Libia: Más vale tarde que nunca

Fernando Mires

Fernando Mires

Libia no es el Kosovo, tampoco Afganistán y mucho menos Irak. Libia es Libia, y nada más. Y la intervención militar avalada por la ONU es legal y legítima

Legalidad y Legitimidad

Pocas veces un proverbio tan socorrido como aquel que dice “más vale tarde que nunca” ha probado tanta veracidad como durante la aprobación del Consejo de Seguridad destinada a conceder autorización a una mayoría de sus miembros para intervenir militarmente en Libia debido a un genocidio llevado a cabo por una sanguinaria dictadura en contra de su propio pueblo.

Acuerdo muy difícil. Difícil entre otras cosas porque si bien existe un “corpus” de reglamentos internacionales no existe un catálogo que especifique claramente, con respecto a una intervención militar externa, “en este caso sí” y  “en este caso no”. Luego, un acuerdo de intervención militar no puede ser jurídico, sino político. Y si debe ser político, debe pasar necesariamente por la discusión política. Eso explica por qué las decisiones políticas cuando son tomadas, llegan siempre con retraso.

En efecto, destino manifiesto de la acción política, sea nacional o internacional, será siempre su atraso, y es lógico que así sea pues la acción política no puede ser anticipativa. Por el contrario, ella debe darse sobre la base de determinados hechos que “han tenido lugar en un lugar”. Recordando a Hannah Arendt, podemos decir que la sustancia de la política son los “eventos” (acontecimientos, hechos, sucesos). La política es y será siempre “eventual” y, por lo mismo, existencial.

Ahora, ningún evento es igual a otro. Libia no es el Kosovo, tampoco Afganistán y mucho menos Irak. Libia es Libia, y nada más. Y la intervención militar avalada por la ONU, representada en primer lugar por la tríada EE UU, Gran Bretaña y Francia es, desde el punto de vista de la jurisdicción internacional, legal, y desde el punto de vista político, legítima.

En cualquier caso, y más allá de los modos como será llevada a cabo la operación militar en Libia, hay que señalar que la resolución del Consejo de Seguridad del día 18 de marzo de 2011 marca  un momento de enorme trascendencia en las relaciones políticas internacionales.

El instinto vs. la racionalidad

Para comenzar hay que destacar el hecho de que la intervención militar fue aprobada por una amplia mayoría de diez naciones con una abstención de cinco y con ningún voto en contra. Mayoría que desmiente desde un principio la tesis de que la intervención es sólo una maniobra de USA para apoderarse del petróleo libio, la que por su inconsistencia no vale la pena discutir aquí.

La verdad es que muchos esperábamos que tanto Rusia como China harían uso de su derecho a veto, opinión que emití en un artículo anterior y que he de corregir  (pues pensar es corregir) Los hechos demostraron, en cambio, que la legitimidad de la intervención era tan grande que aún las naciones menos democráticas del Consejo de Seguridad no pudieron volver las espaldas a la realidad y, si no aplaudieron la intervención, no se opusieron a ella.

Es importante destacar el caso chino puesto que ninguna nación como China ha levantado en el pasado con tanta fuerza la doctrina de la no intervención absoluta. Pero al parecer los dirigentes chinos han entendido que si quieren mantener el lugar que ya ocupan, el de ser una de las naciones hegemónicas en el mercado mundial, deben realizar algunas “adecuaciones” al nivel del estándar político internacional.

Rusia, a su vez, quiere mantener todavía ciertas apariencias relativas a una hegemonía económico-militar, lugar que ya no ocupa. Tarde o temprano Rusia deberá unir su destino político a Europa Occidental, siempre y cuando esta última adquiera una presencia política equivalente a la económica. Dicha presencia habría podido manifestarse con claridad en la votación del Consejo de Seguridad si no hubiera sido por la lamentable deserción alemana.

Hay, queramos o no, diferencias de actuación remarcables entre aquellas naciones en las cuales la democracia fue conquistada desde lo más profundo de sus luchas políticas como Francia, Inglaterra y los EE UU, con aquellas como Alemania (o Rusia) en donde la democracia fue más bien adoptada como “sistema racional de gobierno”. Lo que es una reacción casi instintiva en las primeras, aparece todavía como un dificultoso proceso en las segundas. Por eso, cuando  al día siguiente de la votación, algunos políticos alemanes se dieron cuenta de que habían votado junto con  China y Rusia y no al lado de sus aliados naturales, comenzaron recién a salir de ese autismo político al que cada cierto tiempo – y sin que nadie se los pida- se auto-condenan.

Política y oportunismo

Tanto o más lamentable que la de Alemania fue la posición de Brasil. Al parecer el gobierno de ese país no quiere salir del aislacionismo político a que lo llevó el economicista  gobierno de Lula cuyo objetivo, ya logrado, fue el de convertir a Brasil en una gran nación comercial. Pero Brasil, quiera o no, está en el Consejo representando no sólo posiciones comerciales sino, en gran medida, posiciones políticas de América Latina.  ¡Qué importante habría sido un claro voto brasileño a favor de la intervención en contra de la dictadura de Gaddafi, justo en el momento en que un par de desvariados gobernantes del continente (Ortega y Chávez) apoyan a las matanzas cometidas en Libia!

