, impulsada por Napolitano, quien salvó con sus votos la moción que mete a Italia en el conflicto libio.

 
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