EL TELESOCIALISMO DEL SIGLO XXI

Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com

Chávez, en cadena nacional y doblado al chino, habla de las viviendas que entregará en 2018, dando por descontado que, en ese año, él y su programa seguirán al aire

 

Aquel domingo en la tarde, cuando Zobeyda Josefina Morales levantó el teléfono, quedó inmediatamente paralizada. Del otro lado de la línea, sólo alcanzó a escuchar dos frases: “Zeng ping tiau ñong pin fú ¡Jua kin tiang ming Zu guey fin!”. Tras dos segundos de duda, miró a su marido con una seriedad poco común: “Coño, Chuo, ¡no me digas que te pusiste a pedir comida china!”, le reclamó. Estaban en la carpa número 63 del destacamento militar. Corría el mes de marzo de 2017. Llevaban ya ocho años viviendo ahí. En el auricular, volvió a sonar otra frase incomprensible. Zobeyda estuvo a punto de soltar algo sobre lumpias y chop suey cuando, de repente, escuchó una voz conocida: “¡Eh! ¡Ajá! ¿Quién anda por ahi? ¿No me reconocen? Estamos llamando, en vivo y directo, desde el programa Aló, Presidente. Oye, Hong Bo, ¿cómo se dice Aló, Presidente en chino, ah?”.

No pude evitarlo. Mientras veía una de las cadenas orientales de esta semana, me vino de pronto esa imagen. La idea de que ahora sí es verdad que todo se solucionó: ¡llegaron los chinos!, me remitió de forma irremediable a un espectáculo de variedades donde, cada semana, va rotando un número distinto, otro acto de magia, un nuevo elefante colorado que salta sobre una sola pata, seis malabaristas que eructan fuego, un payaso con un zapato más largo que el otro. ¿No vivimos hace ya un tiempo lo mismo con los rusos? ¿No asistimos ya a algo parecido con los bielorrusos? ¿Y los turcos? ¿No estuvieron por aquí, hace poco, en el mismo plan? ¿Dónde hemos visto y oído todo esto antes? El asunto, en realidad, no tiene que ver con el inmenso número de viviendas que necesita el país. Se trata, más bien, nuevamente, de la forma como el Gobierno aprovecha cualquier elemento para el ejercicio publicitario de su programa fundamental: instalar la certeza de la revolución infinita en la sociedad venezolana. Por eso, en parte, la gerencia pública tiene cada vez menos peso, menos trascendencia, menos información, menos transparencia, menos control… mientras, se desarrolla ante nosotros, con inédita fuerza, un Estado televisivo.

El tiempo de la televisión no tiene límites. Es el tiempo ideal para el Gobierno. Chávez, en cadena nacional y doblado al chino, habla de las viviendas que entregará en 2018, dando por descontado que, en ese año, él y su programa seguirán al aire.

 

También su gobierno ya es un género televisivo. El caso de los estudiantes, esta misma semana, es otro ejemplo significativo. Lo que resulta irritante para el oficialismo, lo que todos ellos saben pero no han podido jamás contrarrestar, es su consecuente falta de convocatoria y de liderazgo en las universidades públicas, espacio de tradición de rebeldía y resistencia, de pensamiento crítico y disidencia de izquierda, en todo el país.

 

Ahí, el Gobierno no ha logrado ganar una elección de importancia, no ha conquistado grandes instancias de poder. Todos, o casi todos, los llamados líderes estudiantiles del oficialismo son un producto mediático. Su base es Chávez. Su acción supuestamente revolucionaria se reduce a los medios. En ellos, también, es más importante la telegenia que el trabajo político.

 

La imagen de todos ellos, encerrados en un estudio de una televisora privada, mientras los otros jóvenes caminaban por las calles y eran recibidos por la Asamblea Nacional, terminó siendo contraproducente para el oficialismo. Desnudó el patetismo de su soledad en el ámbito estudiantil. Eso son. Justamente eso. Unos pocos en un foro, delante de tres cámaras. Su única legitimidad está en la televisión.

Al principio de este proceso, el Gobierno cuestionaba a la oposición y denunciaba que su única acción, que su única relación con el país se producía a través de las cámaras de la TV. “Vayan a los barrios”, decía. “Recorran el territorio. Hablen con la gente”. Probablemente, en más de un caso, tenía razón. Mucho le ha costado a cierta oposición empezar a establecer otra relación con los venezolanos, conocer y aprender del país que parecía estar invisible en 1998. Pero, doce años después, en su afán por atornillarse al poder, el Gobierno es ahora un espejo de lo que antes tanto criticaba.

En Abecedario, un libro fascinante que navega entre el diario y las memorias, Czeslaw Milosz se pregunta: “¿Quizás ya no hay otra realidad que la inventada?”. Tal vez esa pregunta flota hoy sobre nosotros. La dedicación mediática del Gobierno es insólita. Pasan más tiempo en la televisión que en el país.

 

Metáfora cruel: el Presidente nos habla en chino para seguir teniendo rating.

 

 

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