América Latina, con la excepción de algunos países no gravitantes (Colombia, Chile, Perú) carece de política internacional. No ha definido nítidamente su opción por la democracia, ni mucho menos su alineamiento con el occidente político al cual pertenece geográfica y culturalmente. Por supuesto, Brasil tiene, al igual que Alemania, el pleno derecho a no alinearse, pero también tiene el deber, como Alemania, de fundamentar de modo político los motivos de sus no alineamientos. Pero en ninguno de los dos casos, ni en el alemán ni en el brasileño, hubo el menor intento de fundamentación, razón que lleva a pensar que la abstención sólo fue un recurso demagógico en el caso brasileño, o una simple actitud electorera en el caso alemán. ¡Y después se quejan  de que EE UU tome iniciativas sólo porque otros no se atreven a tomarlas! Es increíble.

Y a propósito de los EE UU. Hay, evidentemente, un cambio de línea pero no de objetivos con respecto al pasado inmediato. Obama, a diferencias de Bush –gesto muy importante- no tomó la primera iniciativa. Por el contrario, esperó que Europa se posicionara y, cuando eso no fue posible, definió su actitud en el Consejo sólo cuando estuvo seguro de que el eje que conforma su gobierno con Francia y Gran Bretaña era lo suficientemente sólido como para atraer hacia sí a diversas naciones europeas y árabes, y todo eso sin atropellar a ningún gobierno y sin lastimar ninguna sensibilidad nacional.

Cabe subrayar, en cualquier caso, que las opciones tomadas por las diversas naciones en el marco del Consejo de Seguridad no obedecen sólo a decisiones autoritarias de los respectivos gobiernos. Ellas son también resultados objetivos de una discusión colectiva sustentada, entre otros, por los medios de comunicación. Sólo así se explica que gobiernos que habían mantenido en el pasado una relación positiva con la dictadura de Gaddafi, cambiaran radicalmente su posición, adoptando, como ocurrió con el gobierno francés, una actitud favorable a la intervención militar. ¿Oportunismo?  Nadie lo niega. Pero el oportunismo, que es una actitud condenable en muchos aspectos de la vida privada, en política no siempre lo es.

Oportunismo en política significa reconocer el signo de los tiempos y actuar oportunamente, es decir, de acuerdo a la oportunidad. El gobierno Sarcozy –para seguir con el ejemplo- que en un momento pareció aislado en el contexto europeo frente al gobierno Merkel, reapareció muy vinculado a otras naciones en el Consejo de Seguridad, y quien quedó finalmente aislado fue el gobierno Merkel.

Las grandes interrogantes

La política, también la internacional, es una actividad discursiva. El discurso, a su vez, se forma a través de la conjugación de argumentos opuestos. La definición a favor de la intervención militar en Libia es, por lo mismo, resultado y a la vez parte de un discurso que tuvo lugar en diversos lugares y entre diversas personas, no siempre políticas. Es por eso que es muy importante, habiendo llegado el momento militar de la política, pasar revista a algunos tópicos discursivos que lo precedieron.

En la discusión colectiva se mezclaron, como suele ocurrir, distintos argumentos, entre ellos, los morales, e incluso, los moralistas.

El moralismo en política -lo sabemos desde Kant- no es moral. Es una ideología destinada a sustituir la política por prescripciones morales. El problema, argumentaba Kant, no reside en el hecho de que la política recurra a la moral, sino en la disociación entre política y moral. Una sustitución de la política por la moral lleva y ha llevado a cometer las más terribles aberraciones. A la vez, una política sin sustrato moral destruye a la propia política. Ahora, la decisión tomada por el consejo de seguridad es –en el más estricto sentido kantiano- esencialmente política y, por lo mismo, ajustada a las prescripciones de una moral universal cuyos fundamentos se encuentran inscritos en casi todas las Constituciones del mundo.

¿Vamos a intervenir después de Gadafi en contra de todas las dictaduras del mundo?  ¿Vamos a incendiar África en nombre de la democracia?  O también: ¿Por qué en contra de Gadafi sí, y no en contra del gobierno chino? ¿O vamos a dividir el mundo en dictaduras buenas y en dictaduras malas? ¿Intervenibles y no Intervenibles? ¿Por qué no se intervino ayer en Ruanda y hoy sí en Libia? Esos, más o menos, eran los argumentos morales de quienes se oponían a la intervención militar.

¿Por qué Libia?

