AGÁRRATE DE LA HISTORIA

Elizabeth Burgos

Elizabeth Burgos
eburgos@orange.fr

 

Diluir las ansiedades de un mundo globalizado refugiándose en la Historia es lo que Europa intenta hacer con el fin de recuperar el calor del hogar nacional en medio del frío globalizador.  América Latina debería hacerlo para que por fin llegue a comprender que terrorismo de Estado y Terrorismo revolucionario son las dos caras de la misma moneda.

Un espectro se cierne sobre el mundo: el espectro de la Historia.

Parecería que la arremetida de esta nueva fase de la mundialización, acelerada por las novedosas técnicas de la comunicación, suscita una ansiedad que se intenta calmar buscando refugio en la Historia.  Por ejemplo en Francia, el presidente de la República decide la creación de un museo de la historia de Francia, causando sorpresa en la población y rechazo entre los historiadores.  Pero tal vez no se pueda adjudicar esa decisión al mero deseo de los políticos de hoy, de apoderarse de todo cuanto sirva para proyectar su imagen en las pantallas.

El presidente Nicolás Sarkozy decide la creación de un museo de la historia de Francia.

Francia, por su singularidad histórica, por su vocación universalista, es, tal vez, el país de Europa más estremecido por el vendaval de la mundialización, y algunos en el entorno presidencial habrán sentido la necesidad de entornar la puerta ante el temor de ver desaparecer el suave calor del hogar nacional.  En esa búsqueda de encontrar la vía de cómo enfrentar los cambios que con tanta violencia se operan a diario, es que reside el debate que hoy agita a Francia.

 

Sin embargo, la primera mundialización comenzó en 1492, cuando ya no hubo continente desconocido, y se forjó la idea del mundo como una globalidad y se canceló la idea de los confines ignotos; ya no hubo continente desconocido y las cuatro partes del mundo estuvieron al alcance de la voluntad de aquellos dispuestos a la aventura de descubrimientos y conocimientos inéditos.  Luego surge la imagen de “unidad política imaginaria e imaginada” como define a la nación el teórico ingles del tema, Benedict Anderson.  Idea en las que nos hemos mecido desde el siglo XIX, hasta que de nuevo, el mundo se enfrenta a una nueva fase de mundialización caracterizada por la simultaneidad de tiempos en la transmisión de la imagen u de la información.

Estamos agobiados de información, enfrentados a contemplar en tiempo real los acontecimientos que se suceden en el mundo y buscamos refugio en una visión reducida de la historia, en la visión de por sí estrecha de la historia nacional, lo cual se ha convertido en el  calmante ante el vértigo que provoca estar frente a la imagen de la totalidad del mundo.  De allí la tendencia al repliegue en el intimidad de la aldea, a la búsqueda del seno acogedor del suelo patrio.

El capítulo pendiente

América Latina es tal vez el sitio en donde la historia ha sido sometida a la mayor operación de amputación, pues se le ha reducido a una sola época – el siglo XIX – y a la visión simplista de esos acontecimientos: a las guerras de Independencia y la presencia masiva de sus héroes.

Un ejemplo demostrativo de una angustia relacionada con la historia, ésta de origen patológico, se da en Venezuela en donde se ha llegado al extremo de celebrar misas negras, exhumaciones de huesos, en un derroche de rito primitivo ajeno a una visión racional de un pasado común.  La historia es utilizada como un atajo para justificar un afán absoluto de poder; nunca el deseo de forjar una historia en común; siempre priva la presencia del enfrentamiento, de la guerra dentro del espacio íntimo, de la guerra civil, de una guerra sin reglas, sin normas.

