GLORIAS PATRIAS Y ESPECULACIÓN FINANCIERA

Ibsen Martínez

Ibsen Martínez

 

El anuncio de un multimillonario mausoleo donde han de reposar -es un decir- los restos del Libertador, trae a la memoria otros negociados cuya motivación ha sido honrar la memoria de los héroes patrios. Pienso en la espada de Bolívar, conocida también como “la espada del Perú”.

Antonio Guzman Blanco

 

Muammar Gaddafi, Robert Mugabe, Alexander Lukashenko, Vladimir Putin, Raúl Castro y Mahmoud Ahmadineyad, por ejemplo, cada cual en momentos distintos, ha sido distinguido con una réplica de la espada de oro -diamantes y rubíes engastados- que el Congreso Constituyente del Perú ofrendó a Simón Bolívar en 1826, poco después de Ayacucho, la batalla que puso fin al dominio español en Suramérica.

 

Se calcula que las réplicas nos han costado ya unos 800.000 dólares.

 

Junto con la espada original, y a instancias del Congreso peruano, el Ayuntamiento de Lima obsequió a Bolívar un millón de pesos. Un millón de pesos peruanos de la época equivalían a un millón de dólares de entonces.

 

Una conversión algo compleja, basada en el índice de precios al consumidor estadounidense para 2010, y tomando en cuenta factores de deflación, arrojaría que “el millón del Perú”, como dieron en llamarlo en Caracas, equivaldría hoy a unos veintiocho millones y medio de dólares.

 

Característicamente, Bolívar aceptó halagadísimo la espada y los títulos que venían adheridos a ella, pero rehusó la plata.

 

Los congresistas peruanos volvieron a la carga instando a Bolívar a “destinar dicho millón a obras de beneficencia a favor del dichoso pueblo que le vio nacer y demás [pueblos] de la República de Colombia que tuviese Su Excelencia por conveniente”. Bolívar respondió, sin ocultar su exasperación: “Sea cual sea la tenacidad del Congreso Constituyente, no habrá poder humano que me obligue a aceptar un don que [a] mi conciencia repugna”. Los congresantes se declararon entonces resueltos a no dejarse vencer en “la hermosa contienda” y, motu proprio, destinaron el millón “al pueblo que vio nacer” al Libertador.

 

Todo indica que Bolívar consideró que una nueva repulsa de su parte podría interpretarse como descortesía y dio las gracias. “De este rasgo de urbanidad -escribe con sorna el escritor venezolano Ramón Díaz Sánchez- la Municipalidad caraqueña dedujo tener derechos particulares sobre el millón”.

Simón Bolivar

En efecto, unos veinte años después de la muerte de Bolívar, en la década de 1850, y en medio de una grave crisis fiscal en Venezuela, el Ayuntamiento de Caracas promovió una investigación que lo llevó a informarse con personas que acompañaron a Bolívar en la campaña del Sur. Todos los interrogados aseguraron que el Héroe por fin habría aceptado la gratitud peruana.

 

En vista de ello, un señor muy despabilado llamado Antonio Leocadio Guzmán -sí; era el papá del llamado “Autócrata Civilizador”, Antonio Guzmán Blanco- se lanzó a una personal “campaña del Sur” al ponerse literalmente en camino para recuperar el dinero que Bolívar dejó olvidado en el Perú que, por entonces, vivía el boom del guano.

 

Guzmán se reveló también en aquellos días como hombre muy dotado para la especulación financiera. Y vio en el millón de pesos desdeñado por Bolívar la fortuna con la cual afrontar los costos que, en cualquier lugar y época, entraña hacer política para un particular, como lo era él entonces, sin hacienda ni esclavos.

 

Las autoridades de Lima hicieron ver a Guzmán que el Libertador había renunciado al milloncejo que, a su vez, retornó a la Tesorería peruana sin que se supiese nunca más de él. Pero Guzmán guardaba un tecnicismo legal en la manga.

 

Acosado por el educador inglés Joseph Lancaster -acreedor de la naciente Gran Colombia, y a quien se había contratado como asesor en asuntos de instrucción pública- el Libertador había ordenado pagar los honorarios del consejero -unos 20.000 pesos- con cargo al millón del Perú. Luego -argumentaba Guzmán- Bolívar había dispuesto del dinero, señal de que lo había aceptado; en consecuencia era suyo. De donde sus herederos, que habían designado a Guzmán como apoderado universal, tenían derecho a heredar el dichoso millón de pesos.

 

Mucha gente en Lima se alegró de que el millón de pesos de Bolívar no se hubiese esfumado del todo y fuese todavía cosa tangible… y repartible. Todo indica que, antes de regresar a Venezuela, Guzmán acordó partir botín con el entonces presidente del Perú, José Rufino Echenique. Echenique adelantó a Guzmán bonos de la deuda pública peruana con cargo a la factura de guano, que entonces era un commodity tan valioso que ríete del crudo liviano saudita. Los reales se fueron quedando en el camino -¡demasiados peajes!-, pero es fama que Guzmán cobró una comisión y que ésta no fue precisamente un chichero.

 

El millón de pesos, aunque tarde e incompleto, vino a Caracas, tal como desearon los agradecidos constituyentes peruanos en 1825.

 

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