Vamos por partes: evidentemente, si la ONU se propusiera derribar a todas las dictaduras del mundo, el mundo ardería en llamas. ¿Cuándo se hace necesaria entonces una intervención militar? ¿Cuándo hay acaso una revolución como en Libia? La respuesta no puede ser sino negativa. Ni genocidios ni revoluciones son razones suficientes para avalar ninguna intervención internacional, ni política ni militar, so pena de convertir las relaciones internacionales en un infierno. ¿Dónde reside entonces la diferencia entre el caso libio con otros similares?

Entre otras, hay, a mi entender, dos razones que bajo determinadas condiciones hacen transitable el camino de la intervención militar internacional. La primera, es que en una nación, en este caso, Libia, se forme un movimiento políticamente organizado e interlocutable cuyas reivindicaciones sean equivalentes o  compatibles con los de otras naciones a las cuales ese movimiento (o gobierno paralelo) solicita expresamente ayuda. Y como sucede en otros aspectos de la vida, cada uno es libre o no de entregar ayuda cuando es solicitada por alguien. Pues la decisión de otorgar o no otorgar ayuda no está escrita en ninguna teoría universal de la historia. Es una decisión, y en el caso de las naciones, es una decisión política.

La ayuda internacional, incluyendo la militar, al ser política, no es ni puede ser un acto de filantropía ni de caridad. En otras palabras, la ayuda prestada a la revolución libia no es ajena a los intereses de las naciones que deciden actuar, en este caso, en contra de la dictadura de Gadafi. Esa es la segunda razón que avala la intervención política externa. O para decirlo en una fórmula: no hay política sin intereses políticos. Eso significa que ninguna de las naciones interventoras está actuando en contra de sus propios intereses. ¿Está claro?

Intereses y riesgo

Absurdo sería que una nación intente imponer sus intereses a contracorriente de los que priman en otras. Pero más absurdo sería que las naciones actuaran en política internacional en contra de sus propios intereses Ahora, en el caso de Libia  no se trata de una imposición brutal de intereses, sino de una confluencia de intereses recíprocos entre los rebeldes libios con determinados gobiernos. Esa confluencia de intereses recíprocos es precisamente lo que convierte a la intervención externa en un hecho político y no moral. O dicho así: tanto la oposición libia como las naciones interventoras tienen un interés compartido en que Gadafi abandone su trono lo más rápido posible.

En el caso libio, los intereses de Europa, incluyendo los petrolíferos, son más decisivos que para los EE UU. En ese sentido es mucho más viable comerciar con una nación estable que con una nación en llamas. Pero además de las económicas inmediatas, hay otras razones que llevan a Europa a apoyar a las fuerzas insurreccionales. A nadie escapa por ejemplo que esas fuerzas de hoy serán los gobiernos de mañana, y mejores serán las relaciones con esos gobiernos mientras más temprano e intensas hayan sido las relaciones contraídas en el pasado (es decir, en el actual presente). A la vez, tanto Europa como los EE UU están interesados en que en la región surjan, si no democracias, por lo menos gobiernos estables. Y esa estabilidad no puede estar asegurada por ninguna dictadura, menos si se trata de dinastías corruptas, como son las que imperan en la región.

De la misma manera, Europa tiene mucho interés en que las migraciones no sigan aumentando en dirección de sus países. Y ya está visto que bajo la égida de las dictaduras, las migraciones seguirán aumentando. Y no por último, tanto Europa como los EE UU, están interesados en derrotar a las organizaciones terroristas islámicas de la región las que proliferan de modo mucho más fácil bajo el amparo de regímenes dictatoriales.

Nadie tiene, por cierto, las llaves del futuro. Nadie puede asegurar que de esas revoluciones no emergerán dictaduras tan feroces como son las que hoy asolan la región. No obstante, algo es obvio. Si la comunidad internacional, sobre todo la occidental, mezquina hoy su apoyo a los movimientos insurreccionales, téngase por seguro que mañana el “cercano oriente” será más lejano que nunca.

Que la intervención conlleva múltiples riesgos, no es un misterio para nadie. Pero vivir sin riesgo es imposible.

Los buenos augurios

Los movimientos insurreccionales han dado, por su parte, muy  buenas señales, y habría que ser ciego para no verlas. Hasta ahora ninguno se manifiesta de un modo anti-occidental. No son, como los movimientos del pasado, anti-norteamericanos;  y ni siquiera son –hasta ahora- anti-israelíes. Tampoco se trata de movimientos ideológicos como han sido la mayoría de los movimientos revolucionarios de la modernidad. No luchan en fin, por un determinado tipo de sociedad teleológica, ni siquiera por “un mundo mejor”. Pero sí parecen saber que bajo las dictaduras que hoy sufren, ese mundo sólo puede ser peor. En breve: los libios luchan por la libertad; por su libertad. Y la libertad es “un bien común”.

La ayuda llega tarde a los revolucionarios libios. Quizás demasiado tarde: ya han muerto muchos. Pero, al fin, digamos otra vez lo que se dice siempre en estos casos: más vale tarde que nunca

 
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