El castrismo puso a la orden de los intelectuales y de los estudiantes el recurso de la violencia como manera de incidir en la política: es decir el hecho de matar al adversario en lugar de actuar dentro de un marco institucional.  El ejemplo más fehaciente fue el del estallido de la guerrilla en Venezuela contra el régimen de Betancourt y los siguientes gobiernos de la democracia.  La situación que vive hoy Venezuela, más que la complicidad de los medios, de la clase empresarial, de la inconsciencia de las élites de la llamada IV República, es una consecuencia de esa decisión errónea. La violencia desatada contra la democracia significó a la postre la tumba de la democracia porque desapareció en ese empeño la generación de relevo  que debía tomar las riendas del país cuando la generación anterior hubiese cumplido su ciclo histórico.  Los miembros de esa generación o murieron en el intento, o, como producto de una derrota, perdieron su lugar en el espacio que les era legítimo.

Y si bien es cierto que muchos de los líderes de esa aventura se retractaron y se incorporaron a las normas democráticas, es un capítulo que queda pendiente para completar la visión histórica de ese período.

Tzvetan Todorov pone sobre el tapete la cuestión de la responsa- bilidad histórica de quienes partici- paron en la violencia política.

Los siameses del terror

A propósito de la aventura de la violencia política, Tzvetan Todorov, en un reciente y luminoso artículo publicado en El país (7/12), pone sobre el tapete la cuestión de la responsabilidad histórica de quienes participaron en ella.  La ocasión se la brindó su reciente viaje a Argentina a donde fue invitado, en su calidad de intelectual que dedicó parte de su obra al estudio de la violencia política, a visitar los lugares que sirvieron de centros de encarcelamiento y de tortura durante la dictadura militar.

Tras hacer el recuento detallado de lo que significó el terrorismo de Estado al que fueron sometidas las personas detenidas en esos lugares, constata que en ninguno de esos lugares vio el menor signo que le permitiera al visitante comprender el contexto en el que se instauró la dictadura; ni a lo que le precedió y la siguió.

Todorov apunta que fue un período de tensiones extremas que condujeron al país al borde de la guerra civil.  Que los grupos insurgentes practicaban asesinatos, secuestros de personalidades políticas y de militares, atacaban bancos, ponían bombas.  También aduce que no se debe callar cuál era la ideología que inspiraba a esos grupos y el régimen que buscaban imponer.  Sin querer equiparar la violencia de la dictadura con la de la guerrilla, al contrario afirma que los crímenes de la primera son más graves por el hecho de haber sido promovidos por el aparato del Estado, garante de la legalidad, sin embargo afirma que también es cierto que un terrorismo revolucionario precedió y convivió al principio con el terrorismo de Estado “y que no se puede comprender el uno sin el otro”.  Según Todorov, no se puede entender realmente la tragedia de esas víctimas sin saber por qué ideal combatían ni de qué medios se servían. Al ser reducidas al papel de víctimas pasivas sin voluntad propia “permite compararlas, pero no comprenderlas”.

Su propósito no es el de evaluar dos ideologías que se enfrentaron, sino el de la comprensión histórica.  “Una sociedad necesita conocer la Historia, no solamente tener memoria.  Si la historia se hace con fines políticos “es una mala historia”.  Sus imperativos deben ser la verdad y la justicia y esta última debe tomar en cuenta la pluralidad de puntos de vista, y ayudarnos a salir de la “ilusión maniquea” de los buenos y de los malos.  Quien no accede a la historia no debe pretender al “nunca más”, porque al atribuirle todos los errores al enemigo significa estar preparando el retorno de la violencia bajo otros oropeles.  El siglo XX está plagado de crímenes cometidos en nombre de la justicia y del bienestar de la humanidad, de allí que “las causas nobles no disculpan los actos innobles”.

Admitir la complejidad de la Historia, facilitaría el aprendizaje de compartir el espacio social y contribuiría a hacer inoperante la cultura de la transgresión que hace que terrorismo de Estado y terrorismo revolucionario sean las dos caras de la misma moneda.

América Latina es tal vez el sitio en donde la historia ha sido sometida a la mayor operación de amputación, pues se le ha reducido a una sola época – el siglo XIX – y a la visión simplista de esos acontecimientos: a las guerras de Independencia y la presencia masiva de sus héroes.

 
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